Gastropedia 3
Ya lo decía Juan Jacobo Rousseau, que filósofos más importantes que él, puede
que los hubiera, pero que esos filósofos tenían la filosofía como algo ajeno a
sus propias personas, vamos, que no estaban encariñados con su filosofía y lo
mismo se podrían haber dedicado a filosofar que a fabricar faroles de chapa o a
vender gallinas; él, en cambio, la filosofía se la sacaba del pellejo y por eso
nunca tenía un cuarto y menos mal que a algunas señoras, como Mme. de Warens y
Mme. Dupin, les caía en gracia, que si no, la filosofía le hubiera matado de
hambre o le hubiera costado aún más disgustos que le costó. Jean Marie Arouet
(Voltaire) se tomaba a coña estas desazones del verdadero filósofo Juan Jacobo,
pero eso era a causa de su natural frívolo y libertino, prueba de ello es que
se ponía de mote, “Voltaire”, como si fuera un torero o una cupletista, que
igual se podía haber puesto “Bombita” o “Machaquito II” o “La bella Otero”.
Lo que no sabía Voltaire es que su oponente filosófico y literario,
gracias al cultivo de una vida sencilla, independiente y natural, no sólo se
había convertido en precursor del Romanticismo, sino que además había criado
una polla el doble de lo normal siempre a punto de erección, cualidad que le
granjeó la protección de todas aquellas señoras tan finas. Pero nada de chuleo,
porque él cumplía, pero sin pedir a cambio más que una techo bajo el que
cobijarse y un pedazo de pan. Si no, a ver cómo iba a filosofar ni cómo iba a
hacer ninguna obra de verdadera trascendencia histórica.
Construir una filosofía a partir de la experiencia personal también es
cuestión de suerte, porque depende mucho de si te pasan cosas interesantes que
den para filosofar o no. El caso es que Juan Jacobo Rousseau, tan desafortunado
para otros asuntos y tan paranoico a consecuencia de ello, tuvo la fortuna de topar con El Buen Salvaje
en pleno trajín del mercado de Les Halles una mañana de junio de 1754 y eso le
dio pie para montarse toda la teoría al respecto que tanta fortuna hizo en años
posteriores y hasta la fecha, pasando por John Lenon y su novia la japonesa
chiflada.
El buen salvaje se llamaba Gastón N’Memba y era negro mandingo. Estaba en
Paris por razones laborales, ya que trabajaba de esclavo en el mercado de
verduras, donde su fama de honrado y trabajador era proverbial. Sus años de
permanencia en el corrupto mundo civilizado apenas sí habían mancillado la
pureza de su corazón y mantenía incólume su conducta natural, próxima a la
inocencia. De hecho, cuando se lo encontró el filósofo ginebrino estaba
orinando tranquilamente sobre un montón de repollos, porque le habían entrado las
ganas justo allí y no tenía costumbre de aguantarse para acabar enfermo de la
próstata, como hubiera hecho un pervertido enciclopedista.
Juan Jacobo, excitadísimo con el hallazgo, se llevó al Buen Salvaje a
casa de Mme. de Warens y le dijo a la cocinera que les sirviesen el desayuno
inmediatamente y que le preguntasen a Gastón N’Memba qué le gustaba para
desayunar, mientras él corría alborozado a comunicarle la venturosa nueva a la
señorita. Gastón N’Memba sonrió y se encogió de hombros, porque él desayunaba
cualquier cosa habitualmente, y porque su total carencia de sofisticación le
impedía pedir la carta, así que la cocinera optó por freirle unos huevos, que
es un alimento sencillo, pero nutritivo y que gusta a casi todo el mundo.
Juan Jacobo se retrasó un poco, dado que Mme. de Warens le había rogado
encarecidamente que se lo contase en la cama antes de que se produjese la
habitual llegada del peluquero y la manicura, porque luego ya con la peluca y
el miriñaque lo de echar un polvo se iba a poner más complicado. Por eso,
aunque el filósofo de la naturaleza y los sentimientos alivió de forma
expeditiva, tardó más o menos diez minutos en bajar al comedor.
Allí se encontró al Buen Salvaje con la servilleta anudada al cuello y
mojando pan en los huevos fritos con la mayor naturalidad del mundo y sin
preocuparse de la etiqueta, verdadera lacra de aquella decadente sociedad.
-
¡Me comería una docena!
El Buen Salvaje hizo aquel
comentario con una naturalidad pasmosa, lo que encantó a Juan Jacobo y le
incitó a ordenar otra ración de huevos fritos a la cocina y así hasta que
Gastón N’Memba decidiese que ya estaba bien saciado. Como los hombres criados
según los principios inmutables de la ley natural saben perfectamente que al
cuerpo no hay que darle más que lo necesario para nutrirlo adecuadamente, El
Buen Salvaje dijo que ya no quería más raciones de huevos fritos a la tercera o
cuarta comanda; luego eructó y se fue a echar la siesta encima de una alfombra
persa regalo de uno de los amantes de Mme. de Warens. Ni que decir tiene, que
Juan Jacobo Rousseau lloraba de emoción
en aquellos momentos sublimes y hasta tenía torcido el peluquín, porque gastaba
peluquín como concesión menor a las costumbres de la corte de Francia.
Los días siguientes fueron intensamente emocionantes y productivos para
Juan Jacobo, quien no se cansaba de admirar la espontaneidad de conducta que
observaba el Buen Salvaje don Gastón N’Memba, quien desayunaba sus seis o siete
huevos fritos con una puntualidad rigurosísima y dormía sus siestas con idéntica
regularidad. No olvidemos que Juan Jacobo era hijo de relojero y le gustaba que
los salvajes fueran puntuales dentro de su naturalidad e insouciance, palabra de difícil traducción al
español, porque “galvana” no parece término propio ni adecuado.
Gaston N’Memba intentó cazar monos en el jardín de Mme. de Warens con un
arco y unas flechas que le fabricó su anfitrión con unas varas de los fresnos
que crecían junto al estanque de las ninfas, porque Juan Jacobo quería
comprobar si un Buen Salvaje sería capaz o no de reintegrarse a la naturaleza o
ya era demasiado tarde. Cuando el primitivo y excelente individuo se levantaba
de la siesta, era invitado a ponerse en pelota y salir al parque a cazar monos
durante una hora o dos, pero siempre fracasaba porque en un jardín francés no
suele haber monos como en la selva y porque, encima, tenía muy mala puntería.
-
Señora, con su permiso el cabrón del negro ya se
ha vuelto a cargar otra ventana de un flechazo, así que a ver si le dice algo
al señorito Juan Jacobo, porque vamos...
El mayordomo de Mme. de
Warens era un alsaciano poco cultivado y por eso no comprendía la trascendencia
de aquel fructífero experimento filosófico, así que Mme. de Warens no le hacía
ni caso, porque si su querido tenía un capricho tan tonto, daba por bien
empleados unos cuantos cristales a cambio de su cariño, comprensión y compañía.
Durante las dos o tres
semanas que duró la estancia de Gastón N’Memba, El Buen Salvaje, en la mansión
De Warens, nunca puso pegas ni opuso resistencia a las propuestas de Juan
Jacobo, mostrándose, por el contrario, amistoso y dócil sobremanera. De este
modo, el pensador ginebrino pudo incorporar a su filosofía todo un acerbo de
conocimientos que más tarde reflejaría en obras de enorme interés y
trascendencia.
Pero un buen día le dijo a
su anfitrión que ya era llegada la hora de que él retornase a sus obligaciones
en el mercado, ya que su propietario le estaría echando de menos a la hora de
descargar los melones y otras hortalizas, pero que, si le parecía bien a Juan
Jacobo y a la propietaria del inmueble, pasaría por allí de vez en cuando a
desayunarse unos huevos fritos y a ver cómo estaban.
Juan Jacobo Rousseau
accedió con benevolencia, ya que prácticamente había conseguido recopilar toda
la información necesaria. En cuanto a Mme. de Warens, había empezado a cansarse
un poco de llamar al cristalero casi diariamente y de multiplicar la compra de
huevos frescos por cinco o por seis, así que tampoco puso pegas.
Con que el Buen Salvaje,
Gastón N’Memba, se volvió al mercado de Les Halles , donde fue acogido por
todos sus conocidos con gran alegría. Nunca llegó a conocer su decisiva
contribución al desarrollo de las teorías roussonianas sobre el hombre y la
naturaleza, cosa que, por otra parte, le hubiera importado un cojón.
