lunes, 19 de marzo de 2018

UNOS CELTAS AVISPADOS

Es cierto que los romanos del Bajo Imperio andaban algo perezosos y relajados. Nada tenían que ver con los sufridos y peleones legionarios de Julio César, aquellos de la Legio X, que arremetían contra una horda de galos, estando sólo alimentados con la “salsa mola” (gachas de harina salada) y, claro está, con el consabido ardor guerrero. En descargo de estos decadentes soldados, es preciso recordar que los mismísimos mílites a las órdenes de P. Craso y Q. Sertorio habían llevado alguna que otra mano de hostias a cargo de los gallegos de le época, con que algo habría llegado a los oídos de los novatos, porque andaban con la mosca detrás de la oreja. De esta falta de espíritu militar era bien consciente el servicio de información celta, que andaba de los castros a las pulperías pegando bien el oído y tomando nota de todo. Ya los ancestros de estas tribus indígenas, previsores que eran, habían encargado construir sus ciudades, y, en especial la que posteriormente fuera Burbida Magana, hoy Vigo, a unos druidas muy sabios y mágicos, que idearon cuestas que sólo eran cuestas arriba. No había allí ni una sola cuesta abajo. Cuando algún imbécil de tribuno o pretor, aún no teniéndolas todas consigo, ordenaba a sus indolentes legiones que atacasen los castros y ciudades célticas (Vigo en particular), cualquier decurión chusquero insolente le soltaba con desparpajo que aquellos endiablados desniveles los podía ir salvando la puñetera madre del tribuno o pretor; máxime si el escalador en ciernes era recibido a pedrada limpia por los bárbaros residentes, bien alimentados a base de unto de vaca y grelos. Así se explica que la romanización de Vigo y poblaciones aledañas fuera menos que deficiente, casi imperceptible a fecha de hoy.

domingo, 18 de marzo de 2018

TAPAS Y TAPONES

La mayor parte de los visitantes de Vigo tiene cara de hambre, vamos, que se les ve famélicos, desnutridos. Por eso el tabernero vigués, que es persona caritativa y misericordiosa, sufre y se apiada de aquella pobre gente. Así que, si el infeliz muerto de hambre solicita una simple caña, incluso un agua mineral sin gas, el filantrópico tabernero se la sirve acompañada de cuarto de chorizo, media tortilla de patata, una docena de canapés variados y la cosecha de aceitunas de todo el año. El ahíto viajero se aleja ya gordito y coloradote, mientras el buen hostelero, hondamente conmovido, enjuga una furtiva lágrima de pura emoción. ¡Buen samaritano, sí señor, para que luego digan!

sábado, 17 de marzo de 2018

Mixtificaciones galaicas incipit

Hoy comienzo con la serie "mixtificaciones galaicas", fruto de un retorno fugaz a Galicia, alma mater. Son historietas muy breves. TAXI AVENTURA
La mayor parte de los taxistas de Vigo fueron en su día pilotos de fórmula uno, pero no añoran su anterior profesión, porque la abandonaron voluntariamente para pasarse a los rallyes más peligrosos del mundo. Posteriormente comprobaron que aquello era un juego de niños, comparado con la conducción urbana al volante de un vehículo convencional de servicio público. ¡Aquello sí que era emocionante y arriesgado! No todos habían sido pilotos profesionales, pues se cuenta que parte de ellos eran terroristas más o menos arrepentidos, pero no del todo. Éstos gustan de sembrar el pánico entre sus pasajeros, pero por medios no cruentos, ya que el cliente, a lo máximo, sufre alguna que otra secuela psicológica, tras haberse desplazado a bordo del taxi con las gónadas a modo de corbata. Hay un rumor, seguramente injustificado, que afirma que el gremio vigués del taxi ha llegado a un acuerdo con el colegio de cardiólogos local, acuerdo al parecer sumamente ventajoso en términos económicos para ambas partes.

martes, 13 de marzo de 2018

CARACOLES ASTRALES

Gastropedia 12 (y último). mañana cambiamos de etiqueta



El dominio de la peluquería y la cosmética no es una cosa de ayer por la mañana. A veces pensamos que el cuidado del cabello y de la piel es un arte moderno y propio de la cultura del ocio, que por lo visto es la nuestra, aunque hay que echarle mucho optimismo para creérselo. No es cierto: los antiguos habitantes de la Mesopotamia poseían conocimientos de altísimo nivel sobre estas disciplinas tan apasionantes y sofisticadas, y no hay más que darse una vuelta por cualquier museo arqueológico para comprobarlo. También se puede consultar bibliografía, pero es más fatigoso y menos entretenido.
Los reyes asirios, por ejemplo, incluso los del primer imperio con todo lo bestias que eran, cuidaban meticulosamente sus barbas y cabelleras. Samsi-Adat I, allá por el año 1800 a.C., estuvo a punto de llegar con retraso a varias batallas importantes por tener hora en la peluquería. A Samsi-Adat I no le gustaba presentarles batalla a los hititas con los pelos hechos un estropajo para que luego fueran por ahí criticándole: “nos ha ganado la batalla, pero desde luego iba arreglado de cualquier manera.”
Respecto al cuidado de las pieles, los antiguos asirios habían llegado a unos niveles de sofisticación nunca vistos en futuras generaciones. Particularmente sabían tratar con esmero las pieles de sus enemigos, a los que desollaban vivos con perfección inigualable y sin estropear la pelleja en la operación. Luego exhibían con orgullo estas notables muestras de la artesanía local sobre las murallas de sus ciudades para admiración de los turistas. Es una lástima que se hayan perdido las técnicas de despellejamiento y conservación inventadas por este pueblo admirable, porque los imbéciles de escribas, que producían tablillas y más tablillas cargadas de datos sobre asuntos de escasa relevancia, no se molestaron en elaborar un pequeño manual acerca de la obtención y preparación de la piel humana decorativa.
Sobre los cuidados capilares sólo hay una tabla de arcilla muy deteriorada y demasiado reciente para el gusto de los asiriólogos, a los que cualquier reliquia posterior al 900 a.C. les parece una ridiculez. Esa tablilla es del imperio nuevo y trata de la barba de Teglatfalasar III, una verdadera obra de arte como las barbas de todos sus antepasados y sucesores. Pese a lo que opinen los rancios especialistas en la materia, en doce siglos de imperio algo habrían mejorado las barbas y las tablillas; sería una incoherencia pensar que Teglatfalasar I (el abuelo de Teglatfalasar III) fuese un rey más importante sencillamente porque era más antiguo y siempre andaba a caballo. De hecho, la única tablilla que se preocupa directamente de la barba del rey es debida a un escriba anónimo de la corte de Teglatfalasar III, sucesor de Teglatfalasar II. Esto de que los escribas no firmasen sus obras puede deberse a que les iba a dar lo mismo firmarlas o no, porque parece probado que los derechos de autor y las liquidaciones de los editores dejaban mucho que desear en aquella época. Respecto a la obstinación en ponerles el mismo nombre: Teglatfalasar a todos los reyes, se supone que es un mal endémico en las monarquías desde entonces hasta la fecha.
Teglatfalasar III tuvo gran cantidad de problemas con sus vecinos, como la mayor parte de los reyes asirios. Sus vecinos eran muy impertinentes y no dejaban de incomodarle, cosa que suele suceder en casi todas las comunidades, incluso en nuestros días, con la diferencia de que si a un monarca asirio le molestaban los vecinos disponía del recurso, hoy no tan practicable, de echarles el guante, hacerlos despellejar meticulosamente y exhibir el producto en las murallas de Nínive. En la actualidad a ningún presidente de una comunidad de vecinos le está permitido desollar vivos a los miembros de la comunidad, por muy antipáticos que se pongan. Sin embargo, las dificultades más serias que hubo de afrontar este rey fueron debidas a su barba, como cuenta muy detalladamente la “Tablilla de la barba del rey Teglatfalasar III”, afortunadamente transcrita antes de que un chorizo de arqueólogo inglés se la llevara a su casa y un golfo de sobrino suyo se la vendiese a un millonario de Arizona, que la tiene de adorno junto a una cabeza de alce disecada.
La famosa “tablilla de la barba” relata cómo un buen día la magnífica barba de Teglatfalasar III comenzó a perder los rizos y a ponerse lacia. Al principio el rey y su familia pensaron que era cosa de la extrema sequedad de aquella estación y que se le pasaría enseguida, pero no fue así, y todos comenzaron a alarmarse. Los peluqueros y peluqueras de palacio estuvieron horas y horas intentando rizar la barba de Teglatfalasar, pero fue en vano. Llegaban por la mañana al salón-peluquería real, sacaban los infiernillos y las pinzas de rizar, encendían el fuego con huesos de aceituna para obtener la brasa adecuada y preparaban los aceites de distintas sustancias: aceite de hojas de acanto (eficacísimo), aceite de sésamo (muy aromático), aceite de hígado de bacalao (nutritivo), aceite de cinamomo (original y sorprendente), aceite de anémona marina (el colmo) y grasa de ciervo (especialmente pringosa). El rey llegaba con la barba hecha unos zorros y todos se aplicaban a la faena, pero cuando ya pensaban que el cliente estaba arreglado, la dichosa barba volvía a desrizarse y presentaba de nuevo la apariencia de un asqueroso montón de estopa chorreando grasa. Teglatfalasar III pedía que le pasaran el espejo, se miraba un momento, montaba en cólera y mandaba desollar a los peluqueros y contratar otros nuevos. Pasaban los desolladores y por lo menos el infeliz monarca se entretenía un rato presenciando la operación y aplaudiendo los momentos más complicados de la faena, pero muy pronto se sumía de nuevo en la melancolía más profunda hasta la mañana siguiente.
Y como es proverbial que las paredes tienen oídos y en palacio mucho más, la noticia trascendió a la calle y el populacho comenzó a desmandarse y a meter la pata. ¿Quién iba a respetar la autoridad de un rey con una asquerosa barba lacia? La gente se tomaba a cachondeo la autoridad real y les pintaban bigotes con corcho quemado a los escribas y a los leones alados de seis patas sin el más mínimo pudor. Lo peor fue cuando se enteraron los cimerios, hasta el momento relativamente tranquilos en sus fronteras por amor a las propias pellejas. Los cimerios eran un pueblo bárbaro que ni siquiera había descubierto el nombre propio, así que comentaban entre ellos:
-          Oye, tú, cimerio: ¿te has enterado de lo de la barba del hijoputa del rey de Asiria?
-          ¡Vaya que sí, cimerio! Ahora podemos aprovecharnos, tú.
-          Tú, cimerio, ¿y ya no podrá despellejarnos?
-          ¡Qué va, cimerio! ¿Cómo va a despellejarnos un tío con semejante barba, tú?
Los descendientes de los cimerios, que son los rusos actuales se resarcirían siglos más tarde inventando nombres propios larguísimos, como Pantileimon Prokofievich  Otzupof para liar a las personas de otras nacionalidades.
Pero, a lo que íbamos: los conflictos internos y fronterizos se agudizaban día tras día y, como la gente se acuerda de Santa Bárbara cuando truena, se pensó en escrutar los astros por si ellos aclaraban qué se debía hacer en aquellas aflictivas circunstancias. El problema estaba en que los reyes asirios son reyes-sacerdotes, como los tres célebres reyes magos Melchor, Gaspar y Baltasar, de modo que quien se hubiera tenido que encaramar al zigurat para realizar las consultas pertinentes, hubiera sido el propio Teglatfalasar III. Pero éste no se atrevía a salir a la calle con aquella facha de barba, así que mucho menos iba a trepar hasta lo alto del zigurat para que le viera todo el pueblo y el ejército y comenzase de nuevo la rechifla. Fue, entonces, preciso recurrir a una especie de monaguillos o sacerdotes subalternos para que se ocupasen del complicado asunto de la barba poniéndose en contacto con los astros.
Ellos no estaban de acuerdo, se mostraban renuentes porque no les hacía maldita la gracia que un eventual fracaso en sus predicciones les condujese directamente a las expertas manos de los desolladores; pero cuando les informaron de que en caso de rehusar la tarea encomendada, las afiladas cuchillas de despellejar se pondrían en funcionamiento sin mayor dilación, optaron por trepar a la torre saltando los escalones de dos en dos y se pusieron a la faena de inmediato.
Cuatro o cinco noches más tarde, equivalentes a unas sesenta pieles de peluquero fracasado, los machacas del rey sacerdote Teglatfalasar III bajaron del zigurat excitadísimos, pidieron unas cervezas para humedecer las gargantas, resecas por la emoción, y proclamaron:
-          ¡Caracoles! ¡Hay que darle caracoles!
-          ¿Pero que idiotez estáis diciendo? ¡Que vengan los desolladores!
-          ¡Que no, que es en serio, que lo han dicho los astros bien clarito! ¡Hay que darle caracoles al rey!
-          ¡Es verdad! ¡Palabra de honor! ¡Caracoles, caracoles picantes!
-          Vale, vale, pero como no funcione, ya sabéis...
El jefe de la guardia miraba de reojo a los desolladores, que merodeaban por allí manoseando sus cuchillas distraídamente.
En resumen, que todo el pueblo, incluidos los escribas, la guardia y los sacerdotes subalternos, se esparció por los campos en busca de caracoles y que no quedó sin explorar una sola mata en seis leguas a la redonda, de forma tal que al atardecer toda la explanada de palacio estaba llena de cestas de cabrillas, muy abundantes en aquella estación gracias a lo saludable de un ecosistema aún no contaminado por la industria de los hidrocarburos. Los cocineros de palacio pusieron manos a la obra y en poco tiempo bullían sobre sus fogones no menos de treinta cazuelillas de caracoles sazonados con abundante guindilla y ajo que olían a gloria bendita. Y si alguien se pregunta por qué no los habían purgado convenientemente, diremos que porque había prisa y porque lo de purgar los caracoles lo inventaron los occitanos siglos más tarde y porque los reyes asirios no eran tan melindrosos como los ingleses, que no comen caracoles purgados ni sin purgar porque les dan asco. ¡Pero cómo les pueden dar asco los caracoles, si luego se comen las porquerías que se comen!
Teglatfalasar III ya estaba preparado y puesto a la mesa con una gran servilleta de cuadros anudada al cuello y su corcho con alfileritos clavados al lado de la barra del pan y con su buena botella de vino recién descorchada. Naturalmente no tenía pinza de caracoles, que es una horterada francesa impropia del buen gusto de un rey caldeo, así que en cuanto le pusieron por delante la primera cazuela arremetió a ella con los dedos y comenzó a comer caracoles sin parar, ya que por fortuna le gustaban mucho, si estaban bien cocinados. En las salas de palacio los cortesanos y en la explanada el humilde pueblo contaban los sorbetones y los coreaba apasionadamente:
-          ¡Uno, dos, tres, cuatro....veintisiete, veintiocho...ciento dos!
Y es que el animal del rey se atizó de una sentada ocho cazuelas de caracoles picantes, se comió toda la barra de pan y no dejó ni una gota en la botella de vino. Pero mereció la pena, puesto que ya desde la quinta cazuela la barba había comenzado a rizarse, y a la séptima se derramaba en suntuosos bucles sobre la manchada servilleta. Eso le puso muy contento y eructó con sonoridad tras limpiarse los dedos, desafiante, en los recuperados tirabuzones de su magnífica barba rizada.
Muy grande fue el júbilo en Nínive y el gran Teglatfalasar III ordenó grandes festejos para celebrar acontecimento tan señero, entre los cuales no fue el menor el empalamiento y desuello de cien cimerios escogidos entre los más gordos y lustrosos.
Todas estas cosas fueron cuidadosamente recogidas y anotadas por el escriba anónimo autor de la “Tablilla de la barba del rey”, hoy inaccesible a los estudiosos y eruditos por hallarse expuesta en plan souvenir en un rancho de Nevada junto a la cabeza de alce disecada, hecho francamente absurdo si se considera que el propietario del rancho no sabe leer escritura cuneiforme y muy a duras penas lee los catálogos de televenta que le llegan por correo.

lunes, 12 de marzo de 2018

¡SANGRE!

Gastropedia 11


El siglo pasado la gente tenía muchísimo tiempo. Es decir, la gente de la burguesía, que eran quienes mandaban por aquel entonces, tenía muchísimo tiempo. En realidad podríamos referirnos a la burguesía antes de la guerra del 1914 a 1918, cuando ya comenzó a torcerse el carro con la proletarización de todas las cosas.
Los mineros y las obreras del textil no tenían tiempo más que para arruinarse la salud trabajando como animales y, a lo sumo, agarrando alguna borrachera a base de alcoholes baratos. Sin embargo los señoritos tenían tiempo para todo, incluso si pertenecían a la mesocracia y no a la burguesía propiamente dicha. No hay más que ver la cantidad de banquetes que organizaban y los menús de esos banquetes, cuya publicación en las gacetas fue uno de los principales detonantes de la lucha de clases en sus formas más virulentas.
Si yo soy un albañil corriente alimentado de patatas con bacalao frías a pie de obra, no miraré con muy buenos ojos a personas que asisten a un banquete con obispo y todo en el que se sirven no menos de cinco platos: entremeses variados, timbal de langostinos, vichysoisse, langosta thermidor,  popietas de solomillo de buey al armañac, pollo trufado maître d’hotel, liègeoise, nueces confitadas en flambé de moka...Lo de la famélica legión no se les ocurrió a los proletarios en plan metáfora, ni muchísimo menos. También es que los proletarios no se hacían cargo de que en una de esas comilonas había que chuparse un montón de discursos, pero este hecho sólo viene a redundar en la tesis principal: los burgueses tenían muchísimo tiempo, porque entre ponerse morados de pato a la naranja y oir a dos académicos, un diputado, el obispo de marras y algún orador más, el banquete podía ponerse tranquilamente en las cuatro o cinco horas.
Por ese motivo las novelas de aquella época son enormemente gordas, porque las señoras de los asistentes a los banquetes necesitaban matar muchísimo tiempo. Ellos no leían gran cosa, a causa de unas digestiones verdaderamente infernales, pero ellas sí, ellas leían bastante. La novela “Drácula” del irlandés Bram Stoker fue publicada 1897 y era una novela gótica, género extraordinariamente retórico que estaba de moda por aquellos años. El bueno de Stoker se vió obligado a escribir muchas más páginas de las necesarias para poder vender su libro y así comprar patatas. El público burgués aficionado a las estúpidas novelas góticas hubiera rechazado cualquier cosa que no fuera un auténtico mamotreto y Bram Stoker no hubiera podido comer patatas.
Indudablemente su relato es excesivamente cargado por esas razones y en la actualidad podía haber sido resuelto con más agilidad y menos rollo.
Partamos de la situación, que no es mala en sí y tiene aprovechamiento literario: Jonathan Harker, efectivamente, llega engatusado por el conde Drácula al famoso castillo Transilvano. Él es un agente inmobiliario normal que quiere hacer su negocio sacándole las entrañas al cliente, como haría cualquier agente inmobiliario normal; Drácula es un vampiro normal que lo que quiere es alimentarse de sangre por las noches; de hecho ya se ha nutrido con sangre de chicas jóvenes. Ésta es la parte más morbosa de la historia, ya que la mayor parte de los vampiros literarios manifiesta una marcada preferencia por las jovencitas, lo cual es una suerte para el escritor, que sabe de sobra que sin una pizca de sexo no vale la pena querer colocar sus novelas. Sin embargo, el conde vampírico tampoco le hace ascos al juvenil pescuezo de su huésped, momento delicado de la obra, ya que muestra una cierta faceta bisexual en Drácula, que aparece sublimada a través de sus hábitos alimenticios. Hasta ahí, de acuerdo.
Sin embargo el exceso de páginas demandadas obligó a Stoker a programar un viaje de Drácula a través de Europa que realmente resulta innecesario. Una mayor economía verbal aconsejaría no cambiar de escenario la situación y dejar que la cosa suceda siempre en el propio castillo de Drácula, lo que, por añadidura, abarataría los costes de una posible versión cinematográfica.
Por otra parte, iniciaremos el relato ex –abrupto, eliminando todos los molestos preámbulos y comenzando cuando Harker ya ha llegado al castillo del conde y va a sentarse a la mesa del comedor invitado por éste. Sabemos que Drácula no tiene una gran despensa, a causa de su singular régimen de comidas, de forma tal que farfulla algunas excusas ante su invitado:
-          Bueno, el caso es que es sábado y la cocinera tiene la tarde libre...¡Qué compromiso tan desagradable!... Le presento mis excusas, amigo. Vamos a ver si hay algo frío en la alacena...En fin, usted sabrá disculparme.
Jonathan Harker es un hombre práctico, un hombre de negocios y un empleado eficiente y previsor.
-          Permítame.
Dice.
-          Permítame.
Y entonces echa mano de su maletín donde ha prevenido algo de merienda para el camino, por si la alimentación rumana no prueba a su estómago acostumbrado a un horario y a un determinado tipo de comida, y ha hecho muy bien, porque la comida rumana es fuerte y contiene grandes cantidades de pimentón y ajo. Además, como en aquel entonces la Transilvania pertenecía al imperio austrohúngaro era casi obligado comer páprika a diario, con el evidente riesgo de diarreas provocadas por la mezcla de pimentón picante y nata ( a quién se le ocurre).
Pues bien, sin ánimo de enmendarle la plana a Stoker, el agente inmobiliario saca de su maletín una libra de pan y unas morcillas. ¿Qué por qué tenía morcillas Jonathan Archer? Pues muy sencillo, porque le gustaban mucho las morcillas y enriquecía la dieta normal a base de patatas con unas morcillas. Precisamente llevaba algunas en su maletín y las pone encima de la mesa perfectamente conservadas gracias a las bajas temperaturas reinantes en el invierno centroeuropeo.
-          ¡Caramba, amigo! Sí que trae usted unas salchichas de extraña apariencia.
Dice el Conde Drácula.
-          No son salchichas, señor. Se parecen a las salchichas, pero esta semejanza sólo es formal. Se trata de productos de charcutería, señor, pero no de salchichas.
-          ¿Entonces?
-          Bien, señor: sangre. Es un tipo de embutido hecho con sangre.
Harker ha tomado un cuchillo y corta la morcilla seca sobre su rebanada de pan. El conde tiene un extraño fulgor en sus brillantes ojos orlados de profundas ojeras. Exclama:
-          ¡Sangre!
-          Efectivamente, señor, sangre. Se conserva perfectamente de esta manera y es muy sabrosa.
-          ¡Lo que es el progreso! ¡Nunca se me hubiera ocurrido!
Las ideas y los recuerdos se agolpan en el cerebro del aristócrata transilvano. Noches de angustia en busca de sangre con que alimentarse, etapas de carencia...Aquella ocasión en que intentó saciarse con el cuello exangüe de un equipo rumano de gimnasia rítmica y descubrió que el tratamiento hormonal había reducido casi a la nada el torrente circulatorio de las pobres chicas. ¡Si él hubiera sabido! Una sombra de alarma cruza por su mirada cuando alargaba su mano trémula hacia las morcillas de Harker:
-          No les pondrán ajo...Aquí los campesinos les ponen muchísimo ajo a sus salchichones.
-          Nada de eso, señor: ora cebolla, ora arroz. Ajo, señor, en modo alguno. ¿Quiere probar el señor conde?
-          Si usted insiste...
Pero ya Drácula mordía ansiosamente una morcilla con sus afilados caninos.
-          ¿Son de su agrado señor?
-          ¿De mi agrado? ¡Esto está de puta madre!
No era frecuente que el Conde Drácula perdiese la compostura de aquel modo, pero es que una vida nueva acaba de mostrársele con infernal nitidez. Nada de viaje a occidente, nada de incómoda travesía en un ataúd dentro de la bodega de un barco, nada de zozobra nocturna en busca de pescuezos no siempre tan limpios como sería deseable...
-          ¿Sabe amigo Harker? Tal vez cambiemos un poco el tipo de negocio que pensábamos hacer. Veamos: ¿con qué frecuencia y a qué `precio puede hacerme llegar remesas de este producto?
Jonathan Harker hace números mentalmente mientras se limpia la boca con una punta del ajado mantel de finísimo lino.

* * * * *
            De este modo hemos simplificado el relato, poniéndolo al alcance del lector moderno que, como sabemos, es casi un analfabeto funcional incapaz de tragarse las quinientas páginas de un pestiño de novela gótica. Seguro que Bram Stoker nos agradecería que le hubiésemos resuelto la papeleta con tanta facilidad.

sábado, 10 de marzo de 2018

SEMILLA DEL HAREN

Gastropedia 10


A primera vista el trabajo como odalisca en un harén puede parecer un buen trabajo. Estamos acostumbrados a ver el cuadro de Ingres, por ejemplo, donde se ve a la gran odalisca muy bien arreglada y tumbada a la bartola sin dar ni golpe. Hay otras pinturas en las que podemos adquirir la engañosa idea de que el empleo en un harén, o serrallo, es una verdadera bicoca, porque siempre aparecen mujeres evidentemente bien alimentadas, luciendo joyas costosas y ocupando habitaciones confortables y provistas de una buena calefacción, dato que se infiere de los ligeros atuendos que todas ellas lucen. Si estuvieran en sitios menos caldeados no podrían ponerse tan cómodas y pasarse el día desnudas o semidesnudas, como se las ve siempre en los cuadros. El mobiliario también suele ser cómodo y elegante, compuesto mayormente de divanes bien mullidos y muy convenientemente tapizados.
Otros cuadros de harenes muestran cuartos de baño espaciosos e igualmente bien caldeados, cuartos de baño que sólo se podrían instalar en viviendas lujosas de muchísimos metros cuadrados. Los cuartos de baño normales sólo pueden ser utilizados a la vez por una persona y, a lo sumo, por dos personas de mucha confianza. En cambio, los cuartos de baño de las odaliscas son capaces de albergar hasta a una docena de mujeres robustas, incluso asistidas por personas a su servicio.
En suma, la impresión que uno saca después de contemplar bastantes pinturas de odaliscas en harenes es que esas señoras pasan ociosas la mayor parte de sus vidas y, pese a ello, gozan de un bienestar económico más que aceptable. En realidad es difícil adivinar en qué consiste exactamente el trabajo que realizan, porque desde luego parece que nunca dan ni golpe y que se pasan las horas muertas acostadas en la cama o bañándose tranquilamente.
Sólo en algunas dependencias de las administraciones públicas se puede ver a personas que ganan su salario sin ninguna obligación aparente, gente que conversa sentada en el borde de las mesas, lee la prensa y baja a desayunar no se sabe cuántas veces sin que de la sensación de que vayan a ponerse a hacer algo en algún momento de su jornada laboral. Este tipo de empleo se nos antoja el más parecido al de odalisca de serrallo, aunque los hábitat de este tipo de funcionarios suele ser menos lujoso y confortables, por mucho que determinadas administraciones autonómicas hayan procurado invertir bastantes millones en mejorar la imagen de sus dependencias. La calefacción, no obstante no alcanza en estos lugares las temperaturas elevadas que suelen reinar en el harén, porque los funcionarios y funcionarias visten con decoro y corrección y no muestran su intimidad con el desparpajo propio de las hetairas que contemplamos en los cuadros de pintores famosos.
Pero, cuidado, en realidad todo esto es mera apariencia. Si nos fijamos bien en las caras de funcionarios y concubinas estables, advertiremos que la expresión de hastío no es infrecuente en los unos y las otras. Efectivamente, el aburrimiento es el mal que aqueja con más frecuencia a quienes desempeñan estas profesiones.

En el harén de cierto príncipe oriental, monarca absoluto que tuvo su palacio en una ciudad del Oriente allá por el año mil setecientos y pico, había por lo menos cien mujeres aburriéndose sin nada que hacer. Los elefantes de la casa por lo menos se entretenían algo con ocasión de desfiles y procesiones, momentos de gran animación en la corte en que los animales eran lujosamente enjaezados y se les sacaba por las calles a dar un garbeo. Otras veces los llevaban a cazar tigres, pero esto sucedía con menos frecuencia, puesto que el sultán (ése era exactamente su cargo) no era partidario de los ejercicios violentos y prefería pasar el tiempo comiendo o supervisando su colección de canarios, pues eran un gran aficionado a la ornitología en esta concreta especialidad. Las cacerías de tigres sólo se organizaban para impresionar a los visitantes europeos, que no habían visto tigres ni elefantes casi nunca y aquello les parecía el no va más.
Al sultán alguna vez se le pasó por la cabeza llevar a los ingleses que pasaban por su corte a visitar el harén, pero como era musulmán, nunca acababa de decidirse y las odaliscas seguían aburriéndose de tanto mirarse la cara las unas a las otras y de bañarse no sé cuántas veces al día por aquello de hacer alguna cosa. En realidad aquel príncipe había puesto serrallo por razones de prestigio social; consideraba el harén una propiedad fundamentalmente representativa, cuestión de imagen. El caso es que nadie había entrado allí jamás, exceptuados los eunucos y las esclavas habituales, porque ésa es la costumbre o norma: al serrallo sólo puede pasar el propietario suceda lo que suceda; pero todo el mundo sabía que el príncipe oriental tenía un harén con más de cien mujeres y de eso se trataba precisamente.
Para colmo, el sultán al que nos referimos no utilizaba nunca los servicios a que se supone destinada una dependencia de estas características, ya que le interesaban mucho más los canarios que las mujeres y, en lo que respecta a sus necesidades sexuales, eran más bien limitadas y prefería satisfacerlas con unos muchachos que tenía en palacio a ese efecto, y eso casi por compromiso y muy de cuando en cuando.
En resumen, las odaliscas estaban muertas de aburrimiento y ya no sabían ni qué ropa quitarse a lo largo de la interminable jornada. Había, eso sí, mucha variedad de mujeres en aquellos espaciosos salones y cuartos de baño, porque eso es casi obligado en un harén medianamente presentable. Un mercader sirio, concesionario en exclusiva para la provisión de recursos humanos del harén, se había ocupado de que no faltasen chicas de todos los tipos y colores, requisito indispensable según consta por las pinturas que, como aclaramos más arriba, constituyen la fuente de información más caracterizada y fiable.
Lógicamente había varias odaliscas del áfrica subsahariana, es decir, negras, porque este tipo de mujer luce mucho en el baño y agrada a los partidarios del erotismo por la tremenda, incluso llega a acomplejar, no se sabe por qué. No podían faltar las circasianas para contrastar con las chicas de color, circasianas blancas, casi lechosas y notablemente ampulosas de formas. Gustan mucho a los hombres de cierta edad y también son de mucho lucimiento sobre un diván tapizado en colores vivos. El sirio había conseguido el consabido par de gemelas, dos chicas de aspecto mediterráneo y algo pavisosas, pero de gran prestancia y efecto. El sirio se esmeraba todo lo que podía con sus clientes fijos. Claro que la pieza maestra del harén tenía que ser la media docena de japonesas, adquiridas en una liquidación de cierta casa de té por apremiante necesidad de liquidez de su propietario. Esas odaliscas eran muy modosas y tenían las tetas pequeñas pero una piel suave y delicada. Desde luego que no eran amarillas; no sé quién se habrá inventado eso de que las chinas y las japonesas son amarillas, qué estupidez.
Total, que había un montón de hetairas en el harén aquel y todas aburridas hasta más no poder, porque en realidad carecían de obligaciones y las posibilidades de diversión en un local cerrado son muy limitadas, por muy amplio que éste sea.
Luego estaba el problema de la alimentación, que, como vemos en las pinturas de diversos autores, se basaba fundamentalmente en frutas variadas. En los cuadros de odaliscas suele haber fruteros con uvas, naranjas, piñas americanas, melocotones y ocasionalmente dátiles. No hay un solo cuadro de odaliscas donde aparezca una fuente de croquetas, ni una cazuela de ajoarriero, ni un cordero asado. Parece ser que las odaliscas consumen grandes cantidades de fruta, lo cual resulta contradictorio con la abundancia de carnes que muestra la mayor parte de ellas, puesto que un régimen de este tipo es normalmente recomendado para la pérdida de peso. El consumo masivo de fruta tiene algunos inconvenientes, como el inevitable efecto laxante; pero, sobre todo, resulta monótono, de forma tal que el menú contribuía a fomentar el intenso aburrimiento que padecían todas ellas en el serrallo del sultán.
Fue una suerte que un buen día cierto eunuco especialmente servicial llegase de la calle con un cucurucho de pipas de girasol tostadas y se las ofreciera a las odaliscas muy educadamente. A todas les encantaron las pipas, más que nada por lo entretenido que es picotearlas y tirar las cáscaras al suelo. A partir de ese día comenzaron a entretenerse comiendo pipas, que traía el eunuco en grandes cantidades de la calle y distribuía entre las mujeres del harén. De esa manera no tuvieron que bañarse tantas veces, porque parte de su tiempo lo empleaban en el nuevo pasatiempo. Desde cualquier rincón de palacio se escuchaba el chasquido de las pipas entre los blancos dientes de las bellas odaliscas y el rumor de las cáscaras rebotando en los mármoles del suelo. Al sultán le extrañó un poco al principio, pero como estaba ocupado con sus canarios no le dio demasiada importancia.
Lo que resulta curioso es que ningún pintor de renombre haya plasmado en el lienzo una escena de harén con odaliscas comiendo pipas de girasol, pero sabido es cómo son los artistas de caprichosos y arbitrarios.

jueves, 8 de marzo de 2018

MORATIN Y EL HOMBRE LOBO TOMAN CHOCOLATE EN LONDRES


Gastropedia 9

Cuenta don Manuel Silvela, grande amigo que fue y puntual biógrafo de Don Leandro Fernández de Moratín, cómo el ingenioso autor de “El sí de las niñas” tuvo por costumbre inveterada la de desayunarse cotidianamente con dos onzas de chocolate en jícara y un par de vasos de agua, lo que hace suponer que el parco e ilustrado dramaturgo consumía unos cinco reales de su hacienda en la modesta colación matinal. Si contamos que vivió don Leandro 68 años, bien puédese colegir que ingirió a lo largo de su vida 24.820 jícaras de chocolate, equivalentes a 49.640 onzas, que supondrían 124.100 reales, puesto el chocolate a un precio corriente de 2 reales y medio la onza. ¡Una auténtica fortuna en chocolate a la taza!
Este cálculo, aparentemente preciso y fiable, es, sin embargo, engañoso, por cuanto no siempre pudo nuestro mayor poeta de la Ilustración cumplir con el rito casi sacramental de su chocolatito mañanero.
En una carta dirigida en 1793 a don Juan Antonio Melón, el famoso abate concubinario a quien  honró  Moratín con su amistad y confianza, se queja amargamente de las costumbres alimenticias de los ingleses y, muy en particular, de una que él juzga especialmente desagradable: la ingesta abusiva de té a cualquier hora, incluida la del desayuno, en detrimento de la reconfortante poción que él tanto apreciaba:
“...pago cojón y medio por alojarme en esta lamentable posada de Suffolc street (sic), póngome a la mesa del desayuno y me plantan delante un pescado a la válgame Dios y una porción de riñones hervidos, que en su maldita lengua se llama “breakfast” o como el diablo sea servido. Protesto, reclamo mi chocolate, ármase la gran tremolina y al cabo de un cuarto de hora llega la criada con un cangilón de media azumbre lleno de un aguachirle marrón... ¿Y a esto llaman chocolate los estragados súbditos de Su Graciosa Majestad? ¡Al diantre todos ellos y su infecta pócima!...”
En posteriores epístolas a distintos corresponsales, incluso en una dirigida a Cabarrús, donde explica muy minuciosamente cómo organizar un gabinete de historia natural en el Buen Retiro, se advierte el decaimiento de ánimo que va afectando poco a poco a don Leandro. Particularmente hay una muy ilustrativa a doña Francisca Muñoz, de la que reproducimos un pequeño párrafo:
“...aún cuando no paro de celebrar las grandezas y magnificencias de esta famosa metrópoli, no logro por ello dejar de andar quejoso y un tanto afligido. Ah si estos dichosos hijos de Albión diesen en copiar la espesura de su empecatada niebla en la preparación del chocolate! ¡Pero cá! Aquí, por el contrario de lo que acontece en esa Villa y Corte, la niebla es espesa e insana y el chocolate, clarucho, desabrido y no menos insano. Con que no digo a V.M. sino que hartos días hace que ando estreñido y de mal talante. A pique me encuentro, y admírese doña Paquilla,  de mandar cartas al señor de Godoy para que me otorgue licencia de retornar a mi patria y a mis dos onzas de chocolate mañanero...”
Parece que fue poco después de redactar esta desolada misiva cuando Moratín se encontró por primera vez con el hombre lobo , conclusión a la que se puede llegar encajando algunas páginas de su “Diario” con otros documentos de reciente hallazgo, a los que se aludirá en el momento oportuno.
Moratín, como es sabido, contrajo el hábito de irse a aullar por la noche a las orillas del Támesis en el mes de noviembre de 1792 (ver “Obras póstumas”). ¿Fue la nostalgia provocada por el recuerdo de su alegre vida en los burdeles barceloneses? ¿Fue la inclemencia del clima londinense? ¿O más bien la carencia del chocolate en el desayuno? Moratín encontraba flacas y desabridas a las putas inglesas, a las que no cesa de comparar desfavorablemente con una extremeña rolliza y cachonda que, al parecer, frecuentaba en las proximidades del puerto barcelonés. Tampoco era conforme del todo con la húmeda frialdad del clima londinense. Sin embargo, son mucho menos patéticas sus quejas sobre ambos extremos que las provocadas por la innegable sordidez del chocolate que se toma en casi todo el Reino Unido, que, como cualquiera reconocerá, es verdaderamente deplorable. Sorprende comprobar cómo una nación que fabrica excelentes bombones y pasteles de chocolate es, sin embargo, incapaz de servir en taza un chocolate que sea merecedor de tal nombre.
Moratin, pues, se embutía en su manferlán o paletó, se liaba una bufanda al cuello, se calaba el sombrero de copa hasta las orejas y recorría las orillas del Támesis aullando muy lastimeramente. En una de esas se topó con el hombre lobo, que casualmente practicaba idéntica afición a horas semejantes. A partir de ese momento los dos iban a aullar juntos y trabaron una relación amistosa muy interesante gracias a esa feliz coincidencia y a otras curiosas circunstancias documentadas en un material que se citará a su debido tiempo.
Harold Fischer, el hombre lobo, es mencionado en el “Diario” bajo el seudónimo o clave de “H.Pescador”:. Por los documentos antes mencionados, a los que se recurrirá (decíamos) en el momento oportuno, sabemos que Harold Fischer fue un hombre lobo muy conocido y celebrado en el Londres de finales de siglo y también cómo acaeció su desdichado óbito (1812) a manos de unos ignorantes pastores de Kent, que se lo cargaron a cantazos por miedo a que les comiera las ovejas, cosa absolutamente ajena a la intención del infortunado Fischer. Él simplemente estaba contemplando el paisaje sentado al anochecer en un cerro cercano a la pradera donde pastaba el rebaño. En fin, cosas que pasan.
Algunos de los pasajes del “Diario” contienen escuetas alusiones a esta relación de tan peculiares características. Vgr.:
24.12.93.- Navidades sin turrón. Horribile dictu. Promenade mr.H. Pescador. Hurlements. Chez moi with H.Pescador. Hemorroide.
27.12.93.- ¡Chocolate encore! Thanks, H.Pescador. bibamus et gaudeamus.
Esta última anotación sí que resulta sorprendente, y lo sería aún más si no fuera por cuanto algunos documentos, que se citarán en el momento que correspondan, ponen en claro un concreto aspecto de la etapa en que Moratín iba a aullar a las orillas del río Támesis con el hombre lobo llamado Harold Fischer, un sujeto de temperamento melancólico muy afín al del propio don Leandro.
Afortunadamente hay varios documentos, que relacionaremos en el momento oportuno, perfectamente adecuados para explicarlo todo.
El hecho es que Moratín conoció al hombre lobo en la taberna de Crown and Anchor y entabló conversación con él frente a sendas jarras de cerveza templada, lo más semejante al chocolate a la española que había conseguido hallar en Londres nuestro insigne reformador del teatro. Hablando, hablando, pronto se estableció un ambiente de camaradería entre ambos, pues habían pasado casi dos horas lamentándose juntos de esto y de lo otro, siendo ambos sujetos de carácter bastante melancólico, como queda dicho. La conversación derivó luego hacia temas relacionados con el progreso y la ilustración, que eran asuntos muy de moda por aquellos días, y acabó el buen Fischer por ofrecer a su nuevo amigo una visita a su colección de objetos curiosos, que la tenía en su casa perfectamente organizada y etiquetada. Accedió don Leandro Fernández de Moratín, espíritu curioso y aventajado, de modo que ambos se dirigieron a la posada del amigable licántropo que vivía en la parte del Soho londinense.
Pues bien: allí, entre varios interesantes objetos de la naturaleza y de la humana industria, como el molinillo de café hidráulico y un tucán disecado, observó con júbilo Moratín que tenía el señor Fischer...¡una chocolatera!
Quiso la casualidad que hubiera recibido por aquellos días don Leandro un paquete enviado por doña Mariquita, en el que, junto a un tomo de las obras de Jovellanos, le enviaba un par de libras de excelente chocolate de la Trapa, que lamentablemente no había sido posible preparar por falta del recipiente adecuado.
-          ¿Sabe, amigo mío, qué utilidad posee esto que usted estima simple curiosidad o exótica pieza de colección?
Moratín tenía los ojos llenos de lágrimas y acelerados los pulsos cuando pronunció aquellas emotivas palabras.
-          ¡Pues se va a chupar usted los dedos, maldita sea!
El resto del episodio es fácil de adivinar. Partieron ambos a toda prisa llevando consigo la mágica chocolatera , se fueron a casa de Moratín en Suffolk street y se pusieron morados de chocolate a la taza. Después se fueron a aullar juntos a las orillas del Támesis para celebrarlo, y así día tras día y semana tras semana, hasta que se acabaron las dos libras de doña Mariquita.
Poco después de acabarse la provisión de chocolate que guardaba nuestro importante dramaturgo en una maleta debajo de la cama, fue cuando Moratín se marchó de viaje a Italia, así que no le importó demasiado que ya no quedase ni una sola onza. El hombre lobo Harold Fischer se despidió de él muy afectuosamente y le regaló la chocolatera, ya que él no iba a poder utilizarla porque el chocolate, como decimos, se había acabado del todo y además no hubiera sabido cómo darle el punto.
Sin embargo, el señor Fischer, un hombre lobo de costumbres fijas, siguió yéndose a aullar a orillas del Támesis él solo, hasta que se le ocurrió la desdichada idea de irse de excursión a Kent, donde le sucedió el desagradable incidente ya referido.
Quedan algunos datos de menor importancia sobre este curioso episodio de la estancia londinense de Moratín en documentos de probada solvencia que se citarán en el momento oportuno.

martes, 6 de marzo de 2018

EL CONSUMO DE LOTO ES PELIGTOSO PARA LA SALUD


gastropedia 9


Las plantas no siempre son saludables. Hay plantas que sí lo son, como por ejemplo el repollo, aunque ocasionalmente pueda originar un poco de aerofagia. También es saludable el aguacate preparado en distintas formas, y algunas infusiones, aunque no todas resultan agradables al paladar. El café se puede mezclar con leche (y entonces se llama café con leche) o puede consumirse solo, pero excesivamente concentrado afecta al sistema nervioso, salvo si uno ha nacido en Italia. La amapola real es muy buena para dormir a los niños y el enebro suelta unas bayas que, debidamente procesadas, sirven para hacer con ellas gintonic.
El cannabis va en gustos y opiniones, porque Santa Teresa de Jesús lo reputaba de excelente medicina, en tanto que la Policía Municipal opina todo lo contrario, en lo cual coincide con las autoridades educativas. Por lo que respecta a la absenta, que Jenofonte encontró muy abundante a lo largo de su famosa excursión en grupo, tiene un sabor amargo y sin embargo es muy apreciada por los artistas malditos y sus amistades. El rábano, en cambio, posee excelentes cualidades carminativas y no es amargo, como la absenta, pero sí picantillo.
Don José Celestino Mutis sabía mucho de plantas y por ese motivo tiene una calle en Cádiz, su tierra natal. Don José Celestino Mutis cenaba verdura casi todas las noches, y eso le mantenía a salvo del colesterol y del ácido úrico, pero no se fumaba el cannabis ni se metía opiáceas por la nariz, porque sabía muy bien a lo que se arriesgaba. Respecto a la flor del loto, no le hacía caso alguno, porque su dedicación a la botánica se hubiera ido al carajo a consecuencia de una inevitable pérdida de memoria. Las personas que comen loto acaban con la cabeza a pájaros y nunca se acuerdan de dónde han dejado sus cosas, según es sabido desde hace muchos años.
La flor de loto es, por otro lado, una plantita muy estimada por algunos orientales, circunstancia que aprovechó el pintor Ts’ien Xuan para ponerse las botas pintando cuadros de lotos, como esas señoritas inglesas victorianas que pintaban ramilletes de flores enormemente cursis, pero cobrando; porque Ts’ien Xuan era chino y los chinos ya en el siglo XIII eran tan buenos comerciantes como ahora. El astuto pintor se puso de acuerdo con un charlatán de feria japonés que se llamaba Nichiren para que inventase la sutra del loto y convenciese a sus contemporáneos de que en el loto reside toda la verdad, de forma que a Ts’ien Xuan le quitaban los cuadritos de lotos de las manos y luego se repartían el dinero él y su compinche el japonés Nichiren. Tenían todo muy bien organizado, ya que el laborioso chino se ocupaba de producir género en abundancia y el japonés llevaba la promoción del artículo, que es lo que se le daba mejor.
El dios védico Surya también andaba siempre paseándose en carro con un loto en cada mano, pero no se los comía porque hubiera perdido la memoria y el sol cada día hubiera salido a una hora distinta, lo cual es muy inconveniente para las horas de apertura del comercio y para el sueño de los bebés.
Otro dios, el famoso Brahma, nació de un loto que le salió en el ombligo a Vishnú. Al principio pensó que eran hongos, pero no, era un loto hermosísimo del que surgió el que faltaba para la trimurti, que es como les llamaban a ellos dos y a Siva cuando salían juntos de parranda:
-          ¡Anda, ya está ahí la trimurti!
-          ¡Esta noche la lían!
Brama tenía cuatro caras porque tenía muy mala memoria por razones de nacimiento y nunca se acordaba de qué cara era la suya. Ahí es donde coinciden la tradición oriental y la occidental, que para algo somos todos indoeuropeos, qué joder.

Pues, yendo al caso, a la ninfa Lotis se la comieron unos desarrapados de aqueos, y en el pecado llevaron su penitencia, como se verá.
La ninfa Lotis, como todas sus congéneres, era una pendoncilla provocativa, a quien, pese a su corta edad, le encantaba calentarles la bragueta a los humanos, a los dioses y a los héroes. En cuanto que su madre y las amigas de su madre se descuidaban, la niña ya se había puesto a bañarse en pelota por los manantiales, las fuentes y los arroyos. Otras veces andaba en cueros porque sí, porque le gustaba provocar y ya está. Pero tanto va el cántaro a la fuente..., y un día tuvo que dar con la horma de su zapato, topándose nada menos que con Príapo.
Qué vamos a contar de Príapo que no sepa todo el mundo, y el que no lo sepa, que se de una vuelta por los museos, y allí donde se amontone un grupo de turistas maduras entre risitas y murmullos va a encontrarse con la estatua de un dios griego con un pedazo de cipote como un templo. Bueno, pues ese era Príapo: un dios griego con un cacho de nabo como un castillo, o sea que poseía un pene de admirables proporciones.
A Príapo le puso a cien ver a la ninfa chapoteando a pelo en una fuentecilla, y como en aquel entonces no se perdía mucho tiempo saliendo antes a cenar o asistiendo a un espectáculo de ballet moderno, se fue derecho a por ella. Lotis, que no era ninguna santa y había quedado gratamente impresionada por las buenas prendas de su galán ocasional, pensó que valía la pena darle un poco de salsa y colorido a la situación, así que fingió asustarse y salió corriendo mientras miraba de reojillo aquel portento que se balanceaba a proa de su perseguidor.
-          ¡A que no me pillas, a que no me pillas!
Esa original e ingeniosísima frase salía de los labios de la coquetuela cuando se produjo el percance. La estrecha de Artemisa, que andaba por allí hecha una calamidad como de costumbre y sudando porque había andado de caza toda la mañana, reparó en la juerga que se traían aquellos dos desvergonzados y, abusando de su condición de diosa, hizo que Lotis se cayese a un estanque y se convirtiese en loto, como su propio nombre obliga; no se iba a convertir en coliflor, cuando se llamaba Lotis, y además la coliflor no es una planta acuática. Total, que la pobre chica pasó a la condición de vegetal por un simple devaneo, y el desazonado Príapo se quedó al borde del estanque meneándosela como un babuino.
Esta es la primera parte de la historia, la menos desagradable.
La segunda parte es que unos marineros griegos horriblemente zafios y peleones venían de saquear una bonita ciudad del Asia menor, porque la piratería no estaba perseguida entonces por las leyes internacionales, y acertaron a desembarcar para hacer aguada en las costas de la Libia septentrional, justo donde Lotis se aburría como un hongo en el estanque donde la había arrojado la intransigencia sexual de Artemisa. Eran sujetos rudos y de paladar poco refinado, capaces de comerse una vaca a medio asar o de sustentarse con un puñado de bellotas si no encontraban cosa mejor que echarse a la boca. Como venían deseosos de fruta o de verdura fresca, y muy hartos de la dieta a base de galletas secas y tasajo que comían a bordo, la emprendieron con cualquier cosa vegetal medianamente comestible que creciera por aquellos alrededores y, claro, cómo no iban a reparar en aquella especie de ensalada acuática tan fresca y apetitosa, la que presentaban Lotis y los lotos normales que convivían en el estanque: se las zamparon a puñados sin ninguna especie de etiqueta.
Así acabó la desdichada y liviana ninfa, en el abultado y velludo estómago de un animal de marinero aqueo.
Pero, como decíamos, en el pecado llevaron su penitencia, porque de repente empezaron a perder la chaveta y no se acordaban de nada:
-          ¡Eh, tú! ¿A qué hora teníamos que volver a bordo?
-          ¿A qué bordo? Yo a usted no le conozco de nada, aunque su cara me suena.
-          ¿Cuál es la capital de Lacedemonia?
-          Espera, lo tengo en la punta de la lengua.
-          ¿De qué me suena a mi el nombre de Ulises?
-          ¿Quién puso la cantimplora del vino a remojar? No la encuentro por ninguna parte.
-          Pero si fuiste tú el que la puso a remojar ¿O fui yo? ¡Qué cabeza la mía!
Ellos no se daban cuenta de que si comes loto pierdes por completo la memoria y, si te pegas un atracón de loto, ya es que no das una.
Lo que sí fue una lástima es que Príapo no alcanzase a tiempo a la ninfa Lotis, porque seguramente hubieran pasado un buen rato juntos y la zorra estrecha de Artemisa no les hubiera jorobado la tarde, ni los burros de los aqueos se hubieran zampado a una chica tan mona en forma de ensalada.

ALUBIAS JACOBEAS


Gastropedia 8

          
  Ser un santo eremita todo el rato no es cosa sencilla. La ascesis se puede practicar con todo el interés del mundo, pero cuando menos te lo esperas la naturaleza pecadora te hace una jugarreta y te encuentras con que toda una vida de privaciones y de mortificación se ha ido al carajo por un quítame allá esas pajas (es un decir).
            Ha habido casos de santos eremitas que son ejemplares, porque más que santos eremitas parecían mulos píos, de puro cabezotas y obstinados. Ahí está el famoso Antonio, que se lo ponía Satanás a huevo con los famosos envíos de tías buenísimas, tías de esas que no te crees que puedan existir de verdad, mujeres bandera, oye, y desnudas o casi desnudas, el colmo. Nadie sabe de dónde sacaría el demonio semejante colección de bellezas: rubias y delicadas con tetitas de sueño, morenazas de curvas impresionantes, y pelirrojas de esas blancas de piel y algo pecosas que sólo ya de mirarlas es que te ponen a cien, y hasta puede que le pusiera por delante alguna japonesita linda y complaciente, que no tienen demasiado pecho, pero unas figuras que parecen de porcelana mórbida, en fin, .¿por dónde íbamos? Sí, pues Antonio, como si tal cosa: se tiraba de cabeza a unas matas de cardos y espinos y se revolcaba para aguantarse las ganas y no pecar con aquellos bombonazos, que le hacían todo tipo de posturas lascivas, se contoneaban, se tendían boca abajo, separaban los muslos, se restregaban los pechos suspirando, se pasaban la lengua por los labios, dejaban caer sus cabelleras hasta los hoyuelos de la cintura....Esto, bien...pues el santo varón agarraba las disciplinas y se tundía la espalda a correazos. Eso es lo que hay que hacer cuando llegan las tentaciones para no arruinar una vida de sacrificio y oración cuyo premio será con toda seguridad el gozo de la vida sobrenatural con todas sus ventajas sobradamente conocidas.
            El santo eremita Deodato de Funes estaba perfectamente informado acerca de esta materia, motivo por el cual se retiró a las Bardenas después de haber renunciado formalmente al mundo en una merienda con sus amigos. Les dijo:
-          Estoy ya harto de ser un pecador y me marcho a las Bardenas a hacer penitencia, así que ahí os quedáis.
Los de la cuadrilla se sintieron muy edificados ante la decisión del Deodato y pidieron más magras con tomate para celebrar aquella decisión tan enérgica y admirable, aunque lamentaban la pérdida de un amigo tan majo, que por añadidura era el que mejor se echaba las jotas de toda la peña.
Así que Deodato , se quitó la ropa, agarró un saco de la cuadra, le hizo unos agujeros para pasar la cabeza y los brazos y se marchó a la Bardena, como había dicho, y allí se tiró más de veinte años sometido a la tradicional dieta de los eremitas, basada en yerbas del campo y agua de charca, sin otra compañía que una calavera que se proporcionara en el cementerio de Caparroso, donde tenía amistad con el encargado y una cruz enorme que se hizo con unas ramas de chopo y unos juncos. La cruz le quedó algo deforme porque no era muy mañoso, pero se apañaba con ella. El Maligno le dejó en paz durante todo aquel tiempo, tal vez porque ni al demonio se le ocurre meterse por las Bardenas, donde el tiempo es terrible, tanto en invierno como en verano y hay unos barrancos de aquí te espero, que como se te vuele una perdiz por encima de uno, ya puedes decir que se ha ido a criar y que no le metes mano en toda la mañana.
Pero a Deodato no le interesaban las perdices, tanto así que algunas se le paseaban por delante de la cueva como Pedro por su casa, o, incluso, se refugiaban dentro si barruntaban al zorro. Él estaba a sus yerbas y a sus disciplinazos y a su calavera y a su disparate de cruz deforme y dejaba en paz a las perdices, que uno cualquiera en su lugar seguro que les echa mano y se hace unas perdices en escabeche que te mueres, o a la cazadora, que tampoco están mal y no digamos nada si las preparas con pochas. Entonces todavía se mataba mucha patirroja en la Bardena, y no como ahora, con tanto pesticida y tanta mierda.
Los problemas comenzaron cuando se le apareció el ángel.
Y bien hermoso que era el ángel, con sus bucles y sus alas doradas y la túnica estofada en oro y celeste, porque se trataba de un ángel barroco, que había sido enviado para pedirle a Deodato que peregrinase a Santiago y así rematase la tarea de la santidad.
-          Deodato: tienes que ir a Santiago de Compostela. Es una ciudad muy buena que queda hacia el noroeste. Todo el mundo hace la ruta jacobea y tú todavía no la has hecho. ¿A qué estás esperando?
-          No se me había ocurrido.
-          Pues ya va siendo hora de que se te ocurra, con que andando.
-          ¿Y si no encuentro yerbas de campo para comer por el camino?
-          Pues vives de la caridad de las buenas gentes. Algo te darán.
-          ¿Tendrán yerbas del campo las buenas gentes? Porque yo...
-          ¡Te comes lo que te eches, y listo! ¡Venga, arrea!
Deodato se echó al morral la calavera, cargó con la cruz que pesaba quintal y medio y echó a andar sin pensárselo dos veces, porque le había convencido el ángel barroco con sus palabras levemente teñidas de suave acento gallego.
Los anacoretas suelen estar en muy buena forma; se ve que la vida al aire libre y una alimentación horra en grasas los pone fibrosos; flacos, pero fibrosos. Así que con cruz, calavera y todo, el buen Deodato de Funes se plantó en una sola jornada en el valle de Salazar y se topó con un pueblo muy majo puesto como un belén junto a un río con su puente de piedra y todo. Como venía muerto de sed y de hambre, se echó a beber de morros en la orilla de ese río, que era el Salazar, un afluente del Iratí, y el pueblo, Ochagavía u Otsagi, según quién lo nombre.
Saciado que hubo la sed, el Deodato se dispuso a recoger yerbas del campo, que por allí crecían bastantes, aunque poco apetitosas, pero de repente se acordó de lo que le había dicho el ángel: “comerás lo que te den las buenas gentes” y, como era un eremita muy disciplinado, optó por cruzar el puente y llamar a la puerta de una casa frontera al río, que, mira tú por donde, resultó ser la posada del pueblo. Como hasta Ochagavía (u Otsagi) se había propagado la fama de santidad del santo anacoreta Deodato de Funes, las mujeres de la venta se pusieron contentísimas cuando él les pidió humildemente:
-          ¿No tendrán unas yerbas del campo, por el amor de Dios, para un pobre peregrino?
Eso las desconcertó un poco, porque tenían truchas muy buenas, corderico asado, costillicas, pochas con codornices, menestra, judías de Tolosa y jamón de la matanza, pero no yerbas del campo, puesto que la gente de la comarca es poco partidaria de comer esas porquerías y era el primer anacoreta que venía a comer en aquella casa.
-          Bueno...yerbas, yerbas no hay, pero pase y siéntese su reverencia que algo le apañaremos.
-          Dios se lo pague. ¿De verdad no tienen yerbas del campo?
-          Ande, ande, siéntese ahí y aguarde un momentico.
En pocos minutos llegó el ama joven con una gran sopera de judías de Tolosa, que era lo que más les había parecido a ellas adecuado para un santo varón como aquel, porque las habían preparado sin nada de carne, pero bien ricas, densas, aromáticas... ¡Cojonudas!
El ama joven era una moza de veinte años alta, gallarda y espigada aunque, como se dice, con cada cosa en su sitio, y se inclinó ligeramente para servir con el cazo, de modo que dejó entrever la canaleja de las tetas en un vislumbre que el peregrino esquivó con voluntad de hierro. Lo malo fue cuando metió la cuchara en el plato y se llevó la primera cucharada a la boca. Aquello sabía a gloria y un suave calor se extendió por el sarmentoso cuerpo del eremita al tiempo que le parecía como si sonase una música de ángeles por toda la cocina.
-          ¡Alabado sea el santo nombre de Jesús!
-          Por siempre sea bendito y alabado... ¿A que están de muerte, reverencia? Yo me he comido dos platos hasta los bordes.
La moza, con los ojos bajos y las manos recogidas sobre el regazo permanecía cerca de la gran mesa de roble. El santo anacoreta la miró cuando ella respondía a la jaculatoria y se quedó con la cuchara temblándole entre los dedos. Por obra de Satanás, o de las judías, que eso nunca lo sabremos, había visto desnudos los marmóreos muslos de la chica, blancos, magníficos...Casi se atragantó al engullir nerviosamente un nuevo bocado. Paladeó el manjar exquisito y eso le indujo a mirar de reojillo cuando ella se inclinaba sobre el fogón...Un culo maravilloso, firme y redondo emergía entre los vapores de la mágica sopera; la espalda era un arco perfecto, tan perfecto como el que describe la escalera que conduce al cielo, o al infierno. Algo empezaba a bullir bajo el tosco sayal del peregrino, un intenso calor subía hasta sus macilentas mejillas y metió la cabeza encima del plato entre sudores.
-          ¿No comería su reverencia otras poquicas?
Deodato de Funes no tuvo más remedio que levantar la cabeza para rechazar el ofrecimiento y ya entonces fue el acabose: la vio completamente desnuda, erguida frente a él con los brazos en jarras y las piernas ligeramente separadas. Aquellos ojos negros y brillantes enmarcados en el bucle sedoso del cabello, la garganta que conducía inexorablemente hacia la doble redondez de unos pechos coronados por dos fresas silvestres, el vientre firme rematado en una oscura bruma de miel, las piernas rectas y torneadas...
Deodato notó una erección furiosa que arañaba rabiosamente la áspera superficie del sayal, saltó de la banqueta, pegó un alarido de bestia salvaje y salió zumbando a todo lo que le daban las piernas. El enorme y tosco crucifijo quedó apoyado en la pared como único testimonio del paso de un santo anacoreta por la posada de Ochagavía (Otsagi).
Las buenas gentes que habían ofrecido al eremita, no yerbas del campo, sino judías de Tolosa, nunca sabrían explicarse la extraña conducta de su huésped, pero pusieron la cruz de ramas de chopo en la iglesia a manera de exvoto. Cuando los hombres llegaron del campo y les fue relatada la singular anécdota, comentaron lacónicamente:
-          Es que los santos son raros de la hostia, oye.
Y se sentaron a cenar sus patatas con sebo, que es una comida algo peculiar, pero está rica si te acostumbras a ella.