lunes, 19 de marzo de 2018

UNOS CELTAS AVISPADOS

Es cierto que los romanos del Bajo Imperio andaban algo perezosos y relajados. Nada tenían que ver con los sufridos y peleones legionarios de Julio César, aquellos de la Legio X, que arremetían contra una horda de galos, estando sólo alimentados con la “salsa mola” (gachas de harina salada) y, claro está, con el consabido ardor guerrero. En descargo de estos decadentes soldados, es preciso recordar que los mismísimos mílites a las órdenes de P. Craso y Q. Sertorio habían llevado alguna que otra mano de hostias a cargo de los gallegos de le época, con que algo habría llegado a los oídos de los novatos, porque andaban con la mosca detrás de la oreja. De esta falta de espíritu militar era bien consciente el servicio de información celta, que andaba de los castros a las pulperías pegando bien el oído y tomando nota de todo. Ya los ancestros de estas tribus indígenas, previsores que eran, habían encargado construir sus ciudades, y, en especial la que posteriormente fuera Burbida Magana, hoy Vigo, a unos druidas muy sabios y mágicos, que idearon cuestas que sólo eran cuestas arriba. No había allí ni una sola cuesta abajo. Cuando algún imbécil de tribuno o pretor, aún no teniéndolas todas consigo, ordenaba a sus indolentes legiones que atacasen los castros y ciudades célticas (Vigo en particular), cualquier decurión chusquero insolente le soltaba con desparpajo que aquellos endiablados desniveles los podía ir salvando la puñetera madre del tribuno o pretor; máxime si el escalador en ciernes era recibido a pedrada limpia por los bárbaros residentes, bien alimentados a base de unto de vaca y grelos. Así se explica que la romanización de Vigo y poblaciones aledañas fuera menos que deficiente, casi imperceptible a fecha de hoy.

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