martes, 3 de abril de 2018
PIERNAS
Cuando llegues a Vigo es importante que dispongas de piernas en un número suficiente. Dos es lo recomendable, y bien fornidas, a poder ser.
También interesa que, al partir, conserves el mismo número y calidad de piernas (dos es lo idóneo), si bien la empresa no deja de presentar sus dificultades.
Las piernas han de ser unas piernas disciplinadas y obedientes, porque, si han salido rebeldes o protestonas, tenderán a enfadarse a la décima o duodécima cuesta y exigirán ser conducidas a terreno llano, sea a la estepa rusa, sea a la chiclanera playa de La Barrosa. Un fastidio.
Claro que si usted tiene la discutible fortuna de ser un cuadrúpedo, todo resultará mucho más fácil. Hemos visto a los simpáticos y pequeños borriquillos rifeños subir monte arriba cargados de leña o de bidones de agua potable como si tal cosa, incluso sin ser aguijados por su ceñudo propietario. Sin embargo, la condición de cuadrúpedo suele afectar notablemente a las facultades intelectuales y, en especial, a aquellas asociadas a la especulación filosófica; incluso a las propias de la docencia en enseñanza secundaria o superior, aunque casos se han dado que desmienten esta última afirmación.
Sabido es que en Galicia, concretamente en Vigo, existieron centauros en la más remota antigüedad, lo cual explica que la ubicación y diseño de la ciudad obedeciera a la peculiar anatomía de estos equinos humanoides. A ellos les resultaba sumamente sencillo ascender al galope hasta el Monte del Castro sin experimentar fatiga ni palpitaciones, como les sucede a los desventurados bípedos actuales. Llegaban a lo más empinado del monte, se gastaban unas bromas o echaban unos relinchos sin muestras de cansancio y luego bajaban al trotecillo hasta el casco viejo para comerse una buena ración de grelos, que eran su pasto preferido.
Ya no hay centauros en Galicia y eso tiene una causa poco conocida, pero lo que pasó fue que unos mozos de Sabucedo intentaron incluirlos en la “rapa das bestas” y eso les ofendió mucho; de modo que soltaron unas cuantas coces, pusieron pies en polvorosa y nunca más han puesto los cascos en Pontevedra.
lunes, 2 de abril de 2018
TABERNERO MELANCÓLICO
Ese tabernero tiene una hermosa taberna.
Lástima que un interior pulcro y bien alhajado con sólidos muebles de madera, amén de un exterior poblado de espléndidos árboles, se vea afeado con la presencia pretendidamente decorativa de una calavera siniestra de torvo mirar.
Y es que el tabernero, de tan gallarda presencia como su establecimiento, es presa de una honda melancolía (¿saudade?). Anda el hombre muy afligido, eso es patente.
Se trata de un caballero bastante joven y de contextura saludable, casi atlética, si bien la pena que le invade hace menos gallarda su figura y menos amigable su expresión. Es que está triste, muy triste.
Su deplorable estado de ánimo le tiene casi paralizado o inerte, de modo que se niega a emerger a la luz solar, como aquellos espectros que antaño aterrorizaron nuestra infancia, a los que los rayos del astro rey hubieran fulminado de exponerse a ellos.
Así pues es necesario que el parroquiano se acerque a la barra en procura de su espirituoso predilecto:
- De ése no tenemos… (Creo ver una lágrima destilarse entre sus adormecidas pupilas)
- ¿Entonces?
Un desmayado gesto de su mano señala el anaquel de las botellas perfectamente repleto. Afligido, como, si en vez de agradables elixires, te estuviera ofreciendo tóxicas ponzoñas.
Realizada la selección por el desanimado cliente, el tabernero arroja un solitario cubito de hielo en la copa y añade un generoso chorro de dorado licor. Esa economía glacial pudiera explicar el origen del daño moral que experimenta: es que los polos se derriten, es que la amenaza del calentamiento global… O, a lo mejor, es mal de amores. Qué sé yo.
domingo, 1 de abril de 2018
PATATA
Que el origen del mundo haya sido una patata es poco verosímil. Sin embargo en latitudes muy lejanas del planeta se dan sorprendentes coincidencias muy difíciles de explicar sobre esta mítica interpretación del surgimiento del cosmos. Yo tengo un primo antropólogo que suele ocuparse de estas fruslerías a falta de mejor cosa que hacer, y me ha referido el asunto con pelos y señales. En síntesis, y prescindiendo de datos superfluos de los proporcionados por el pelma de mi pariente, la cosa sería así:
Los dioses habían puesto a asar sobre las brasas una gran patata con el objeto de comérsela, pero estaban tan ocupados en otros asuntos que olvidaron retirarla del fuego y la patata estalló y dio origen al universo (una especie de bigbang popular).
Tan peregrina leyenda o creencia bien pudiera carecer de fundamento, de no ser por la señalada coincidencia en lugares y pueblos muy distantes. Veamos:
La leyenda se ha recogido por tradición oral en algunas aldeas de los Yungas bolivianos, pero el olvido de la patata se atribuye por los hombres a Quilla, la diosa lunar; en tanto que las mujeres prefieren que sea Inti, su esposo, quien sufriera el proverbial despiste creador.
Es sorprendente que en un lugar tan remoto como la Galicia rural, que conserva rastros de la primitiva religión druídica, pese a la fortísima superposición cristiana (a veces incluso impuesta por las malas) la leyenda se halle en términos casi idénticos inscrita en un petroglifo del año de Maricastaña (falta datación fiable): Fue el dios celta Lug quien dejó la patata a idea sobre el llar y lió la parda. Ahora bien: ¿No es así que la patata llegó a Galicia procedente de América en el siglo XVI? ¿Cómo pudieron los celtas primitivos conocer el sabroso tubérculo?
Una cosa más: ¿hay que decir patata, o cachelo? El “Glosario de Voces Galegas de Hoxe, de Constantino García” no lo deja nada claro, así que cada uno que lo interprete a su aire.
Al margen de consideraciones lingüísticas y antropológicas, lo cierto es que las patatas o cachelos servidos en Galicia con carne o pescado han llegado a desplazar mi interés desde la parte proteínica (carne o pecado) hacia la guarnición vegetal. Y es que están de puta madre.
El anciano locuaz también me explicó la causa de que la patata gallega sea mejor, mucho mejor, que cualquier otra congénere suya. Parece que un antiguo señor gallego (un Montenegro, según él) logró juntar en un año de cosecha a un devoto canónigo de Tuy y a una meiga muy poderosa, hazaña que sólo podría realizar un personaje de tan alta alcurnia. Puestos frente a la patata recolectada, la meiga realizó un extraño conjuro, a la vez que el canónigo entonaba un solemne Te Deum… ¿Sacrilegio? Entonces se abrió el cielo en una horrísona tormenta de rayos, truenos y temible aguacero, con el resultado de que la patata gallega quedase transfigurada y bendecida por fuerzas preternaturales, dando origen al formidable cachelo que hoy conocemos.
PULPO
Una parte notable del censo vigués está compuesta por pulpos.
A falta de estadísticas fiables, me veo obligado a establecer este discutible axioma a ojo Pepa, fiándome de la mera percepción, o a recurrir a cronistas anónimos cegados por el ribeiro y el albariño, por ende poco o nada fiables.
Hubiera podido recurrir al propio testimonio de los cefalópodos en cuestión, pero todos los pulpos con los que he tenido trato personal estaban troceados encima de unas patatas y cubiertos de pimentón, así que no se hallaban en condiciones de mantener una conversación, por muy informal que ésta fuera.
El caso es que la circulación por las calles de la ciudad en una actitud observadoras y receptiva puede corroborar la hipótesis, porque por todas partes hay pulpos, muchos pulpos.
En términos de leyenda o tradición también posee su fundamento, porque un anciano muy locuaz con el que trabé conversación en las gradas de la concatedral me contó una historia la mar de curiosa:
Cuando una nativa antigua daba a luz una criatura, dicen que el emocionado padre solía preguntar de inmediato:
- ¿Qué ha sido? ¿Niño, niña o pulpo?
Si la respuesta de la comadrona era que “pulpo a feira”, que es el más distinguido y selecto, se hacía una gran fiesta familiar a la que se invitaba a amigos, vecinos y conocidos. En ella los orgullosos progenitores eran objeto de múltiples felicitaciones y recibían como obsequio cachelos seleccionados de las mejores cosechas.
lunes, 19 de marzo de 2018
UNOS CELTAS AVISPADOS
Es cierto que los romanos del Bajo Imperio andaban algo perezosos y relajados. Nada tenían que ver con los sufridos y peleones legionarios de Julio César, aquellos de la Legio X, que arremetían contra una horda de galos, estando sólo alimentados con la “salsa mola” (gachas de harina salada) y, claro está, con el consabido ardor guerrero. En descargo de estos decadentes soldados, es preciso recordar que los mismísimos mílites a las órdenes de P. Craso y Q. Sertorio habían llevado alguna que otra mano de hostias a cargo de los gallegos de le época, con que algo habría llegado a los oídos de los novatos, porque andaban con la mosca detrás de la oreja.
De esta falta de espíritu militar era bien consciente el servicio de información celta, que andaba de los castros a las pulperías pegando bien el oído y tomando nota de todo.
Ya los ancestros de estas tribus indígenas, previsores que eran, habían encargado construir sus ciudades, y, en especial la que posteriormente fuera Burbida Magana, hoy Vigo, a unos druidas muy sabios y mágicos, que idearon cuestas que sólo eran cuestas arriba. No había allí ni una sola cuesta abajo.
Cuando algún imbécil de tribuno o pretor, aún no teniéndolas todas consigo, ordenaba a sus indolentes legiones que atacasen los castros y ciudades célticas (Vigo en particular), cualquier decurión chusquero insolente le soltaba con desparpajo que aquellos endiablados desniveles los podía ir salvando la puñetera madre del tribuno o pretor; máxime si el escalador en ciernes era recibido a pedrada limpia por los bárbaros residentes, bien alimentados a base de unto de vaca y grelos.
Así se explica que la romanización de Vigo y poblaciones aledañas fuera menos que deficiente, casi imperceptible a fecha de hoy.
domingo, 18 de marzo de 2018
TAPAS Y TAPONES
La mayor parte de los visitantes de Vigo tiene cara de hambre, vamos, que se les ve famélicos, desnutridos.
Por eso el tabernero vigués, que es persona caritativa y misericordiosa, sufre y se apiada de aquella pobre gente.
Así que, si el infeliz muerto de hambre solicita una simple caña, incluso un agua mineral sin gas, el filantrópico tabernero se la sirve acompañada de cuarto de chorizo, media tortilla de patata, una docena de canapés variados y la cosecha de aceitunas de todo el año.
El ahíto viajero se aleja ya gordito y coloradote, mientras el buen hostelero, hondamente conmovido, enjuga una furtiva lágrima de pura emoción. ¡Buen samaritano, sí señor, para que luego digan!
sábado, 17 de marzo de 2018
Mixtificaciones galaicas incipit
Hoy comienzo con la serie "mixtificaciones galaicas", fruto de un retorno fugaz a Galicia, alma mater. Son historietas muy breves.
TAXI AVENTURA
La mayor parte de los taxistas de Vigo fueron en su día pilotos de fórmula uno, pero no añoran su anterior profesión, porque la abandonaron voluntariamente para pasarse a los rallyes más peligrosos del mundo. Posteriormente comprobaron que aquello era un juego de niños, comparado con la conducción urbana al volante de un vehículo convencional de servicio público. ¡Aquello sí que era emocionante y arriesgado!
No todos habían sido pilotos profesionales, pues se cuenta que parte de ellos eran terroristas más o menos arrepentidos, pero no del todo. Éstos gustan de sembrar el pánico entre sus pasajeros, pero por medios no cruentos, ya que el cliente, a lo máximo, sufre alguna que otra secuela psicológica, tras haberse desplazado a bordo del taxi con las gónadas a modo de corbata.
Hay un rumor, seguramente injustificado, que afirma que el gremio vigués del taxi ha llegado a un acuerdo con el colegio de cardiólogos local, acuerdo al parecer sumamente ventajoso en términos económicos para ambas partes.
martes, 13 de marzo de 2018
CARACOLES ASTRALES
Gastropedia 12 (y último). mañana cambiamos de etiqueta
El
dominio de la peluquería y la cosmética no es una cosa de ayer por la mañana. A
veces pensamos que el cuidado del cabello y de la piel es un arte moderno y
propio de la cultura del ocio, que por lo visto es la nuestra, aunque hay que
echarle mucho optimismo para creérselo. No es cierto: los antiguos habitantes
de la Mesopotamia poseían conocimientos de altísimo nivel sobre estas
disciplinas tan apasionantes y sofisticadas, y no hay más que darse una vuelta
por cualquier museo arqueológico para comprobarlo. También se puede consultar
bibliografía, pero es más fatigoso y menos entretenido.
Los
reyes asirios, por ejemplo, incluso los del primer imperio con todo lo bestias
que eran, cuidaban meticulosamente sus barbas y cabelleras. Samsi-Adat I, allá
por el año 1800 a.C., estuvo a punto de llegar con retraso a varias batallas
importantes por tener hora en la peluquería. A Samsi-Adat I no le gustaba
presentarles batalla a los hititas con los pelos hechos un estropajo para que
luego fueran por ahí criticándole: “nos ha ganado la batalla, pero desde luego
iba arreglado de cualquier manera.”
Respecto
al cuidado de las pieles, los antiguos asirios habían llegado a unos niveles de
sofisticación nunca vistos en futuras generaciones. Particularmente sabían
tratar con esmero las pieles de sus enemigos, a los que desollaban vivos con
perfección inigualable y sin estropear la pelleja en la operación. Luego
exhibían con orgullo estas notables muestras de la artesanía local sobre las
murallas de sus ciudades para admiración de los turistas. Es una lástima que se
hayan perdido las técnicas de despellejamiento y conservación inventadas por
este pueblo admirable, porque los imbéciles de escribas, que producían
tablillas y más tablillas cargadas de datos sobre asuntos de escasa relevancia,
no se molestaron en elaborar un pequeño manual acerca de la obtención y
preparación de la piel humana decorativa.
Sobre
los cuidados capilares sólo hay una tabla de arcilla muy deteriorada y
demasiado reciente para el gusto de los asiriólogos, a los que cualquier
reliquia posterior al 900 a.C. les parece una ridiculez. Esa tablilla es del
imperio nuevo y trata de la barba de Teglatfalasar III, una verdadera obra de
arte como las barbas de todos sus antepasados y sucesores. Pese a lo que opinen
los rancios especialistas en la materia, en doce siglos de imperio algo habrían
mejorado las barbas y las tablillas; sería una incoherencia pensar que
Teglatfalasar I (el abuelo de Teglatfalasar III) fuese un rey más importante
sencillamente porque era más antiguo y siempre andaba a caballo. De hecho, la
única tablilla que se preocupa directamente de la barba del rey es debida a un
escriba anónimo de la corte de Teglatfalasar III, sucesor de Teglatfalasar II.
Esto de que los escribas no firmasen sus obras puede deberse a que les iba a
dar lo mismo firmarlas o no, porque parece probado que los derechos de autor y
las liquidaciones de los editores dejaban mucho que desear en aquella época.
Respecto a la obstinación en ponerles el mismo nombre: Teglatfalasar a todos
los reyes, se supone que es un mal endémico en las monarquías desde entonces
hasta la fecha.
Teglatfalasar
III tuvo gran cantidad de problemas con sus vecinos, como la mayor parte de los
reyes asirios. Sus vecinos eran muy impertinentes y no dejaban de incomodarle,
cosa que suele suceder en casi todas las comunidades, incluso en nuestros días,
con la diferencia de que si a un monarca asirio le molestaban los vecinos
disponía del recurso, hoy no tan practicable, de echarles el guante, hacerlos
despellejar meticulosamente y exhibir el producto en las murallas de Nínive. En
la actualidad a ningún presidente de una comunidad de vecinos le está permitido
desollar vivos a los miembros de la comunidad, por muy antipáticos que se
pongan. Sin embargo, las dificultades más serias que hubo de afrontar este rey
fueron debidas a su barba, como cuenta muy detalladamente la “Tablilla de la
barba del rey Teglatfalasar III”, afortunadamente transcrita antes de que un
chorizo de arqueólogo inglés se la llevara a su casa y un golfo de sobrino suyo
se la vendiese a un millonario de Arizona, que la tiene de adorno junto a una
cabeza de alce disecada.
La
famosa “tablilla de la barba” relata cómo un buen día la magnífica barba de
Teglatfalasar III comenzó a perder los rizos y a ponerse lacia. Al principio el
rey y su familia pensaron que era cosa de la extrema sequedad de aquella
estación y que se le pasaría enseguida, pero no fue así, y todos comenzaron a
alarmarse. Los peluqueros y peluqueras de palacio estuvieron horas y horas
intentando rizar la barba de Teglatfalasar, pero fue en vano. Llegaban por la
mañana al salón-peluquería real, sacaban los infiernillos y las pinzas de
rizar, encendían el fuego con huesos de aceituna para obtener la brasa adecuada
y preparaban los aceites de distintas sustancias: aceite de hojas de acanto
(eficacísimo), aceite de sésamo (muy aromático), aceite de hígado de bacalao
(nutritivo), aceite de cinamomo (original y sorprendente), aceite de anémona
marina (el colmo) y grasa de ciervo (especialmente pringosa). El rey llegaba
con la barba hecha unos zorros y todos se aplicaban a la faena, pero cuando ya
pensaban que el cliente estaba arreglado, la dichosa barba volvía a desrizarse
y presentaba de nuevo la apariencia de un asqueroso montón de estopa chorreando
grasa. Teglatfalasar III pedía que le pasaran el espejo, se miraba un momento,
montaba en cólera y mandaba desollar a los peluqueros y contratar otros nuevos.
Pasaban los desolladores y por lo menos el infeliz monarca se entretenía un
rato presenciando la operación y aplaudiendo los momentos más complicados de la
faena, pero muy pronto se sumía de nuevo en la melancolía más profunda hasta la
mañana siguiente.
Y como
es proverbial que las paredes tienen oídos y en palacio mucho más, la noticia
trascendió a la calle y el populacho comenzó a desmandarse y a meter la pata.
¿Quién iba a respetar la autoridad de un rey con una asquerosa barba lacia? La
gente se tomaba a cachondeo la autoridad real y les pintaban bigotes con corcho
quemado a los escribas y a los leones alados de seis patas sin el más mínimo
pudor. Lo peor fue cuando se enteraron los cimerios, hasta el momento
relativamente tranquilos en sus fronteras por amor a las propias pellejas. Los
cimerios eran un pueblo bárbaro que ni siquiera había descubierto el nombre
propio, así que comentaban entre ellos:
-
Oye, tú, cimerio: ¿te has enterado de lo de la
barba del hijoputa del rey de Asiria?
-
¡Vaya que sí, cimerio! Ahora podemos
aprovecharnos, tú.
-
Tú, cimerio, ¿y ya no podrá despellejarnos?
-
¡Qué va, cimerio! ¿Cómo va a despellejarnos un
tío con semejante barba, tú?
Los descendientes de los
cimerios, que son los rusos actuales se resarcirían siglos más tarde inventando
nombres propios larguísimos, como Pantileimon Prokofievich Otzupof para liar a las personas de otras
nacionalidades.
Pero, a lo que íbamos: los
conflictos internos y fronterizos se agudizaban día tras día y, como la gente
se acuerda de Santa Bárbara cuando truena, se pensó en escrutar los astros por
si ellos aclaraban qué se debía hacer en aquellas aflictivas circunstancias. El
problema estaba en que los reyes asirios son reyes-sacerdotes, como los tres
célebres reyes magos Melchor, Gaspar y Baltasar, de modo que quien se hubiera
tenido que encaramar al zigurat para realizar las consultas pertinentes,
hubiera sido el propio Teglatfalasar III. Pero éste no se atrevía a salir a la
calle con aquella facha de barba, así que mucho menos iba a trepar hasta lo
alto del zigurat para que le viera todo el pueblo y el ejército y comenzase de
nuevo la rechifla. Fue, entonces, preciso recurrir a una especie de monaguillos
o sacerdotes subalternos para que se ocupasen del complicado asunto de la barba
poniéndose en contacto con los astros.
Ellos no estaban de
acuerdo, se mostraban renuentes porque no les hacía maldita la gracia que un
eventual fracaso en sus predicciones les condujese directamente a las expertas
manos de los desolladores; pero cuando les informaron de que en caso de rehusar
la tarea encomendada, las afiladas cuchillas de despellejar se pondrían en
funcionamiento sin mayor dilación, optaron por trepar a la torre saltando los
escalones de dos en dos y se pusieron a la faena de inmediato.
Cuatro o cinco noches más
tarde, equivalentes a unas sesenta pieles de peluquero fracasado, los machacas
del rey sacerdote Teglatfalasar III bajaron del zigurat excitadísimos, pidieron
unas cervezas para humedecer las gargantas, resecas por la emoción, y
proclamaron:
-
¡Caracoles! ¡Hay que darle caracoles!
-
¿Pero que idiotez estáis diciendo? ¡Que vengan
los desolladores!
-
¡Que no, que es en serio, que lo han dicho los
astros bien clarito! ¡Hay que darle caracoles al rey!
-
¡Es verdad! ¡Palabra de honor! ¡Caracoles,
caracoles picantes!
-
Vale, vale, pero como no funcione, ya sabéis...
El jefe de la guardia
miraba de reojo a los desolladores, que merodeaban por allí manoseando sus
cuchillas distraídamente.
En resumen, que todo el
pueblo, incluidos los escribas, la guardia y los sacerdotes subalternos, se
esparció por los campos en busca de caracoles y que no quedó sin explorar una
sola mata en seis leguas a la redonda, de forma tal que al atardecer toda la
explanada de palacio estaba llena de cestas de cabrillas, muy abundantes en
aquella estación gracias a lo saludable de un ecosistema aún no contaminado por
la industria de los hidrocarburos. Los cocineros de palacio pusieron manos a la
obra y en poco tiempo bullían sobre sus fogones no menos de treinta cazuelillas
de caracoles sazonados con abundante guindilla y ajo que olían a gloria
bendita. Y si alguien se pregunta por qué no los habían purgado
convenientemente, diremos que porque había prisa y porque lo de purgar los
caracoles lo inventaron los occitanos siglos más tarde y porque los reyes
asirios no eran tan melindrosos como los ingleses, que no comen caracoles
purgados ni sin purgar porque les dan asco. ¡Pero cómo les pueden dar asco los
caracoles, si luego se comen las porquerías que se comen!
Teglatfalasar III ya
estaba preparado y puesto a la mesa con una gran servilleta de cuadros anudada
al cuello y su corcho con alfileritos clavados al lado de la barra del pan y
con su buena botella de vino recién descorchada. Naturalmente no tenía pinza de
caracoles, que es una horterada francesa impropia del buen gusto de un rey
caldeo, así que en cuanto le pusieron por delante la primera cazuela arremetió
a ella con los dedos y comenzó a comer caracoles sin parar, ya que por fortuna
le gustaban mucho, si estaban bien cocinados. En las salas de palacio los
cortesanos y en la explanada el humilde pueblo contaban los sorbetones y los
coreaba apasionadamente:
-
¡Uno, dos, tres, cuatro....veintisiete,
veintiocho...ciento dos!
Y es que el animal del rey
se atizó de una sentada ocho cazuelas de caracoles picantes, se comió toda la
barra de pan y no dejó ni una gota en la botella de vino. Pero mereció la pena,
puesto que ya desde la quinta cazuela la barba había comenzado a rizarse, y a
la séptima se derramaba en suntuosos bucles sobre la manchada servilleta. Eso
le puso muy contento y eructó con sonoridad tras limpiarse los dedos,
desafiante, en los recuperados tirabuzones de su magnífica barba rizada.
Muy grande fue el júbilo
en Nínive y el gran Teglatfalasar III ordenó grandes festejos para celebrar
acontecimento tan señero, entre los cuales no fue el menor el empalamiento y
desuello de cien cimerios escogidos entre los más gordos y lustrosos.
Todas estas cosas fueron
cuidadosamente recogidas y anotadas por el escriba anónimo autor de la
“Tablilla de la barba del rey”, hoy inaccesible a los estudiosos y eruditos por
hallarse expuesta en plan souvenir en un rancho de Nevada junto a la cabeza de
alce disecada, hecho francamente absurdo si se considera que el propietario del
rancho no sabe leer escritura cuneiforme y muy a duras penas lee los catálogos
de televenta que le llegan por correo.
lunes, 12 de marzo de 2018
¡SANGRE!
Gastropedia 11
El
siglo pasado la gente tenía muchísimo tiempo. Es decir, la gente de la
burguesía, que eran quienes mandaban por aquel entonces, tenía muchísimo
tiempo. En realidad podríamos referirnos a la burguesía antes de la guerra del
1914 a 1918, cuando ya comenzó a torcerse el carro con la proletarización de
todas las cosas.
Los
mineros y las obreras del textil no tenían tiempo más que para arruinarse la
salud trabajando como animales y, a lo sumo, agarrando alguna borrachera a base
de alcoholes baratos. Sin embargo los señoritos tenían tiempo para todo,
incluso si pertenecían a la mesocracia y no a la burguesía propiamente dicha.
No hay más que ver la cantidad de banquetes que organizaban y los menús de esos
banquetes, cuya publicación en las gacetas fue uno de los principales
detonantes de la lucha de clases en sus formas más virulentas.
Si yo
soy un albañil corriente alimentado de patatas con bacalao frías a pie de obra,
no miraré con muy buenos ojos a personas que asisten a un banquete con obispo y
todo en el que se sirven no menos de cinco platos: entremeses variados, timbal
de langostinos, vichysoisse, langosta thermidor, popietas de solomillo de buey al armañac,
pollo trufado maître d’hotel, liègeoise, nueces confitadas en flambé de
moka...Lo de la famélica legión no se les ocurrió a los proletarios en plan metáfora,
ni muchísimo menos. También es que los proletarios no se hacían cargo de que en
una de esas comilonas había que chuparse un montón de discursos, pero este
hecho sólo viene a redundar en la tesis principal: los burgueses tenían
muchísimo tiempo, porque entre ponerse morados de pato a la naranja y oir a dos
académicos, un diputado, el obispo de marras y algún orador más, el banquete
podía ponerse tranquilamente en las cuatro o cinco horas.
Por
ese motivo las novelas de aquella época son enormemente gordas, porque las
señoras de los asistentes a los banquetes necesitaban matar muchísimo tiempo.
Ellos no leían gran cosa, a causa de unas digestiones verdaderamente
infernales, pero ellas sí, ellas leían bastante. La novela “Drácula” del
irlandés Bram Stoker fue publicada 1897 y era una novela gótica, género
extraordinariamente retórico que estaba de moda por aquellos años. El bueno de
Stoker se vió obligado a escribir muchas más páginas de las necesarias para
poder vender su libro y así comprar patatas. El público burgués aficionado a
las estúpidas novelas góticas hubiera rechazado cualquier cosa que no fuera un
auténtico mamotreto y Bram Stoker no hubiera podido comer patatas.
Indudablemente
su relato es excesivamente cargado por esas razones y en la actualidad podía
haber sido resuelto con más agilidad y menos rollo.
Partamos
de la situación, que no es mala en sí y tiene aprovechamiento literario:
Jonathan Harker, efectivamente, llega engatusado por el conde Drácula al famoso
castillo Transilvano. Él es un agente inmobiliario normal que quiere hacer su
negocio sacándole las entrañas al cliente, como haría cualquier agente
inmobiliario normal; Drácula es un vampiro normal que lo que quiere es
alimentarse de sangre por las noches; de hecho ya se ha nutrido con sangre de
chicas jóvenes. Ésta es la parte más morbosa de la historia, ya que la mayor
parte de los vampiros literarios manifiesta una marcada preferencia por las
jovencitas, lo cual es una suerte para el escritor, que sabe de sobra que sin
una pizca de sexo no vale la pena querer colocar sus novelas. Sin embargo, el
conde vampírico tampoco le hace ascos al juvenil pescuezo de su huésped,
momento delicado de la obra, ya que muestra una cierta faceta bisexual en
Drácula, que aparece sublimada a través de sus hábitos alimenticios. Hasta ahí,
de acuerdo.
Sin
embargo el exceso de páginas demandadas obligó a Stoker a programar un viaje de
Drácula a través de Europa que realmente resulta innecesario. Una mayor
economía verbal aconsejaría no cambiar de escenario la situación y dejar que la
cosa suceda siempre en el propio castillo de Drácula, lo que, por añadidura,
abarataría los costes de una posible versión cinematográfica.
Por
otra parte, iniciaremos el relato ex –abrupto, eliminando todos los molestos
preámbulos y comenzando cuando Harker ya ha llegado al castillo del conde y va
a sentarse a la mesa del comedor invitado por éste. Sabemos que Drácula no
tiene una gran despensa, a causa de su singular régimen de comidas, de forma
tal que farfulla algunas excusas ante su invitado:
-
Bueno, el caso es que es sábado y la cocinera
tiene la tarde libre...¡Qué compromiso tan desagradable!... Le presento mis
excusas, amigo. Vamos a ver si hay algo frío en la alacena...En fin, usted
sabrá disculparme.
Jonathan Harker es un hombre
práctico, un hombre de negocios y un empleado eficiente y previsor.
-
Permítame.
Dice.
-
Permítame.
Y entonces echa mano de su
maletín donde ha prevenido algo de merienda para el camino, por si la
alimentación rumana no prueba a su estómago acostumbrado a un horario y a un
determinado tipo de comida, y ha hecho muy bien, porque la comida rumana es
fuerte y contiene grandes cantidades de pimentón y ajo. Además, como en aquel
entonces la Transilvania pertenecía al imperio austrohúngaro era casi obligado
comer páprika a diario, con el evidente riesgo de diarreas provocadas por la
mezcla de pimentón picante y nata ( a quién se le ocurre).
Pues bien, sin ánimo de
enmendarle la plana a Stoker, el agente inmobiliario saca de su maletín una
libra de pan y unas morcillas. ¿Qué por qué tenía morcillas Jonathan Archer?
Pues muy sencillo, porque le gustaban mucho las morcillas y enriquecía la dieta
normal a base de patatas con unas morcillas. Precisamente llevaba algunas en su
maletín y las pone encima de la mesa perfectamente conservadas gracias a las
bajas temperaturas reinantes en el invierno centroeuropeo.
-
¡Caramba, amigo! Sí que trae usted unas
salchichas de extraña apariencia.
Dice
el Conde Drácula.
-
No son salchichas, señor. Se parecen a las
salchichas, pero esta semejanza sólo es formal. Se trata de productos de
charcutería, señor, pero no de salchichas.
-
¿Entonces?
-
Bien, señor: sangre. Es un tipo de embutido
hecho con sangre.
Harker
ha tomado un cuchillo y corta la morcilla seca sobre su rebanada de pan. El
conde tiene un extraño fulgor en sus brillantes ojos orlados de profundas
ojeras. Exclama:
-
¡Sangre!
-
Efectivamente, señor, sangre. Se conserva
perfectamente de esta manera y es muy sabrosa.
-
¡Lo que es el progreso! ¡Nunca se me hubiera
ocurrido!
Las ideas y los recuerdos
se agolpan en el cerebro del aristócrata transilvano. Noches de angustia en
busca de sangre con que alimentarse, etapas de carencia...Aquella ocasión en
que intentó saciarse con el cuello exangüe de un equipo rumano de gimnasia
rítmica y descubrió que el tratamiento hormonal había reducido casi a la nada
el torrente circulatorio de las pobres chicas. ¡Si él hubiera sabido! Una
sombra de alarma cruza por su mirada cuando alargaba su mano trémula hacia las
morcillas de Harker:
-
No les pondrán ajo...Aquí los campesinos les
ponen muchísimo ajo a sus salchichones.
-
Nada de eso, señor: ora cebolla, ora arroz. Ajo,
señor, en modo alguno. ¿Quiere probar el señor conde?
-
Si usted insiste...
Pero ya Drácula mordía ansiosamente una morcilla con sus
afilados caninos.
-
¿Son de su agrado señor?
-
¿De mi agrado? ¡Esto está de puta madre!
No era frecuente que el
Conde Drácula perdiese la compostura de aquel modo, pero es que una vida nueva
acaba de mostrársele con infernal nitidez. Nada de viaje a occidente, nada de
incómoda travesía en un ataúd dentro de la bodega de un barco, nada de zozobra
nocturna en busca de pescuezos no siempre tan limpios como sería deseable...
-
¿Sabe amigo Harker? Tal vez cambiemos un poco el
tipo de negocio que pensábamos hacer. Veamos: ¿con qué frecuencia y a qué
`precio puede hacerme llegar remesas de este producto?
Jonathan Harker hace
números mentalmente mientras se limpia la boca con una punta del ajado mantel
de finísimo lino.
* * * * *
De este modo hemos simplificado el
relato, poniéndolo al alcance del lector moderno que, como sabemos, es casi un
analfabeto funcional incapaz de tragarse las quinientas páginas de un pestiño
de novela gótica. Seguro que Bram Stoker nos agradecería que le hubiésemos
resuelto la papeleta con tanta facilidad.
sábado, 10 de marzo de 2018
SEMILLA DEL HAREN
Gastropedia 10
A
primera vista el trabajo como odalisca en un harén puede parecer un buen
trabajo. Estamos acostumbrados a ver el cuadro de Ingres, por ejemplo, donde se
ve a la gran odalisca muy bien arreglada y tumbada a la bartola sin dar ni
golpe. Hay otras pinturas en las que podemos adquirir la engañosa idea de que
el empleo en un harén, o serrallo, es una verdadera bicoca, porque siempre
aparecen mujeres evidentemente bien alimentadas, luciendo joyas costosas y
ocupando habitaciones confortables y provistas de una buena calefacción, dato
que se infiere de los ligeros atuendos que todas ellas lucen. Si estuvieran en
sitios menos caldeados no podrían ponerse tan cómodas y pasarse el día desnudas
o semidesnudas, como se las ve siempre en los cuadros. El mobiliario también
suele ser cómodo y elegante, compuesto mayormente de divanes bien mullidos y
muy convenientemente tapizados.
Otros
cuadros de harenes muestran cuartos de baño espaciosos e igualmente bien
caldeados, cuartos de baño que sólo se podrían instalar en viviendas lujosas de
muchísimos metros cuadrados. Los cuartos de baño normales sólo pueden ser
utilizados a la vez por una persona y, a lo sumo, por dos personas de mucha
confianza. En cambio, los cuartos de baño de las odaliscas son capaces de
albergar hasta a una docena de mujeres robustas, incluso asistidas por personas
a su servicio.
En
suma, la impresión que uno saca después de contemplar bastantes pinturas de
odaliscas en harenes es que esas señoras pasan ociosas la mayor parte de sus
vidas y, pese a ello, gozan de un bienestar económico más que aceptable. En
realidad es difícil adivinar en qué consiste exactamente el trabajo que
realizan, porque desde luego parece que nunca dan ni golpe y que se pasan las
horas muertas acostadas en la cama o bañándose tranquilamente.
Sólo
en algunas dependencias de las administraciones públicas se puede ver a
personas que ganan su salario sin ninguna obligación aparente, gente que
conversa sentada en el borde de las mesas, lee la prensa y baja a desayunar no
se sabe cuántas veces sin que de la sensación de que vayan a ponerse a hacer algo
en algún momento de su jornada laboral. Este tipo de empleo se nos antoja el
más parecido al de odalisca de serrallo, aunque los hábitat de este tipo de
funcionarios suele ser menos lujoso y confortables, por mucho que determinadas
administraciones autonómicas hayan procurado invertir bastantes millones en
mejorar la imagen de sus dependencias. La calefacción, no obstante no alcanza
en estos lugares las temperaturas elevadas que suelen reinar en el harén,
porque los funcionarios y funcionarias visten con decoro y corrección y no
muestran su intimidad con el desparpajo propio de las hetairas que contemplamos
en los cuadros de pintores famosos.
Pero,
cuidado, en realidad todo esto es mera apariencia. Si nos fijamos bien en las
caras de funcionarios y concubinas estables, advertiremos que la expresión de
hastío no es infrecuente en los unos y las otras. Efectivamente, el
aburrimiento es el mal que aqueja con más frecuencia a quienes desempeñan estas
profesiones.
En el
harén de cierto príncipe oriental, monarca absoluto que tuvo su palacio en una
ciudad del Oriente allá por el año mil setecientos y pico, había por lo menos
cien mujeres aburriéndose sin nada que hacer. Los elefantes de la casa por lo
menos se entretenían algo con ocasión de desfiles y procesiones, momentos de
gran animación en la corte en que los animales eran lujosamente enjaezados y se
les sacaba por las calles a dar un garbeo. Otras veces los llevaban a cazar
tigres, pero esto sucedía con menos frecuencia, puesto que el sultán (ése era
exactamente su cargo) no era partidario de los ejercicios violentos y prefería
pasar el tiempo comiendo o supervisando su colección de canarios, pues eran un
gran aficionado a la ornitología en esta concreta especialidad. Las cacerías de
tigres sólo se organizaban para impresionar a los visitantes europeos, que no
habían visto tigres ni elefantes casi nunca y aquello les parecía el no va más.
Al
sultán alguna vez se le pasó por la cabeza llevar a los ingleses que pasaban
por su corte a visitar el harén, pero como era musulmán, nunca acababa de
decidirse y las odaliscas seguían aburriéndose de tanto mirarse la cara las
unas a las otras y de bañarse no sé cuántas veces al día por aquello de hacer
alguna cosa. En realidad aquel príncipe había puesto serrallo por razones de
prestigio social; consideraba el harén una propiedad fundamentalmente
representativa, cuestión de imagen. El caso es que nadie había entrado allí
jamás, exceptuados los eunucos y las esclavas habituales, porque ésa es la
costumbre o norma: al serrallo sólo puede pasar el propietario suceda lo que
suceda; pero todo el mundo sabía que el príncipe oriental tenía un harén con
más de cien mujeres y de eso se trataba precisamente.
Para
colmo, el sultán al que nos referimos no utilizaba nunca los servicios a que se
supone destinada una dependencia de estas características, ya que le
interesaban mucho más los canarios que las mujeres y, en lo que respecta a sus
necesidades sexuales, eran más bien limitadas y prefería satisfacerlas con unos
muchachos que tenía en palacio a ese efecto, y eso casi por compromiso y muy de
cuando en cuando.
En
resumen, las odaliscas estaban muertas de aburrimiento y ya no sabían ni qué
ropa quitarse a lo largo de la interminable jornada. Había, eso sí, mucha
variedad de mujeres en aquellos espaciosos salones y cuartos de baño, porque
eso es casi obligado en un harén medianamente presentable. Un mercader sirio,
concesionario en exclusiva para la provisión de recursos humanos del harén, se
había ocupado de que no faltasen chicas de todos los tipos y colores, requisito
indispensable según consta por las pinturas que, como aclaramos más arriba,
constituyen la fuente de información más caracterizada y fiable.
Lógicamente
había varias odaliscas del áfrica subsahariana, es decir, negras, porque este
tipo de mujer luce mucho en el baño y agrada a los partidarios del erotismo por
la tremenda, incluso llega a acomplejar, no se sabe por qué. No podían faltar
las circasianas para contrastar con las chicas de color, circasianas blancas,
casi lechosas y notablemente ampulosas de formas. Gustan mucho a los hombres de
cierta edad y también son de mucho lucimiento sobre un diván tapizado en
colores vivos. El sirio había conseguido el consabido par de gemelas, dos
chicas de aspecto mediterráneo y algo pavisosas, pero de gran prestancia y
efecto. El sirio se esmeraba todo lo que podía con sus clientes fijos. Claro
que la pieza maestra del harén tenía que ser la media docena de japonesas,
adquiridas en una liquidación de cierta casa de té por apremiante necesidad de
liquidez de su propietario. Esas odaliscas eran muy modosas y tenían las tetas
pequeñas pero una piel suave y delicada. Desde luego que no eran amarillas; no
sé quién se habrá inventado eso de que las chinas y las japonesas son
amarillas, qué estupidez.
Total,
que había un montón de hetairas en el harén aquel y todas aburridas hasta más
no poder, porque en realidad carecían de obligaciones y las posibilidades de
diversión en un local cerrado son muy limitadas, por muy amplio que éste sea.
Luego estaba
el problema de la alimentación, que, como vemos en las pinturas de diversos
autores, se basaba fundamentalmente en frutas variadas. En los cuadros de
odaliscas suele haber fruteros con uvas, naranjas, piñas americanas,
melocotones y ocasionalmente dátiles. No hay un solo cuadro de odaliscas donde
aparezca una fuente de croquetas, ni una cazuela de ajoarriero, ni un cordero
asado. Parece ser que las odaliscas consumen grandes cantidades de fruta, lo
cual resulta contradictorio con la abundancia de carnes que muestra la mayor
parte de ellas, puesto que un régimen de este tipo es normalmente recomendado
para la pérdida de peso. El consumo masivo de fruta tiene algunos
inconvenientes, como el inevitable efecto laxante; pero, sobre todo, resulta
monótono, de forma tal que el menú contribuía a fomentar el intenso
aburrimiento que padecían todas ellas en el serrallo del sultán.
Fue
una suerte que un buen día cierto eunuco especialmente servicial llegase de la
calle con un cucurucho de pipas de girasol tostadas y se las ofreciera a las
odaliscas muy educadamente. A todas les encantaron las pipas, más que nada por
lo entretenido que es picotearlas y tirar las cáscaras al suelo. A partir de
ese día comenzaron a entretenerse comiendo pipas, que traía el eunuco en grandes
cantidades de la calle y distribuía entre las mujeres del harén. De esa manera
no tuvieron que bañarse tantas veces, porque parte de su tiempo lo empleaban en
el nuevo pasatiempo. Desde cualquier rincón de palacio se escuchaba el
chasquido de las pipas entre los blancos dientes de las bellas odaliscas y el
rumor de las cáscaras rebotando en los mármoles del suelo. Al sultán le extrañó
un poco al principio, pero como estaba ocupado con sus canarios no le dio
demasiada importancia.
Lo que
resulta curioso es que ningún pintor de renombre haya plasmado en el lienzo una
escena de harén con odaliscas comiendo pipas de girasol, pero sabido es cómo
son los artistas de caprichosos y arbitrarios.
jueves, 8 de marzo de 2018
MORATIN Y EL HOMBRE LOBO TOMAN CHOCOLATE EN LONDRES
Gastropedia 9
Cuenta don Manuel Silvela,
grande amigo que fue y puntual biógrafo de Don Leandro Fernández de Moratín,
cómo el ingenioso autor de “El sí de las niñas” tuvo por costumbre inveterada
la de desayunarse cotidianamente con dos onzas de chocolate en jícara y un par
de vasos de agua, lo que hace suponer que el parco e ilustrado dramaturgo
consumía unos cinco reales de su hacienda en la modesta colación matinal. Si
contamos que vivió don Leandro 68 años, bien puédese colegir que ingirió a lo
largo de su vida 24.820 jícaras de chocolate, equivalentes a 49.640 onzas, que
supondrían 124.100 reales, puesto el chocolate a un precio corriente de 2
reales y medio la onza. ¡Una auténtica fortuna en chocolate a la taza!
Este cálculo,
aparentemente preciso y fiable, es, sin embargo, engañoso, por cuanto no
siempre pudo nuestro mayor poeta de la Ilustración cumplir con el rito casi
sacramental de su chocolatito mañanero.
En una carta dirigida en
1793 a don Juan Antonio Melón, el famoso abate concubinario a quien honró
Moratín con su amistad y confianza, se queja amargamente de las
costumbres alimenticias de los ingleses y, muy en particular, de una que él
juzga especialmente desagradable: la ingesta abusiva de té a cualquier hora,
incluida la del desayuno, en detrimento de la reconfortante poción que él tanto
apreciaba:
“...pago cojón y medio por
alojarme en esta lamentable posada de Suffolc street (sic), póngome a la mesa
del desayuno y me plantan delante un pescado a la válgame Dios y una porción de
riñones hervidos, que en su maldita lengua se llama “breakfast” o como el
diablo sea servido. Protesto, reclamo mi chocolate, ármase la gran tremolina y
al cabo de un cuarto de hora llega la criada con un cangilón de media azumbre
lleno de un aguachirle marrón... ¿Y a esto llaman chocolate los estragados
súbditos de Su Graciosa Majestad? ¡Al diantre todos ellos y su infecta
pócima!...”
En posteriores epístolas a
distintos corresponsales, incluso en una dirigida a Cabarrús, donde explica muy
minuciosamente cómo organizar un gabinete de historia natural en el Buen
Retiro, se advierte el decaimiento de ánimo que va afectando poco a poco a don
Leandro. Particularmente hay una muy ilustrativa a doña Francisca Muñoz, de la
que reproducimos un pequeño párrafo:
“...aún cuando no paro de
celebrar las grandezas y magnificencias de esta famosa metrópoli, no logro por
ello dejar de andar quejoso y un tanto afligido. Ah si estos dichosos hijos de
Albión diesen en copiar la espesura de su empecatada niebla en la preparación
del chocolate! ¡Pero cá! Aquí, por el contrario de lo que acontece en esa Villa
y Corte, la niebla es espesa e insana y el chocolate, clarucho, desabrido y no
menos insano. Con que no digo a V.M. sino que hartos días hace que ando
estreñido y de mal talante. A pique me encuentro, y admírese doña
Paquilla, de mandar cartas al señor de
Godoy para que me otorgue licencia de retornar a mi patria y a mis dos onzas de
chocolate mañanero...”
Parece que fue poco
después de redactar esta desolada misiva cuando Moratín se encontró por primera
vez con el hombre lobo , conclusión a la que se puede llegar encajando algunas
páginas de su “Diario” con otros documentos de reciente hallazgo, a los que se
aludirá en el momento oportuno.
Moratín, como es sabido,
contrajo el hábito de irse a aullar por la noche a las orillas del Támesis en
el mes de noviembre de 1792 (ver “Obras póstumas”). ¿Fue la nostalgia provocada
por el recuerdo de su alegre vida en los burdeles barceloneses? ¿Fue la
inclemencia del clima londinense? ¿O más bien la carencia del chocolate en el
desayuno? Moratín encontraba flacas y desabridas a las putas inglesas, a las
que no cesa de comparar desfavorablemente con una extremeña rolliza y cachonda
que, al parecer, frecuentaba en las proximidades del puerto barcelonés. Tampoco
era conforme del todo con la húmeda frialdad del clima londinense. Sin embargo,
son mucho menos patéticas sus quejas sobre ambos extremos que las provocadas
por la innegable sordidez del chocolate que se toma en casi todo el Reino
Unido, que, como cualquiera reconocerá, es verdaderamente deplorable. Sorprende
comprobar cómo una nación que fabrica excelentes bombones y pasteles de
chocolate es, sin embargo, incapaz de servir en taza un chocolate que sea
merecedor de tal nombre.
Moratin, pues, se embutía
en su manferlán o paletó, se liaba una bufanda al cuello, se calaba el sombrero
de copa hasta las orejas y recorría las orillas del Támesis aullando muy
lastimeramente. En una de esas se topó con el hombre lobo, que casualmente
practicaba idéntica afición a horas semejantes. A partir de ese momento los dos
iban a aullar juntos y trabaron una relación amistosa muy interesante gracias a
esa feliz coincidencia y a otras curiosas circunstancias documentadas en un
material que se citará a su debido tiempo.
Harold Fischer, el hombre
lobo, es mencionado en el “Diario” bajo el seudónimo o clave de “H.Pescador”:.
Por los documentos antes mencionados, a los que se recurrirá (decíamos) en el
momento oportuno, sabemos que Harold Fischer fue un hombre lobo muy conocido y
celebrado en el Londres de finales de siglo y también cómo acaeció su desdichado
óbito (1812) a manos de unos ignorantes pastores de Kent, que se lo cargaron a
cantazos por miedo a que les comiera las ovejas, cosa absolutamente ajena a la
intención del infortunado Fischer. Él simplemente estaba contemplando el
paisaje sentado al anochecer en un cerro cercano a la pradera donde pastaba el
rebaño. En fin, cosas que pasan.
Algunos de los pasajes del
“Diario” contienen escuetas alusiones a esta relación de tan peculiares
características. Vgr.:
24.12.93.- Navidades
sin turrón. Horribile dictu. Promenade mr.H. Pescador. Hurlements. Chez moi with H.Pescador.
Hemorroide.
27.12.93.- ¡Chocolate
encore! Thanks, H.Pescador. bibamus et gaudeamus.
Esta última anotación sí
que resulta sorprendente, y lo sería aún más si no fuera por cuanto algunos
documentos, que se citarán en el momento que correspondan, ponen en claro un
concreto aspecto de la etapa en que Moratín iba a aullar a las orillas del río
Támesis con el hombre lobo llamado Harold Fischer, un sujeto de temperamento
melancólico muy afín al del propio don Leandro.
Afortunadamente hay varios
documentos, que relacionaremos en el momento oportuno, perfectamente adecuados
para explicarlo todo.
El hecho es que Moratín
conoció al hombre lobo en la taberna de Crown and Anchor y entabló conversación
con él frente a sendas jarras de cerveza templada, lo más semejante al
chocolate a la española que había conseguido hallar en Londres nuestro insigne
reformador del teatro. Hablando, hablando, pronto se estableció un ambiente de
camaradería entre ambos, pues habían pasado casi dos horas lamentándose juntos
de esto y de lo otro, siendo ambos sujetos de carácter bastante melancólico,
como queda dicho. La conversación derivó luego hacia temas relacionados con el
progreso y la ilustración, que eran asuntos muy de moda por aquellos días, y
acabó el buen Fischer por ofrecer a su nuevo amigo una visita a su colección de
objetos curiosos, que la tenía en su casa perfectamente organizada y
etiquetada. Accedió don Leandro Fernández de Moratín, espíritu curioso y
aventajado, de modo que ambos se dirigieron a la posada del amigable licántropo
que vivía en la parte del Soho londinense.
Pues bien: allí, entre
varios interesantes objetos de la naturaleza y de la humana industria, como el
molinillo de café hidráulico y un tucán disecado, observó con júbilo Moratín
que tenía el señor Fischer...¡una chocolatera!
Quiso la casualidad que
hubiera recibido por aquellos días don Leandro un paquete enviado por doña
Mariquita, en el que, junto a un tomo de las obras de Jovellanos, le enviaba un
par de libras de excelente chocolate de la Trapa, que lamentablemente no había
sido posible preparar por falta del recipiente adecuado.
-
¿Sabe, amigo mío, qué utilidad posee esto que
usted estima simple curiosidad o exótica pieza de colección?
Moratín tenía los ojos
llenos de lágrimas y acelerados los pulsos cuando pronunció aquellas emotivas
palabras.
-
¡Pues se va a chupar usted los dedos, maldita
sea!
El resto del episodio es
fácil de adivinar. Partieron ambos a toda prisa llevando consigo la mágica chocolatera
, se fueron a casa de Moratín en Suffolk street y se pusieron morados de
chocolate a la taza. Después se fueron a aullar juntos a las orillas del
Támesis para celebrarlo, y así día tras día y semana tras semana, hasta que se
acabaron las dos libras de doña Mariquita.
Poco después de acabarse
la provisión de chocolate que guardaba nuestro importante dramaturgo en una
maleta debajo de la cama, fue cuando Moratín se marchó de viaje a Italia, así
que no le importó demasiado que ya no quedase ni una sola onza. El hombre lobo
Harold Fischer se despidió de él muy afectuosamente y le regaló la chocolatera,
ya que él no iba a poder utilizarla porque el chocolate, como decimos, se había
acabado del todo y además no hubiera sabido cómo darle el punto.
Sin embargo, el señor
Fischer, un hombre lobo de costumbres fijas, siguió yéndose a aullar a orillas
del Támesis él solo, hasta que se le ocurrió la desdichada idea de irse de
excursión a Kent, donde le sucedió el desagradable incidente ya referido.
Quedan algunos datos de
menor importancia sobre este curioso episodio de la estancia londinense de
Moratín en documentos de probada solvencia que se citarán en el momento
oportuno.
martes, 6 de marzo de 2018
EL CONSUMO DE LOTO ES PELIGTOSO PARA LA SALUD
gastropedia 9
Las plantas no
siempre son saludables. Hay plantas que sí lo son, como por ejemplo el repollo,
aunque ocasionalmente pueda originar un poco de aerofagia. También es saludable
el aguacate preparado en distintas formas, y algunas infusiones, aunque no
todas resultan agradables al paladar. El café se puede mezclar con leche (y
entonces se llama café con leche) o puede consumirse solo, pero excesivamente
concentrado afecta al sistema nervioso, salvo si uno ha nacido en Italia. La
amapola real es muy buena para dormir a los niños y el enebro suelta unas bayas
que, debidamente procesadas, sirven para hacer con ellas gintonic.
El cannabis va
en gustos y opiniones, porque Santa Teresa de Jesús lo reputaba de excelente
medicina, en tanto que la Policía Municipal opina todo lo contrario, en lo cual
coincide con las autoridades educativas. Por lo que respecta a la absenta, que
Jenofonte encontró muy abundante a lo largo de su famosa excursión en grupo,
tiene un sabor amargo y sin embargo es muy apreciada por los artistas malditos
y sus amistades. El rábano, en cambio, posee excelentes cualidades carminativas
y no es amargo, como la absenta, pero sí picantillo.
Don José
Celestino Mutis sabía mucho de plantas y por ese motivo tiene una calle en
Cádiz, su tierra natal. Don José Celestino Mutis cenaba verdura casi todas las
noches, y eso le mantenía a salvo del colesterol y del ácido úrico, pero no se
fumaba el cannabis ni se metía opiáceas por la nariz, porque sabía muy bien a
lo que se arriesgaba. Respecto a la flor del loto, no le hacía caso alguno,
porque su dedicación a la botánica se hubiera ido al carajo a consecuencia de
una inevitable pérdida de memoria. Las personas que comen loto acaban con la
cabeza a pájaros y nunca se acuerdan de dónde han dejado sus cosas, según es
sabido desde hace muchos años.
La flor de loto
es, por otro lado, una plantita muy estimada por algunos orientales,
circunstancia que aprovechó el pintor Ts’ien Xuan para ponerse las botas
pintando cuadros de lotos, como esas señoritas inglesas victorianas que
pintaban ramilletes de flores enormemente cursis, pero cobrando; porque Ts’ien
Xuan era chino y los chinos ya en el siglo XIII eran tan buenos comerciantes
como ahora. El astuto pintor se puso de acuerdo con un charlatán de feria
japonés que se llamaba Nichiren para que inventase la sutra del loto y
convenciese a sus contemporáneos de que en el loto reside toda la verdad, de
forma que a Ts’ien Xuan le quitaban los cuadritos de lotos de las manos y luego
se repartían el dinero él y su compinche el japonés Nichiren. Tenían todo muy
bien organizado, ya que el laborioso chino se ocupaba de producir género en
abundancia y el japonés llevaba la promoción del artículo, que es lo que se le
daba mejor.
El dios védico
Surya también andaba siempre paseándose en carro con un loto en cada mano, pero
no se los comía porque hubiera perdido la memoria y el sol cada día hubiera
salido a una hora distinta, lo cual es muy inconveniente para las horas de
apertura del comercio y para el sueño de los bebés.
Otro dios, el
famoso Brahma, nació de un loto que le salió en el ombligo a Vishnú. Al
principio pensó que eran hongos, pero no, era un loto hermosísimo del que
surgió el que faltaba para la trimurti, que es como les llamaban a ellos dos y
a Siva cuando salían juntos de parranda:
-
¡Anda, ya está ahí la trimurti!
-
¡Esta noche la lían!
Brama tenía
cuatro caras porque tenía muy mala memoria por razones de nacimiento y nunca se
acordaba de qué cara era la suya. Ahí es donde coinciden la tradición oriental
y la occidental, que para algo somos todos indoeuropeos, qué joder.
Pues, yendo al
caso, a la ninfa Lotis se la comieron unos desarrapados de aqueos, y en el
pecado llevaron su penitencia, como se verá.
La ninfa Lotis,
como todas sus congéneres, era una pendoncilla provocativa, a quien, pese a su
corta edad, le encantaba calentarles la bragueta a los humanos, a los dioses y
a los héroes. En cuanto que su madre y las amigas de su madre se descuidaban,
la niña ya se había puesto a bañarse en pelota por los manantiales, las fuentes
y los arroyos. Otras veces andaba en cueros porque sí, porque le gustaba
provocar y ya está. Pero tanto va el cántaro a la fuente..., y un día tuvo que
dar con la horma de su zapato, topándose nada menos que con Príapo.
Qué vamos a
contar de Príapo que no sepa todo el mundo, y el que no lo sepa, que se de una
vuelta por los museos, y allí donde se amontone un grupo de turistas maduras
entre risitas y murmullos va a encontrarse con la estatua de un dios griego con
un pedazo de cipote como un templo. Bueno, pues ese era Príapo: un dios griego
con un cacho de nabo como un castillo, o sea que poseía un pene de admirables
proporciones.
A Príapo le puso
a cien ver a la ninfa chapoteando a pelo en una fuentecilla, y como en aquel
entonces no se perdía mucho tiempo saliendo antes a cenar o asistiendo a un
espectáculo de ballet moderno, se fue derecho a por ella. Lotis, que no era
ninguna santa y había quedado gratamente impresionada por las buenas prendas de
su galán ocasional, pensó que valía la pena darle un poco de salsa y colorido a
la situación, así que fingió asustarse y salió corriendo mientras miraba de
reojillo aquel portento que se balanceaba a proa de su perseguidor.
-
¡A que no me pillas, a que no me pillas!
Esa original e
ingeniosísima frase salía de los labios de la coquetuela cuando se produjo el
percance. La estrecha de Artemisa, que andaba por allí hecha una calamidad como
de costumbre y sudando porque había andado de caza toda la mañana, reparó en la
juerga que se traían aquellos dos desvergonzados y, abusando de su condición de
diosa, hizo que Lotis se cayese a un estanque y se convirtiese en loto, como su
propio nombre obliga; no se iba a convertir en coliflor, cuando se llamaba
Lotis, y además la coliflor no es una planta acuática. Total, que la pobre
chica pasó a la condición de vegetal por un simple devaneo, y el desazonado
Príapo se quedó al borde del estanque meneándosela como un babuino.
Esta
es la primera parte de la historia, la menos desagradable.
La
segunda parte es que unos marineros griegos horriblemente zafios y peleones
venían de saquear una bonita ciudad del Asia menor, porque la piratería no
estaba perseguida entonces por las leyes internacionales, y acertaron a
desembarcar para hacer aguada en las costas de la Libia septentrional, justo
donde Lotis se aburría como un hongo en el estanque donde la había arrojado la
intransigencia sexual de Artemisa. Eran sujetos rudos y de paladar poco
refinado, capaces de comerse una vaca a medio asar o de sustentarse con un
puñado de bellotas si no encontraban cosa mejor que echarse a la boca. Como
venían deseosos de fruta o de verdura fresca, y muy hartos de la dieta a base
de galletas secas y tasajo que comían a bordo, la emprendieron con cualquier
cosa vegetal medianamente comestible que creciera por aquellos alrededores y,
claro, cómo no iban a reparar en aquella especie de ensalada acuática tan
fresca y apetitosa, la que presentaban Lotis y los lotos normales que convivían
en el estanque: se las zamparon a puñados sin ninguna especie de etiqueta.
Así
acabó la desdichada y liviana ninfa, en el abultado y velludo estómago de un
animal de marinero aqueo.
Pero,
como decíamos, en el pecado llevaron su penitencia, porque de repente empezaron
a perder la chaveta y no se acordaban de nada:
-
¡Eh, tú! ¿A qué hora teníamos que volver a
bordo?
-
¿A qué bordo? Yo a usted no le conozco de nada,
aunque su cara me suena.
-
¿Cuál es la capital de Lacedemonia?
-
Espera, lo tengo en la punta de la lengua.
-
¿De qué me suena a mi el nombre de Ulises?
-
¿Quién puso la cantimplora del vino a remojar?
No la encuentro por ninguna parte.
-
Pero si fuiste tú el que la puso a remojar ¿O
fui yo? ¡Qué cabeza la mía!
Ellos no se daban cuenta
de que si comes loto pierdes por completo la memoria y, si te pegas un atracón
de loto, ya es que no das una.
Lo que sí fue
una lástima es que Príapo no alcanzase a tiempo a la ninfa Lotis, porque
seguramente hubieran pasado un buen rato juntos y la zorra estrecha de Artemisa
no les hubiera jorobado la tarde, ni los burros de los aqueos se hubieran
zampado a una chica tan mona en forma de ensalada.
ALUBIAS JACOBEAS
Gastropedia 8
Ha habido casos de santos eremitas
que son ejemplares, porque más que santos eremitas parecían mulos píos, de puro
cabezotas y obstinados. Ahí está el famoso Antonio, que se lo ponía Satanás a
huevo con los famosos envíos de tías buenísimas, tías de esas que no te crees
que puedan existir de verdad, mujeres bandera, oye, y desnudas o casi desnudas,
el colmo. Nadie sabe de dónde sacaría el demonio semejante colección de
bellezas: rubias y delicadas con tetitas de sueño, morenazas de curvas
impresionantes, y pelirrojas de esas blancas de piel y algo pecosas que sólo ya
de mirarlas es que te ponen a cien, y hasta puede que le pusiera por delante
alguna japonesita linda y complaciente, que no tienen demasiado pecho, pero
unas figuras que parecen de porcelana mórbida, en fin, .¿por dónde íbamos? Sí,
pues Antonio, como si tal cosa: se tiraba de cabeza a unas matas de cardos y
espinos y se revolcaba para aguantarse las ganas y no pecar con aquellos
bombonazos, que le hacían todo tipo de posturas lascivas, se contoneaban, se
tendían boca abajo, separaban los muslos, se restregaban los pechos suspirando,
se pasaban la lengua por los labios, dejaban caer sus cabelleras hasta los
hoyuelos de la cintura....Esto, bien...pues el santo varón agarraba las
disciplinas y se tundía la espalda a correazos. Eso es lo que hay que hacer
cuando llegan las tentaciones para no arruinar una vida de sacrificio y oración
cuyo premio será con toda seguridad el gozo de la vida sobrenatural con todas
sus ventajas sobradamente conocidas.
El santo eremita Deodato de Funes
estaba perfectamente informado acerca de esta materia, motivo por el cual se
retiró a las Bardenas después de haber renunciado formalmente al mundo en una
merienda con sus amigos. Les dijo:
-
Estoy ya harto de ser un pecador y me marcho a
las Bardenas a hacer penitencia, así que ahí os quedáis.
Los de la cuadrilla se sintieron muy edificados ante la decisión del
Deodato y pidieron más magras con tomate para celebrar aquella decisión tan
enérgica y admirable, aunque lamentaban la pérdida de un amigo tan majo, que
por añadidura era el que mejor se echaba las jotas de toda la peña.
Así que Deodato , se quitó la ropa, agarró un saco de la cuadra, le hizo
unos agujeros para pasar la cabeza y los brazos y se marchó a la Bardena, como
había dicho, y allí se tiró más de veinte años sometido a la tradicional dieta
de los eremitas, basada en yerbas del campo y agua de charca, sin otra compañía
que una calavera que se proporcionara en el cementerio de Caparroso, donde
tenía amistad con el encargado y una cruz enorme que se hizo con unas ramas de
chopo y unos juncos. La cruz le quedó algo deforme porque no era muy mañoso,
pero se apañaba con ella. El Maligno le dejó en paz durante todo aquel tiempo,
tal vez porque ni al demonio se le ocurre meterse por las Bardenas, donde el
tiempo es terrible, tanto en invierno como en verano y hay unos barrancos de
aquí te espero, que como se te vuele una perdiz por encima de uno, ya puedes
decir que se ha ido a criar y que no le metes mano en toda la mañana.
Pero a Deodato no le interesaban las perdices, tanto así que algunas se
le paseaban por delante de la cueva como Pedro por su casa, o, incluso, se
refugiaban dentro si barruntaban al zorro. Él estaba a sus yerbas y a sus
disciplinazos y a su calavera y a su disparate de cruz deforme y dejaba en paz
a las perdices, que uno cualquiera en su lugar seguro que les echa mano y se
hace unas perdices en escabeche que te mueres, o a la cazadora, que tampoco
están mal y no digamos nada si las preparas con pochas. Entonces todavía se mataba
mucha patirroja en la Bardena, y no como ahora, con tanto pesticida y tanta
mierda.
Los problemas comenzaron cuando se le apareció el ángel.
Y bien hermoso que era el ángel, con sus bucles y sus alas doradas y la
túnica estofada en oro y celeste, porque se trataba de un ángel barroco, que
había sido enviado para pedirle a Deodato que peregrinase a Santiago y así
rematase la tarea de la santidad.
-
Deodato: tienes que ir a Santiago de Compostela.
Es una ciudad muy buena que queda hacia el noroeste. Todo el mundo hace la ruta
jacobea y tú todavía no la has hecho. ¿A qué estás esperando?
-
No se me había ocurrido.
-
Pues ya va siendo hora de que se te ocurra, con
que andando.
-
¿Y si no encuentro yerbas de campo para comer
por el camino?
-
Pues vives de la caridad de las buenas gentes.
Algo te darán.
-
¿Tendrán yerbas del campo las buenas gentes?
Porque yo...
-
¡Te comes lo que te eches, y listo! ¡Venga,
arrea!
Deodato se echó al morral la calavera, cargó con la cruz que pesaba
quintal y medio y echó a andar sin pensárselo dos veces, porque le había
convencido el ángel barroco con sus palabras levemente teñidas de suave acento
gallego.
Los anacoretas suelen estar en muy buena forma; se ve que la vida al aire
libre y una alimentación horra en grasas los pone fibrosos; flacos, pero
fibrosos. Así que con cruz, calavera y todo, el buen Deodato de Funes se plantó
en una sola jornada en el valle de Salazar y se topó con un pueblo muy majo
puesto como un belén junto a un río con su puente de piedra y todo. Como venía
muerto de sed y de hambre, se echó a beber de morros en la orilla de ese río,
que era el Salazar, un afluente del Iratí, y el pueblo, Ochagavía u Otsagi,
según quién lo nombre.
Saciado que hubo la sed, el Deodato se dispuso a recoger yerbas del
campo, que por allí crecían bastantes, aunque poco apetitosas, pero de repente
se acordó de lo que le había dicho el ángel: “comerás lo que te den las buenas
gentes” y, como era un eremita muy disciplinado, optó por cruzar el puente y
llamar a la puerta de una casa frontera al río, que, mira tú por donde, resultó
ser la posada del pueblo. Como hasta Ochagavía (u Otsagi) se había propagado la
fama de santidad del santo anacoreta Deodato de Funes, las mujeres de la venta
se pusieron contentísimas cuando él les pidió humildemente:
-
¿No tendrán unas yerbas del campo, por el amor
de Dios, para un pobre peregrino?
Eso las desconcertó un poco, porque tenían truchas muy buenas, corderico
asado, costillicas, pochas con codornices, menestra, judías de Tolosa y jamón
de la matanza, pero no yerbas del campo, puesto que la gente de la comarca es
poco partidaria de comer esas porquerías y era el primer anacoreta que venía a
comer en aquella casa.
-
Bueno...yerbas, yerbas no hay, pero pase y
siéntese su reverencia que algo le apañaremos.
-
Dios se lo pague. ¿De verdad no tienen yerbas
del campo?
-
Ande, ande, siéntese ahí y aguarde un momentico.
En pocos minutos llegó el ama joven con una gran sopera de judías de
Tolosa, que era lo que más les había parecido a ellas adecuado para un santo
varón como aquel, porque las habían preparado sin nada de carne, pero bien
ricas, densas, aromáticas... ¡Cojonudas!
El ama joven era una moza de veinte años alta, gallarda y espigada
aunque, como se dice, con cada cosa en su sitio, y se inclinó ligeramente para
servir con el cazo, de modo que dejó entrever la canaleja de las tetas en un
vislumbre que el peregrino esquivó con voluntad de hierro. Lo malo fue cuando
metió la cuchara en el plato y se llevó la primera cucharada a la boca. Aquello
sabía a gloria y un suave calor se extendió por el sarmentoso cuerpo del
eremita al tiempo que le parecía como si sonase una música de ángeles por toda
la cocina.
-
¡Alabado sea el santo nombre de Jesús!
-
Por siempre sea bendito y alabado... ¿A que
están de muerte, reverencia? Yo me he comido dos platos hasta los bordes.
La moza, con los ojos bajos y las manos recogidas
sobre el regazo permanecía cerca de la gran mesa de roble. El santo anacoreta
la miró cuando ella respondía a la jaculatoria y se quedó con la cuchara
temblándole entre los dedos. Por obra de Satanás, o de las judías, que eso
nunca lo sabremos, había visto desnudos los marmóreos muslos de la chica,
blancos, magníficos...Casi se atragantó al engullir nerviosamente un nuevo
bocado. Paladeó el manjar exquisito y eso le indujo a mirar de reojillo cuando
ella se inclinaba sobre el fogón...Un culo maravilloso, firme y redondo emergía
entre los vapores de la mágica sopera; la espalda era un arco perfecto, tan
perfecto como el que describe la escalera que conduce al cielo, o al infierno.
Algo empezaba a bullir bajo el tosco sayal del peregrino, un intenso calor
subía hasta sus macilentas mejillas y metió la cabeza encima del plato entre
sudores.
-
¿No comería su reverencia otras poquicas?
Deodato de Funes no tuvo más remedio que levantar la
cabeza para rechazar el ofrecimiento y ya entonces fue el acabose: la vio
completamente desnuda, erguida frente a él con los brazos en jarras y las
piernas ligeramente separadas. Aquellos ojos negros y brillantes enmarcados en
el bucle sedoso del cabello, la garganta que conducía inexorablemente hacia la
doble redondez de unos pechos coronados por dos fresas silvestres, el vientre
firme rematado en una oscura bruma de miel, las piernas rectas y torneadas...
Deodato notó una erección furiosa que arañaba
rabiosamente la áspera superficie del sayal, saltó de la banqueta, pegó un
alarido de bestia salvaje y salió zumbando a todo lo que le daban las piernas.
El enorme y tosco crucifijo quedó apoyado en la pared como único testimonio del
paso de un santo anacoreta por la posada de Ochagavía (Otsagi).
Las buenas gentes que habían ofrecido al eremita, no
yerbas del campo, sino judías de Tolosa, nunca sabrían explicarse la extraña
conducta de su huésped, pero pusieron la cruz de ramas de chopo en la iglesia a
manera de exvoto. Cuando los hombres llegaron del campo y les fue relatada la
singular anécdota, comentaron lacónicamente:
-
Es que los santos son raros de la hostia, oye.
Y se sentaron a cenar sus patatas con sebo, que es
una comida algo peculiar, pero está rica si te acostumbras a ella.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












