Gastropedia 6
Yahvé siempre
mete en complicaciones a sus elegidos. Prueba de ello es que la Biblia siempre
se refiere a ellos como “siervos”. Job era un siervo de Yahvé, Noé, lo mismo,
Lot, idem de lienzo, y no digamos de Abraham, otro siervo de Yahvé. Ser un
siervo de Yahvé (o Geová) equivale a ser un pringado con todas las de la ley.
Nadie que abrigue intenciones amistosas hacia otra persona lo trataría de
“siervo”, sino más bien de “amigo”, “colaborador” o apelativos similares.
Prueben ustedes a llamar “siervo” a los compañeros del trabajo o a los
contertulios del café y ya verán la cara que ponen.
Esto de ser
siervo de Yahvé implica una gran cantidad de problemas. Un buen día, cuando
menos lo esperas, sale ardiendo una zarza y oyes un vozarrón que te exige
asesinar a tu primogénito y no tienes más remedio que emprenderla a navajazos
con el infeliz adolescente, que a lo mejor estaba meneándosela tan tranquilo, o
pensando en cómo pasar el fin de semana con poco dinero. O bien te aparece un
mensajero con la feliz iniciativa de que abandones tu casa de toda la vida y te
marches de la ciudad con lo puesto, para que a menos de un kilómetro toda la familia
se te convierta en estatua de sal y tú tengas que cargar solo con todo el
equipaje. Si no es que te toca llenar de bichos malolientes un barco y andar
vagando por ahí más de un mes sin poder pegar ojo por la noche con el ruido que
arman los animalitos.
Al siervo de
Yahvé MacDonald le tocó la china muchos siglos después que a Noé, a Job y a
todos los demás.
MacDonald era
un siervo norteamericano de origen escocés, como se ve por el apellido. Sus
abuelos habían emigrado a la tierra de promisión con lo puesto, que era un kilt
ajado, una boina y una gaita desafinada. Eran extraordinariamente pobres estos
ancestros de MacDonald y sólo se alimentaban de gachas de avena, lo que acabó
por atrofiarles el sentido del olfato y las papilas gustativas, de forma tal
que, cuando escaseaba la avena, hacían las gachas con serrín de pino de Oregón
y ni se enteraban. De esta manera pudieron sobrevivir a las penurias de la
colonización, a diferencia de los italianos que iban en su misma caravana,
quienes perecieron o renunciaron a la empresa porque eran mucho menos sobrios y
se empeñaban en comer pasta con tomate en medio del desierto de Arizona.
Cuando los
pioneros MacDonald hubieron juntado su primer rebaño de vacas, gracias a su
natural sobrio y ahorrativo, vendieron la mayor parte de los animales para
comprar más vacas y hacerse inmensamente ricos con la bendición del Señor
Yahvé. Eran fervorosos baptistas y eso debió de servirles como aval para ser
bendecidos con rebaños de vacas cada vez más numerosos. Tanta prosperidad
alcanzaron que, rompiendo por una vez la dieta de gachas de avena, cogieron una
vaca y la hirvieron en agua para comérsela, pero aquello no les dio ni frío ni
calor y volvieron a las gachas de avena. Por Pascua fermentaban virutas de pino
de Oregón y otras materias de reciclaje y hacían un aguardiente muy fuerte,
parte del cual ingerían los sábados. Pero la mayor parte del brebaje se lo
cambiaban a los comanches por pieles de animales que, a su vez, vendían a un
judío de Nueva York que había puesto tienda en la isla de Manhatan. Era un
trato ventajoso para todos, excepto para los comanches, que por culpa del
aguardiente que les vendían los MacDonald perdieron su excelente puntería con
el arco y fueron prácticamente exterminados por el valeroso Séptimo de Caballería.
Un brujo de la tribu superviviente a la catástrofe denominó al licor maldito
con la palabra comanche why-a-shaki, que podemos traducir como “gran putada del
hombre blanco”. No hace falta ser filólogo para comprender la evolución
posterior del término, digo yo.
El joven
MacDonald consiguió mandar al carajo en la gran crisis del año 29 la copiosa
fortuna otorgada por Yahvé a sus antepasados, de manera que estaba muy afligido
y lloroso. No se suicidó como otros financieros víctimas del pánico bursátil,
porque no quería echar a perder un traje nuevo de lana que llevaba puesto en
aquellos momentos. Decidió, en cambio, abrir la Biblia al buen tuntún en busca
de consuelo y para ver cómo salirse del atolladero. Este acreditado
procedimiento, que tan familiar resulta a todos los aficionados al cine del
Oeste, brindó al joven Angus MacDonald una serie de consejos que casi le
condujeron al agnosticismo:
“¿Me tiendes un
lazo para hacerme morir?” (Samuel 28-9)
“Por haberte
asociado con Ocozías, Yahvé destruirá tu obra” (Paralipómenos 20-37)
“Como muerto he
sido olvidado de los corazones, /soy como una vasija de desecho.” (Salmos
31-13)
¡Pues vaya
forma de consolar!
En vista del
éxito obtenido, MacDonald encerró la Biblia en la carbonera, no sin antes
preguntarse quién diablos sería el tal Ocozías, con quien no recordaba haber
hecho nunca negocio alguno. Lo de la vasija le pareció un detalle de mal gusto,
pero muy en concordancia con su estado de ánimo, ya que, efectivamente, se veía
a sí mismo lo más parecido a un orinal desportillado. Así que sacó de un baúl
la vieja gaita de sus antepasados, hinchó los mofletes y se puso a tocar una
vieja melodía adecuada a las circunstancias, aquella que lleva por título “Cae
la lluvia gris sobre el desolado páramo y aquí ya no crecen ni los brezos y
encima no tenemos avena en la despensa.”
Fue entonces
cuando el suelo de su oficina comenzó a temblar, se abrieron de golpe todos los
archivos y ficheros, un resplandor deslumbrante sustituyó a la macilenta luz de
la bombilla de 40 watios que alumbraba débilmente el aposento y una potente voz
en off ligeramente nasal proclamó:
-
¡Deja en paz la gaita, MacDonald! ¡Tienes un
oído detestable!
-
Señor, perdón, es que los consejitos de antes...
El perspicaz
Angus había advertido inmediatamente que aquel no podía ser otro que Yahvé por
la manera de presentarse y estaba francamente dolido con la inspiración
bíblica.
-
¡MacDonald, eres un majadero! ¿Crees acaso que
la gaita te va a sacar del aprieto en que yo personalmente te he puesto?
-
No, Señor Yahvé, pero me entretiene mucho. Y ya
que lo comentas, me parece una faena...
-
¡Silencio, MacDonald! Alza de la silla, ciñe tus
lomos y asómate a la ventana del despacho.
(Lo de ceñir los
lomos venía a cuento de que MacDonald se había aflojado el cinturón para tocar
la gaita más cómodo.)
-
MacDonald: ¿qué ves?
-
Señor... No gran cosa. El drug-store está
cerrando y hay dos chinos sentados en la acera. Deben de ser parientes,
porque...
-
MacDonald, hete aquí que los ojos de los hombres
son ciegos para ver y sus oídos sordos para oír: Por lo que respecta a los
otros sentidos, como el tacto y el gusto...Pero dejémoslo: mira con más
atención y no me hagas perder el tiempo. ¿Qué más ves, pedazo de imbécil?
-
Pues, Señor, no gran cosa...Un par de perros
callejeros, un gato tiñoso que persigue a un par de ratas de alcantarilla...No
tenías que haberte molestado, la verdad.
-
¡Proteínas, MacDonald, proteínas! ¿Es que no lo
pillas?
Una tenue luz
comenzaba a abrirse en las espesas tinieblas mentales del arruinado negociante.
-
¡Qué idea, Señor, caramba! ¿Pero por qué a mi?
¿Es que acaso he hallado gracia ante tus ojos? ¡Qué detalle, Señor Yahvé!
-
¡Nada de eso, mequetrefe! Es que seriamente
ofendido por la impiedad del género humano he decidido hacer otra de las
mías!... El diluvio, las plagas y demás; ya me conoces. Colmaré de grasa sus
cuerpos y de sus venas brotará colesterol y no sangre. Así digo yo, y perdón
por la autocita. En tus manos pondré un plato de maldición y teñiré de rojo y
amarillo tus manos.
-
¡Mostaza y salsa de tomate! Es barato y disimula
todos los sabores más inmundos ¡Gracias, señor Yahvé! Mas ¿Cómo aceptarán
ellos, por muy empecatados que sean, devorar alimañas asquerosas sin rechistar?
¡Sumido me hallo en la duda y siento vacilar mi espíritu, oh, Señor!
-
Tomarás toda bestia de la tierra, todos los
animales que caminan o se arrastran, toda ave del cielo y todo gusarapo del
agua; tomarás la rana locuaz y la urraca, el pintado lagarto y el nocturno
felino que mora en los tejados y los sacrificarás sin vacilar y de ellos harás
una pasta, y esa pasta será convertida en tortas por tus siervos y esclavos y
eso darás a comer a los hombres y la pasta será llamada hamburguesa y maldecirá
las digestiones de los hijos del hombre por siempre jamás.
-
Mas, Señor: si he de ser instrumento de tu justa
cólera, ¿harélo por la cara y sin ver un centavo?
El siervo de
Yahvé MacDonald estaba seriamente conmovido, pero tampoco se chupaba el dedo.
Genio y figura, que se suele decir.
-
Todo es negociable, MacDonald, todo es
negociable...
Y el Señor Yahvé
enriqueció a su siervo MacDonald y a sus hijos y a los hijos de sus hijos y a
los accionistas de los hijos de sus hijos y así
se cumplió la venganza del Señor Yahvé y los hijos de los hombres se
pusieron como bolas insanas y el instrumento de la cólera de Yahvé y su
descendencia fueron por él bendecidos y forrados de dólares.

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