sábado, 10 de marzo de 2018

SEMILLA DEL HAREN

Gastropedia 10


A primera vista el trabajo como odalisca en un harén puede parecer un buen trabajo. Estamos acostumbrados a ver el cuadro de Ingres, por ejemplo, donde se ve a la gran odalisca muy bien arreglada y tumbada a la bartola sin dar ni golpe. Hay otras pinturas en las que podemos adquirir la engañosa idea de que el empleo en un harén, o serrallo, es una verdadera bicoca, porque siempre aparecen mujeres evidentemente bien alimentadas, luciendo joyas costosas y ocupando habitaciones confortables y provistas de una buena calefacción, dato que se infiere de los ligeros atuendos que todas ellas lucen. Si estuvieran en sitios menos caldeados no podrían ponerse tan cómodas y pasarse el día desnudas o semidesnudas, como se las ve siempre en los cuadros. El mobiliario también suele ser cómodo y elegante, compuesto mayormente de divanes bien mullidos y muy convenientemente tapizados.
Otros cuadros de harenes muestran cuartos de baño espaciosos e igualmente bien caldeados, cuartos de baño que sólo se podrían instalar en viviendas lujosas de muchísimos metros cuadrados. Los cuartos de baño normales sólo pueden ser utilizados a la vez por una persona y, a lo sumo, por dos personas de mucha confianza. En cambio, los cuartos de baño de las odaliscas son capaces de albergar hasta a una docena de mujeres robustas, incluso asistidas por personas a su servicio.
En suma, la impresión que uno saca después de contemplar bastantes pinturas de odaliscas en harenes es que esas señoras pasan ociosas la mayor parte de sus vidas y, pese a ello, gozan de un bienestar económico más que aceptable. En realidad es difícil adivinar en qué consiste exactamente el trabajo que realizan, porque desde luego parece que nunca dan ni golpe y que se pasan las horas muertas acostadas en la cama o bañándose tranquilamente.
Sólo en algunas dependencias de las administraciones públicas se puede ver a personas que ganan su salario sin ninguna obligación aparente, gente que conversa sentada en el borde de las mesas, lee la prensa y baja a desayunar no se sabe cuántas veces sin que de la sensación de que vayan a ponerse a hacer algo en algún momento de su jornada laboral. Este tipo de empleo se nos antoja el más parecido al de odalisca de serrallo, aunque los hábitat de este tipo de funcionarios suele ser menos lujoso y confortables, por mucho que determinadas administraciones autonómicas hayan procurado invertir bastantes millones en mejorar la imagen de sus dependencias. La calefacción, no obstante no alcanza en estos lugares las temperaturas elevadas que suelen reinar en el harén, porque los funcionarios y funcionarias visten con decoro y corrección y no muestran su intimidad con el desparpajo propio de las hetairas que contemplamos en los cuadros de pintores famosos.
Pero, cuidado, en realidad todo esto es mera apariencia. Si nos fijamos bien en las caras de funcionarios y concubinas estables, advertiremos que la expresión de hastío no es infrecuente en los unos y las otras. Efectivamente, el aburrimiento es el mal que aqueja con más frecuencia a quienes desempeñan estas profesiones.

En el harén de cierto príncipe oriental, monarca absoluto que tuvo su palacio en una ciudad del Oriente allá por el año mil setecientos y pico, había por lo menos cien mujeres aburriéndose sin nada que hacer. Los elefantes de la casa por lo menos se entretenían algo con ocasión de desfiles y procesiones, momentos de gran animación en la corte en que los animales eran lujosamente enjaezados y se les sacaba por las calles a dar un garbeo. Otras veces los llevaban a cazar tigres, pero esto sucedía con menos frecuencia, puesto que el sultán (ése era exactamente su cargo) no era partidario de los ejercicios violentos y prefería pasar el tiempo comiendo o supervisando su colección de canarios, pues eran un gran aficionado a la ornitología en esta concreta especialidad. Las cacerías de tigres sólo se organizaban para impresionar a los visitantes europeos, que no habían visto tigres ni elefantes casi nunca y aquello les parecía el no va más.
Al sultán alguna vez se le pasó por la cabeza llevar a los ingleses que pasaban por su corte a visitar el harén, pero como era musulmán, nunca acababa de decidirse y las odaliscas seguían aburriéndose de tanto mirarse la cara las unas a las otras y de bañarse no sé cuántas veces al día por aquello de hacer alguna cosa. En realidad aquel príncipe había puesto serrallo por razones de prestigio social; consideraba el harén una propiedad fundamentalmente representativa, cuestión de imagen. El caso es que nadie había entrado allí jamás, exceptuados los eunucos y las esclavas habituales, porque ésa es la costumbre o norma: al serrallo sólo puede pasar el propietario suceda lo que suceda; pero todo el mundo sabía que el príncipe oriental tenía un harén con más de cien mujeres y de eso se trataba precisamente.
Para colmo, el sultán al que nos referimos no utilizaba nunca los servicios a que se supone destinada una dependencia de estas características, ya que le interesaban mucho más los canarios que las mujeres y, en lo que respecta a sus necesidades sexuales, eran más bien limitadas y prefería satisfacerlas con unos muchachos que tenía en palacio a ese efecto, y eso casi por compromiso y muy de cuando en cuando.
En resumen, las odaliscas estaban muertas de aburrimiento y ya no sabían ni qué ropa quitarse a lo largo de la interminable jornada. Había, eso sí, mucha variedad de mujeres en aquellos espaciosos salones y cuartos de baño, porque eso es casi obligado en un harén medianamente presentable. Un mercader sirio, concesionario en exclusiva para la provisión de recursos humanos del harén, se había ocupado de que no faltasen chicas de todos los tipos y colores, requisito indispensable según consta por las pinturas que, como aclaramos más arriba, constituyen la fuente de información más caracterizada y fiable.
Lógicamente había varias odaliscas del áfrica subsahariana, es decir, negras, porque este tipo de mujer luce mucho en el baño y agrada a los partidarios del erotismo por la tremenda, incluso llega a acomplejar, no se sabe por qué. No podían faltar las circasianas para contrastar con las chicas de color, circasianas blancas, casi lechosas y notablemente ampulosas de formas. Gustan mucho a los hombres de cierta edad y también son de mucho lucimiento sobre un diván tapizado en colores vivos. El sirio había conseguido el consabido par de gemelas, dos chicas de aspecto mediterráneo y algo pavisosas, pero de gran prestancia y efecto. El sirio se esmeraba todo lo que podía con sus clientes fijos. Claro que la pieza maestra del harén tenía que ser la media docena de japonesas, adquiridas en una liquidación de cierta casa de té por apremiante necesidad de liquidez de su propietario. Esas odaliscas eran muy modosas y tenían las tetas pequeñas pero una piel suave y delicada. Desde luego que no eran amarillas; no sé quién se habrá inventado eso de que las chinas y las japonesas son amarillas, qué estupidez.
Total, que había un montón de hetairas en el harén aquel y todas aburridas hasta más no poder, porque en realidad carecían de obligaciones y las posibilidades de diversión en un local cerrado son muy limitadas, por muy amplio que éste sea.
Luego estaba el problema de la alimentación, que, como vemos en las pinturas de diversos autores, se basaba fundamentalmente en frutas variadas. En los cuadros de odaliscas suele haber fruteros con uvas, naranjas, piñas americanas, melocotones y ocasionalmente dátiles. No hay un solo cuadro de odaliscas donde aparezca una fuente de croquetas, ni una cazuela de ajoarriero, ni un cordero asado. Parece ser que las odaliscas consumen grandes cantidades de fruta, lo cual resulta contradictorio con la abundancia de carnes que muestra la mayor parte de ellas, puesto que un régimen de este tipo es normalmente recomendado para la pérdida de peso. El consumo masivo de fruta tiene algunos inconvenientes, como el inevitable efecto laxante; pero, sobre todo, resulta monótono, de forma tal que el menú contribuía a fomentar el intenso aburrimiento que padecían todas ellas en el serrallo del sultán.
Fue una suerte que un buen día cierto eunuco especialmente servicial llegase de la calle con un cucurucho de pipas de girasol tostadas y se las ofreciera a las odaliscas muy educadamente. A todas les encantaron las pipas, más que nada por lo entretenido que es picotearlas y tirar las cáscaras al suelo. A partir de ese día comenzaron a entretenerse comiendo pipas, que traía el eunuco en grandes cantidades de la calle y distribuía entre las mujeres del harén. De esa manera no tuvieron que bañarse tantas veces, porque parte de su tiempo lo empleaban en el nuevo pasatiempo. Desde cualquier rincón de palacio se escuchaba el chasquido de las pipas entre los blancos dientes de las bellas odaliscas y el rumor de las cáscaras rebotando en los mármoles del suelo. Al sultán le extrañó un poco al principio, pero como estaba ocupado con sus canarios no le dio demasiada importancia.
Lo que resulta curioso es que ningún pintor de renombre haya plasmado en el lienzo una escena de harén con odaliscas comiendo pipas de girasol, pero sabido es cómo son los artistas de caprichosos y arbitrarios.

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