miércoles, 28 de febrero de 2018

EL BUEN SALVAJE DESAYUNA HUEVOS FRITOS CON JUAN JACOBO


Gastropedia 3
EL BUEN SALVAJE DESAYUNA HUEVOS FRITOS CON JUAN JACOBO

Ya lo decía Juan Jacobo Rousseau, que filósofos más importantes que él, puede que los hubiera, pero que esos filósofos tenían la filosofía como algo ajeno a sus propias personas, vamos, que no estaban encariñados con su filosofía y lo mismo se podrían haber dedicado a filosofar que a fabricar faroles de chapa o a vender gallinas; él, en cambio, la filosofía se la sacaba del pellejo y por eso nunca tenía un cuarto y menos mal que a algunas señoras, como Mme. de Warens y Mme. Dupin, les caía en gracia, que si no, la filosofía le hubiera matado de hambre o le hubiera costado aún más disgustos que le costó. Jean Marie Arouet (Voltaire) se tomaba a coña estas desazones del verdadero filósofo Juan Jacobo, pero eso era a causa de su natural frívolo y libertino, prueba de ello es que se ponía de mote, “Voltaire”, como si fuera un torero o una cupletista, que igual se podía haber puesto “Bombita” o “Machaquito II” o “La bella Otero”.
Lo que no sabía Voltaire es que su oponente filosófico y literario, gracias al cultivo de una vida sencilla, independiente y natural, no sólo se había convertido en precursor del Romanticismo, sino que además había criado una polla el doble de lo normal siempre a punto de erección, cualidad que le granjeó la protección de todas aquellas señoras tan finas. Pero nada de chuleo, porque él cumplía, pero sin pedir a cambio más que una techo bajo el que cobijarse y un pedazo de pan. Si no, a ver cómo iba a filosofar ni cómo iba a hacer ninguna obra de verdadera trascendencia histórica.
Construir una filosofía a partir de la experiencia personal también es cuestión de suerte, porque depende mucho de si te pasan cosas interesantes que den para filosofar o no. El caso es que Juan Jacobo Rousseau, tan desafortunado para otros asuntos y tan paranoico a consecuencia de ello,  tuvo la fortuna de topar con El Buen Salvaje en pleno trajín del mercado de Les Halles una mañana de junio de 1754 y eso le dio pie para montarse toda la teoría al respecto que tanta fortuna hizo en años posteriores y hasta la fecha, pasando por John Lenon y su novia la japonesa chiflada.
El buen salvaje se llamaba Gastón N’Memba y era negro mandingo. Estaba en Paris por razones laborales, ya que trabajaba de esclavo en el mercado de verduras, donde su fama de honrado y trabajador era proverbial. Sus años de permanencia en el corrupto mundo civilizado apenas sí habían mancillado la pureza de su corazón y mantenía incólume su conducta natural, próxima a la inocencia. De hecho, cuando se lo encontró el filósofo ginebrino estaba orinando tranquilamente sobre un montón de repollos, porque le habían entrado las ganas justo allí y no tenía costumbre de aguantarse para acabar enfermo de la próstata, como hubiera hecho un pervertido enciclopedista.
Juan Jacobo, excitadísimo con el hallazgo, se llevó al Buen Salvaje a casa de Mme. de Warens y le dijo a la cocinera que les sirviesen el desayuno inmediatamente y que le preguntasen a Gastón N’Memba qué le gustaba para desayunar, mientras él corría alborozado a comunicarle la venturosa nueva a la señorita. Gastón N’Memba sonrió y se encogió de hombros, porque él desayunaba cualquier cosa habitualmente, y porque su total carencia de sofisticación le impedía pedir la carta, así que la cocinera optó por freirle unos huevos, que es un alimento sencillo, pero nutritivo y que gusta a casi todo el mundo.
Juan Jacobo se retrasó un poco, dado que Mme. de Warens le había rogado encarecidamente que se lo contase en la cama antes de que se produjese la habitual llegada del peluquero y la manicura, porque luego ya con la peluca y el miriñaque lo de echar un polvo se iba a poner más complicado. Por eso, aunque el filósofo de la naturaleza y los sentimientos alivió de forma expeditiva, tardó más o menos diez minutos en bajar al comedor.
Allí se encontró al Buen Salvaje con la servilleta anudada al cuello y mojando pan en los huevos fritos con la mayor naturalidad del mundo y sin preocuparse de la etiqueta, verdadera lacra de aquella decadente sociedad.
-          ¡Me comería una docena!
El Buen Salvaje hizo aquel comentario con una naturalidad pasmosa, lo que encantó a Juan Jacobo y le incitó a ordenar otra ración de huevos fritos a la cocina y así hasta que Gastón N’Memba decidiese que ya estaba bien saciado. Como los hombres criados según los principios inmutables de la ley natural saben perfectamente que al cuerpo no hay que darle más que lo necesario para nutrirlo adecuadamente, El Buen Salvaje dijo que ya no quería más raciones de huevos fritos a la tercera o cuarta comanda; luego eructó y se fue a echar la siesta encima de una alfombra persa regalo de uno de los amantes de Mme. de Warens. Ni que decir tiene, que Juan Jacobo Rousseau  lloraba de emoción en aquellos momentos sublimes y hasta tenía torcido el peluquín, porque gastaba peluquín como concesión menor a las costumbres de la corte de Francia.
Los días siguientes fueron intensamente emocionantes y productivos para Juan Jacobo, quien no se cansaba de admirar la espontaneidad de conducta que observaba el Buen Salvaje don Gastón N’Memba, quien desayunaba sus seis o siete huevos fritos con una puntualidad rigurosísima y dormía sus siestas con idéntica regularidad. No olvidemos que Juan Jacobo era hijo de relojero y le gustaba que los salvajes fueran puntuales dentro de su naturalidad e  insouciance, palabra de difícil traducción al español, porque “galvana” no parece término propio ni adecuado.
Gaston N’Memba intentó cazar monos en el jardín de Mme. de Warens con un arco y unas flechas que le fabricó su anfitrión con unas varas de los fresnos que crecían junto al estanque de las ninfas, porque Juan Jacobo quería comprobar si un Buen Salvaje sería capaz o no de reintegrarse a la naturaleza o ya era demasiado tarde. Cuando el primitivo y excelente individuo se levantaba de la siesta, era invitado a ponerse en pelota y salir al parque a cazar monos durante una hora o dos, pero siempre fracasaba porque en un jardín francés no suele haber monos como en la selva y porque, encima, tenía muy mala puntería.
-          Señora, con su permiso el cabrón del negro ya se ha vuelto a cargar otra ventana de un flechazo, así que a ver si le dice algo al señorito Juan Jacobo, porque vamos...
El mayordomo de Mme. de Warens era un alsaciano poco cultivado y por eso no comprendía la trascendencia de aquel fructífero experimento filosófico, así que Mme. de Warens no le hacía ni caso, porque si su querido tenía un capricho tan tonto, daba por bien empleados unos cuantos cristales a cambio de su cariño, comprensión y compañía.
Durante las dos o tres semanas que duró la estancia de Gastón N’Memba, El Buen Salvaje, en la mansión De Warens, nunca puso pegas ni opuso resistencia a las propuestas de Juan Jacobo, mostrándose, por el contrario, amistoso y dócil sobremanera. De este modo, el pensador ginebrino pudo incorporar a su filosofía todo un acerbo de conocimientos que más tarde reflejaría en obras de enorme interés y trascendencia.
Pero un buen día le dijo a su anfitrión que ya era llegada la hora de que él retornase a sus obligaciones en el mercado, ya que su propietario le estaría echando de menos a la hora de descargar los melones y otras hortalizas, pero que, si le parecía bien a Juan Jacobo y a la propietaria del inmueble, pasaría por allí de vez en cuando a desayunarse unos huevos fritos y a ver cómo estaban.
Juan Jacobo Rousseau accedió con benevolencia, ya que prácticamente había conseguido recopilar toda la información necesaria. En cuanto a Mme. de Warens, había empezado a cansarse un poco de llamar al cristalero casi diariamente y de multiplicar la compra de huevos frescos por cinco o por seis, así que tampoco puso pegas.
Con que el Buen Salvaje, Gastón N’Memba, se volvió al mercado de Les Halles , donde fue acogido por todos sus conocidos con gran alegría. Nunca llegó a conocer su decisiva contribución al desarrollo de las teorías roussonianas sobre el hombre y la naturaleza, cosa que, por otra parte, le hubiera importado un cojón.

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