UN
VERDADERO AGUAFIESTAS
La importancia de los idiomas en la educación cada
día vamos teniéndola todos más clara. Por muy bien articulado que esté un
sistema educativo y por muchos recursos que emplee en él el Estado, si no se
cuida el estudio de todo tipo de lenguas, todo habrá sido en vano y habremos
estado perdiendo el tiempo.
Así lo pensaron
los papás del joven Daniel, quienes residían como emigrantes en un país
extranjero, Babilonia en concreto, y por eso habían sufrido la amarga
experiencia de tener que enfrentarse a una nueva vida sin el adecuado dominio
de la lengua local. El día que su chico, ya adolescente, les planteó su
propósito de seguir la carrera de profeta, ambos convinieron en una misma
opinión:
-
De acuerdo; puedes matricularte donde
quieras; la profecía puede ser un camino
de porvenir, pero siempre y cuando te
comprometas a aprender idiomas simultáneamente.
El muchacho
comprendió que sus padres tenían toda la razón del mundo y se puso
concienzudamente con el caldeo, el arameo, el hitita, el egipcio (hierático y
demótico) y todas las lenguas de más uso y porvenir de la época, entre las
cuales, como luego se demostró, el persa no ocupaba precisamente el último
lugar. De día se preparaba seriamente para profeta y dedicaba parte de la noche
al estudio de las lenguas. La abundante presencia de turismo internacional en
Babilonia le resultó de gran utilidad para la práctica de diversos idiomas,
pues solía acercarse en sus ratos libres por los famosos jardines colgantes,
foco principal de atención para los visitantes extranjeros, y allí trababa
conversación con ellos y, en particular, con damas solitarias, que veían en el
apuesto israelita una valiosa fuente de información histórica, a la par que un
interesante modo de establecer contacto más estrecho con la población local.
Consiguió Daniel
a base de sacrificio intelectual y físico de todo género, no sólo acabar
brillantemente su carrera de profeta y convertirse en un excelente políglota,
sino también financiar en parte sus estudios merced a los generosos donativos
de las mencionadas damas solitarias.
Así que cuando
fue llamado a palacio por el propio rey Baltasar para que actuase como
traductor, se hallaba en perfectas condiciones para cumplir su cometido.
Máxime porque la
pintada que apareció en el salón del banquete y que tan intrigados tenía a
sabios, comensales, esposas y concubinas la había hecho él mismo la noche
anterior con pintura simpática, combinando sus habilidades lingüísticas con
algunos trucos adquiridos en la escuela superior de profecía. En efecto, el uso
de tintas simpáticas parece atestiguado desde el Egipto del primer imperio y,
desde luego, ya en el siglo VII a.C. los profetas de Israel dominaron a la
perfección gran cantidad de técnicas de origen egipcio, como la del bastón
convertido en serpiente y otras semejantes.
Gracias a estos
conocimientos y al libre acceso a palacio concedido anteriormente al todavía
inexperto profeta por un Nabucodonosor a quien la historia recuerda como hombre
más bien pusilánime, Daniel pudo colarse de rondón en la sala, pintarrajear la
pared y marcharse tan campante, seguro de que a la noche siguiente el calor de
los propios platos y el procedente de las antorchas harían el resto del
trabajo, reavivando la pintura simpática. Nabucodonosor, el padre de Baltasar,
no sólo era apocado, sino que unía a ese defecto una superstición enfermiza,
así que en cuanto el entonces primerizo profeta le metió el alma en el cuerpo
con cuatro artimañas de las más elementales, tuvo las llaves de la casa y
hubiera tenido todo lo que le hubiera venido en gana, pero no quiso abusar y se
limitó a aceptar el nombramiento de director general de sabios y magos de
palacio, más que nada para poder contar con unos ingresos fijos.
Ya habían
terminado el soufflé cuando en la pared comenzaron a dibujarse unas sombras
cada vez más claras y patentes. La primera en verlas fue una de las concubinas,
que estaba a cuatro patas en aquel momento y muy aburrida de aguantar en
aquella posición las atenciones de su compañero de mesa, pero incapaz de faltar
a las reglas del protocolo que regían los banquetes de Baltasar, famosos por su
licencia y desmesura. La concubina examinaba atentamente la decoración de la
pared que tenía en frente cuando comenzaron a aparecer las inscripciones que le
parecieron al principio manchas de humedad:
-
Alguien ha debido de dejar abierto un grifo en
el piso de arriba.
Nadie le hizo
caso, porque acababan de servir unos gansos trufados y los comensales se
aplicaban a meter los dedazos en el sustancioso plato.
-¡Anda, pues si
ahora parecen letras!
Baltasar
interrumpió entonces la tarea de mordisquear un muslo de ganso y miró de reojo
a la pared que señalaba la concubina. Como era un rey muy curioso y había
heredado de su padre la manía de la superstición, reaccionó con algo de
nerviosismo y mandó llamar a alguien que supiera leer, porque lo que es sus
invitados no había que contar con ellos. El que más y el que menos estaba
borracho o fornicando o las dos cosas a la vez y, además, la mayoría eran
analfabetos a mucha honra.
Pero, como muy
bien cuenta la Biblia y en eso tiene razón, ninguno de los magos y sabios de la
corte era capaz de descifrar la escritura, lo cual es perfectamente lógico,
porque el avispado David la había puesto en un alfabeto universal que se había
inventado para su propio uso y que sólo el conocía, y era una especie de
taquigrafía especial que nadie sabía leer, menos él. De hecho, con poquísimas
letras se podían escribir cantidad de frases e ideas con aquella escritura tan
inteligente, con la que, por añadidura, se ahorraba mucha tinta y mucho papel.
Total, que
cuando los sabios y magos se habían rendido y estaban hartos de que Baltasar y
los demás comensales les tirasen migotes de pan, cáscaras de fruta y huesos de
cordero, por ineficientes, clamaron afligidísimos pidiendo que se recurriera a
Daniel, al que tenían una espantosa envidia, pero sin dejar de reconocerle
mérito. Eso a los comensales no les hizo demasiada gracia, porque Daniel tenía
fama de aguafiestas y los más veteranos recordaban con disgusto los hábitos de
sobriedad espartana que Nabucodonosor había introducido en la corte a
instancias del prudente israelita.
En efecto,
Daniel era una persona ahorrativa a quien su madre había enseñado desde
pequeñito a aprovechar la ropa y a reciclar los restos de la cena, motivo por el
cual estaba indignado en aquellos días por el despilfarro que se gastaba la
corte de Baltasar, en la que incluso habían hecho sacar los vasos de oro del
templo para usarlos en el diario banquete. Daniel pensaba que bien podían
apañárselas con la vajilla de diario y no desgastar tontamente unos cacharros
tan costosos, que se podían abollar o ser sustraídos por cualquier
desaprensivo. Esa opinión era compartida por la mayor parte de los israelitas
inmigrantes.
Pues, como
Daniel ya se maliciaba lo que iba a pasar, andaba por allí cerca a la espera y
no tardó en presentarse en el salón haciéndose el despistado. El Rey Baltasar
habló:
-
A ver, profeta, léenos esos letreros, pero sin
pasarte, que te conozco.
-
Pues muy fácil: ahí dice: “MANE, THECEL Y
PHARES”, vaya tontería.
Daniel se
carcajeaba para sus adentros.
-
¿Y qué diablos es eso de mane...?
-
Mane quiere decir, sintetizando: “el Señor ha
puesto término a tu reinado”, pero añade algunas consideraciones sobre la
monarquía hereditaria y luego se extiende en un discurso político bastante
complejo sobre el origen del poder en varias naciones antiguas y modernas; por
lo que respecta a la proyección filosófica y teológica de esta expresión...
-
¡Basta! Vamos a “thecel”.
-
Sí, thecel, parece bastante claro: “has sido
puesto en la balanza y has sido hallado falto de peso”; luego siguen otras
expresiones alegóricas con sus glosas correspondientes, que en conclusión...
Baltasar se
palpó el abultado estómago producto laboriosamente adquirido en años de
banquetes ricos en grasa y proteínas. Aquello de la falta de peso le parecía
una broma de mal gusto.
-
Te dije que no te pasaras. Traduce lo de
“phares” y ándate con ojo, que te veo venir.
-
Pues la verdad es que con lo de “phares” la has
cagado bien cagada, porque quiere decir “tu reino ha sido dividido y repartido
entre medos y persas”. Luego explica los términos exactos del reparto con una
contabilidad bastante precisa de lo que le toca a cada uno detraídos gastos. De
hecho...
El rey Baltasar
estaba ya en ese momento seriamente alterado y le salían todos los tics
imaginables.
-
¡Eso no tiene ninguna gracia!
-
¡Ah! Se siente...
Fue en aquel
momento cuando el ejército de Darío irrumpió en la sala del banquete y no dejó
títere con cabeza, dato que Daniel poseía desde hacía un par de semanas gracias
a su conocimiento de las lenguas, porque los medos y persas que andaban por la
ciudad no se recataban de anunciarlo a voces en sus respectivos idiomas, sin
que los habitantes de Nínive se percatasen, a causa de su desidia en el
aprendizaje de las lenguas extranjeras. Los tomaban simplemente por turistas
borrachos y se iban a su asuntos.
Daniel se
escondió debajo de una mesa mientras duró la escabechina y cuando los persas se
largaron con las sobras de la comida, se quedó dormido allí mismo.
Soñó con un foso lleno de leones, lo cual era premonitorio de otra
anécdota en la que, como sabemos, al profeta sólo le puso a salvo su labia y su
conocimiento de los lenguajes animales.
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