A
primera vista el trabajo como odalisca en un harén puede parecer un buen
trabajo. Estamos acostumbrados a ver el cuadro de Ingres, por ejemplo, donde se
ve a la gran odalisca muy bien arreglada y tumbada a la bartola sin dar ni
golpe. Hay otras pinturas en las que podemos adquirir la engañosa idea de que
el empleo en un harén, o serrallo, es una verdadera bicoca, porque siempre
aparecen mujeres evidentemente bien alimentadas, luciendo joyas costosas y
ocupando habitaciones confortables y provistas de una buena calefacción, dato
que se infiere de los ligeros atuendos que todas ellas lucen. Si estuvieran en
sitios menos caldeados no podrían ponerse tan cómodas y pasarse el día desnudas
o semidesnudas, como se las ve siempre en los cuadros. El mobiliario también
suele ser cómodo y elegante, compuesto mayormente de divanes bien mullidos y
muy convenientemente tapizados.
Otros
cuadros de harenes muestran cuartos de baño espaciosos e igualmente bien
caldeados, cuartos de baño que sólo se podrían instalar en viviendas lujosas de
muchísimos metros cuadrados. Los cuartos de baño normales sólo pueden ser
utilizados a la vez por una persona y, a lo sumo, por dos personas de mucha
confianza. En cambio, los cuartos de baño de las odaliscas son capaces de
albergar hasta a una docena de mujeres robustas, incluso asistidas por personas
a su servicio.
En
suma, la impresión que uno saca después de contemplar bastantes pinturas de
odaliscas en harenes es que esas señoras pasan ociosas la mayor parte de sus
vidas y, pese a ello, gozan de un bienestar económico más que aceptable. En
realidad es difícil adivinar en qué consiste exactamente el trabajo que
realizan, porque desde luego parece que nunca dan ni golpe y que se pasan las
horas muertas acostadas en la cama o bañándose tranquilamente.
Sólo
en algunas dependencias de las administraciones públicas se puede ver a
personas que ganan su salario sin ninguna obligación aparente, gente que
conversa sentada en el borde de las mesas, lee la prensa y baja a desayunar no
se sabe cuántas veces sin que de la sensación de que vayan a ponerse a hacer algo
en algún momento de su jornada laboral. Este tipo de empleo se nos antoja el
más parecido al de odalisca de serrallo, aunque los hábitat de este tipo de
funcionarios suele ser menos lujoso y confortables, por mucho que determinadas
administraciones autonómicas hayan procurado invertir bastantes millones en
mejorar la imagen de sus dependencias. La calefacción, no obstante no alcanza
en estos lugares las temperaturas elevadas que suelen reinar en el harén,
porque los funcionarios y funcionarias visten con decoro y corrección y no
muestran su intimidad con el desparpajo propio de las hetairas que contemplamos
en los cuadros de pintores famosos.
Pero,
cuidado, en realidad todo esto es mera apariencia. Si nos fijamos bien en las
caras de funcionarios y concubinas estables, advertiremos que la expresión de
hastío no es infrecuente en los unos y las otras. Efectivamente, el
aburrimiento es el mal que aqueja con más frecuencia a quienes desempeñan estas
profesiones.
En el
harén de cierto príncipe oriental, monarca absoluto que tuvo su palacio en una
ciudad del Oriente allá por el año mil setecientos y pico, había por lo menos
cien mujeres aburriéndose sin nada que hacer. Los elefantes de la casa por lo
menos se entretenían algo con ocasión de desfiles y procesiones, momentos de
gran animación en la corte en que los animales eran lujosamente enjaezados y se
les sacaba por las calles a dar un garbeo. Otras veces los llevaban a cazar
tigres, pero esto sucedía con menos frecuencia, puesto que el sultán (ése era
exactamente su cargo) no era partidario de los ejercicios violentos y prefería
pasar el tiempo comiendo o supervisando su colección de canarios, pues eran un
gran aficionado a la ornitología en esta concreta especialidad. Las cacerías de
tigres sólo se organizaban para impresionar a los visitantes europeos, que no
habían visto tigres ni elefantes casi nunca y aquello les parecía el no va más.
Al
sultán alguna vez se le pasó por la cabeza llevar a los ingleses que pasaban
por su corte a visitar el harén, pero como era musulmán, nunca acababa de
decidirse y las odaliscas seguían aburriéndose de tanto mirarse la cara las
unas a las otras y de bañarse no sé cuántas veces al día por aquello de hacer
alguna cosa. En realidad aquel príncipe había puesto serrallo por razones de
prestigio social; consideraba el harén una propiedad fundamentalmente
representativa, cuestión de imagen. El caso es que nadie había entrado allí
jamás, exceptuados los eunucos y las esclavas habituales, porque ésa es la
costumbre o norma: al serrallo sólo puede pasar el propietario suceda lo que
suceda; pero todo el mundo sabía que el príncipe oriental tenía un harén con
más de cien mujeres y de eso se trataba precisamente.
Para
colmo, el sultán al que nos referimos no utilizaba nunca los servicios a que se
supone destinada una dependencia de estas características, ya que le
interesaban mucho más los canarios que las mujeres y, en lo que respecta a sus
necesidades sexuales, eran más bien limitadas y prefería satisfacerlas con unos
muchachos que tenía en palacio a ese efecto, y eso casi por compromiso y muy de
cuando en cuando.
En
resumen, las odaliscas estaban muertas de aburrimiento y ya no sabían ni qué
ropa quitarse a lo largo de la interminable jornada. Había, eso sí, mucha
variedad de mujeres en aquellos espaciosos salones y cuartos de baño, porque
eso es casi obligado en un harén medianamente presentable. Un mercader sirio,
concesionario en exclusiva para la provisión de recursos humanos del harén, se
había ocupado de que no faltasen chicas de todos los tipos y colores, requisito
indispensable según consta por las pinturas que, como aclaramos más arriba,
constituyen la fuente de información más caracterizada y fiable.
Lógicamente
había varias odaliscas del áfrica subsahariana, es decir, negras, porque este
tipo de mujer luce mucho en el baño y agrada a los partidarios del erotismo por
la tremenda, incluso llega a acomplejar, no se sabe por qué. No podían faltar
las circasianas para contrastar con las chicas de color, circasianas blancas,
casi lechosas y notablemente ampulosas de formas. Gustan mucho a los hombres de
cierta edad y también son de mucho lucimiento sobre un diván tapizado en
colores vivos. El sirio había conseguido el consabido par de gemelas, dos
chicas de aspecto mediterráneo y algo pavisosas, pero de gran prestancia y
efecto. El sirio se esmeraba todo lo que podía con sus clientes fijos. Claro
que la pieza maestra del harén tenía que ser la media docena de japonesas,
adquiridas en una liquidación de cierta casa de té por apremiante necesidad de
liquidez de su propietario. Esas odaliscas eran muy modosas y tenían las tetas
pequeñas pero una piel suave y delicada. Desde luego que no eran amarillas; no
sé quién se habrá inventado eso de que las chinas y las japonesas son
amarillas, qué estupidez.
Total,
que había un montón de hetairas en el harén aquel y todas aburridas hasta más
no poder, porque en realidad carecían de obligaciones y las posibilidades de
diversión en un local cerrado son muy limitadas, por muy amplio que éste sea.
Luego estaba
el problema de la alimentación, que, como vemos en las pinturas de diversos
autores, se basaba fundamentalmente en frutas variadas. En los cuadros de
odaliscas suele haber fruteros con uvas, naranjas, piñas americanas,
melocotones y ocasionalmente dátiles. No hay un solo cuadro de odaliscas donde
aparezca una fuente de croquetas, ni una cazuela de ajoarriero, ni un cordero
asado. Parece ser que las odaliscas consumen grandes cantidades de fruta, lo
cual resulta contradictorio con la abundancia de carnes que muestra la mayor
parte de ellas, puesto que un régimen de este tipo es normalmente recomendado
para la pérdida de peso. El consumo masivo de fruta tiene algunos
inconvenientes, como el inevitable efecto laxante; pero, sobre todo, resulta
monótono, de forma tal que el menú contribuía a fomentar el intenso
aburrimiento que padecían todas ellas en el serrallo del sultán.
Fue
una suerte que un buen día cierto eunuco especialmente servicial llegase de la
calle con un cucurucho de pipas de girasol tostadas y se las ofreciera a las
odaliscas muy educadamente. A todas les encantaron las pipas, más que nada por
lo entretenido que es picotearlas y tirar las cáscaras al suelo. A partir de
ese día comenzaron a entretenerse comiendo pipas, que traía el eunuco en grandes
cantidades de la calle y distribuía entre las mujeres del harén. De esa manera
no tuvieron que bañarse tantas veces, porque parte de su tiempo lo empleaban en
el nuevo pasatiempo. Desde cualquier rincón de palacio se escuchaba el
chasquido de las pipas entre los blancos dientes de las bellas odaliscas y el
rumor de las cáscaras rebotando en los mármoles del suelo. Al sultán le extrañó
un poco al principio, pero como estaba ocupado con sus canarios no le dio
demasiada importancia.
Lo que
resulta curioso es que ningún pintor de renombre haya plasmado en el lienzo una
escena de harén con odaliscas comiendo pipas de girasol, pero sabido es cómo
son los artistas de caprichosos y arbitrarios.

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