El
dominio de la peluquería y la cosmética no es una cosa de ayer por la mañana. A
veces pensamos que el cuidado del cabello y de la piel es un arte moderno y
propio de la cultura del ocio, que por lo visto es la nuestra, aunque hay que
echarle mucho optimismo para creérselo. No es cierto: los antiguos habitantes
de la Mesopotamia poseían conocimientos de altísimo nivel sobre estas
disciplinas tan apasionantes y sofisticadas, y no hay más que darse una vuelta
por cualquier museo arqueológico para comprobarlo. También se puede consultar
bibliografía, pero es más fatigoso y menos entretenido.
Los
reyes asirios, por ejemplo, incluso los del primer imperio con todo lo bestias
que eran, cuidaban meticulosamente sus barbas y cabelleras. Samsi-Adat I, allá
por el año 1800 a.C., estuvo a punto de llegar con retraso a varias batallas
importantes por tener hora en la peluquería. A Samsi-Adat I no le gustaba
presentarles batalla a los hititas con los pelos hechos un estropajo para que
luego fueran por ahí criticándole: “nos ha ganado la batalla, pero desde luego
iba arreglado de cualquier manera.”
Respecto
al cuidado de las pieles, los antiguos asirios habían llegado a unos niveles de
sofisticación nunca vistos en futuras generaciones. Particularmente sabían
tratar con esmero las pieles de sus enemigos, a los que desollaban vivos con
perfección inigualable y sin estropear la pelleja en la operación. Luego
exhibían con orgullo estas notables muestras de la artesanía local sobre las
murallas de sus ciudades para admiración de los turistas. Es una lástima que se
hayan perdido las técnicas de despellejamiento y conservación inventadas por
este pueblo admirable, porque los imbéciles de escribas, que producían
tablillas y más tablillas cargadas de datos sobre asuntos de escasa relevancia,
no se molestaron en elaborar un pequeño manual acerca de la obtención y
preparación de la piel humana decorativa.
Sobre
los cuidados capilares sólo hay una tabla de arcilla muy deteriorada y
demasiado reciente para el gusto de los asiriólogos, a los que cualquier
reliquia posterior al 900 a.C. les parece una ridiculez. Esa tablilla es del
imperio nuevo y trata de la barba de Teglatfalasar III, una verdadera obra de
arte como las barbas de todos sus antepasados y sucesores. Pese a lo que opinen
los rancios especialistas en la materia, en doce siglos de imperio algo habrían
mejorado las barbas y las tablillas; sería una incoherencia pensar que
Teglatfalasar I (el abuelo de Teglatfalasar III) fuese un rey más importante
sencillamente porque era más antiguo y siempre andaba a caballo. De hecho, la
única tablilla que se preocupa directamente de la barba del rey es debida a un
escriba anónimo de la corte de Teglatfalasar III, sucesor de Teglatfalasar II.
Esto de que los escribas no firmasen sus obras puede deberse a que les iba a
dar lo mismo firmarlas o no, porque parece probado que los derechos de autor y
las liquidaciones de los editores dejaban mucho que desear en aquella época.
Respecto a la obstinación en ponerles el mismo nombre: Teglatfalasar a todos
los reyes, se supone que es un mal endémico en las monarquías desde entonces
hasta la fecha.
Teglatfalasar
III tuvo gran cantidad de problemas con sus vecinos, como la mayor parte de los
reyes asirios. Sus vecinos eran muy impertinentes y no dejaban de incomodarle,
cosa que suele suceder en casi todas las comunidades, incluso en nuestros días,
con la diferencia de que si a un monarca asirio le molestaban los vecinos
disponía del recurso, hoy no tan practicable, de echarles el guante, hacerlos
despellejar meticulosamente y exhibir el producto en las murallas de Nínive. En
la actualidad a ningún presidente de una comunidad de vecinos le está permitido
desollar vivos a los miembros de la comunidad, por muy antipáticos que se
pongan. Sin embargo, las dificultades más serias que hubo de afrontar este rey
fueron debidas a su barba, como cuenta muy detalladamente la “Tablilla de la
barba del rey Teglatfalasar III”, afortunadamente transcrita antes de que un
chorizo de arqueólogo inglés se la llevara a su casa y un golfo de sobrino suyo
se la vendiese a un millonario de Arizona, que la tiene de adorno junto a una
cabeza de alce disecada.
La
famosa “tablilla de la barba” relata cómo un buen día la magnífica barba de
Teglatfalasar III comenzó a perder los rizos y a ponerse lacia. Al principio el
rey y su familia pensaron que era cosa de la extrema sequedad de aquella
estación y que se le pasaría enseguida, pero no fue así, y todos comenzaron a
alarmarse. Los peluqueros y peluqueras de palacio estuvieron horas y horas
intentando rizar la barba de Teglatfalasar, pero fue en vano. Llegaban por la
mañana al salón-peluquería real, sacaban los infiernillos y las pinzas de
rizar, encendían el fuego con huesos de aceituna para obtener la brasa adecuada
y preparaban los aceites de distintas sustancias: aceite de hojas de acanto
(eficacísimo), aceite de sésamo (muy aromático), aceite de hígado de bacalao
(nutritivo), aceite de cinamomo (original y sorprendente), aceite de anémona
marina (el colmo) y grasa de ciervo (especialmente pringosa). El rey llegaba
con la barba hecha unos zorros y todos se aplicaban a la faena, pero cuando ya
pensaban que el cliente estaba arreglado, la dichosa barba volvía a desrizarse
y presentaba de nuevo la apariencia de un asqueroso montón de estopa chorreando
grasa. Teglatfalasar III pedía que le pasaran el espejo, se miraba un momento,
montaba en cólera y mandaba desollar a los peluqueros y contratar otros nuevos.
Pasaban los desolladores y por lo menos el infeliz monarca se entretenía un
rato presenciando la operación y aplaudiendo los momentos más complicados de la
faena, pero muy pronto se sumía de nuevo en la melancolía más profunda hasta la
mañana siguiente.
Y como
es proverbial que las paredes tienen oídos y en palacio mucho más, la noticia
trascendió a la calle y el populacho comenzó a desmandarse y a meter la pata.
¿Quién iba a respetar la autoridad de un rey con una asquerosa barba lacia? La
gente se tomaba a cachondeo la autoridad real y les pintaban bigotes con corcho
quemado a los escribas y a los leones alados de seis patas sin el más mínimo
pudor. Lo peor fue cuando se enteraron los cimerios, hasta el momento
relativamente tranquilos en sus fronteras por amor a las propias pellejas. Los
cimerios eran un pueblo bárbaro que ni siquiera había descubierto el nombre
propio, así que comentaban entre ellos:
-
Oye, tú, cimerio: ¿te has enterado de lo de la
barba del hijoputa del rey de Asiria?
-
¡Vaya que sí, cimerio! Ahora podemos
aprovecharnos, tú.
-
Tú, cimerio, ¿y ya no podrá despellejarnos?
-
¡Qué va, cimerio! ¿Cómo va a despellejarnos un
tío con semejante barba, tú?
Los descendientes de los
cimerios, que son los rusos actuales se resarcirían siglos más tarde inventando
nombres propios larguísimos, como Pantileimon Prokofievich Otzupof para liar a las personas de otras
nacionalidades.
Pero, a lo que íbamos: los
conflictos internos y fronterizos se agudizaban día tras día y, como la gente
se acuerda de Santa Bárbara cuando truena, se pensó en escrutar los astros por
si ellos aclaraban qué se debía hacer en aquellas aflictivas circunstancias. El
problema estaba en que los reyes asirios son reyes-sacerdotes, como los tres
célebres reyes magos Melchor, Gaspar y Baltasar, de modo que quien se hubiera
tenido que encaramar al zigurat para realizar las consultas pertinentes,
hubiera sido el propio Teglatfalasar III. Pero éste no se atrevía a salir a la
calle con aquella facha de barba, así que mucho menos iba a trepar hasta lo
alto del zigurat para que le viera todo el pueblo y el ejército y comenzase de
nuevo la rechifla. Fue, entonces, preciso recurrir a una especie de monaguillos
o sacerdotes subalternos para que se ocupasen del complicado asunto de la barba
poniéndose en contacto con los astros.
Ellos no estaban de
acuerdo, se mostraban renuentes porque no les hacía maldita la gracia que un
eventual fracaso en sus predicciones les condujese directamente a las expertas
manos de los desolladores; pero cuando les informaron de que en caso de rehusar
la tarea encomendada, las afiladas cuchillas de despellejar se pondrían en
funcionamiento sin mayor dilación, optaron por trepar a la torre saltando los
escalones de dos en dos y se pusieron a la faena de inmediato.
Cuatro o cinco noches más
tarde, equivalentes a unas sesenta pieles de peluquero fracasado, los machacas
del rey sacerdote Teglatfalasar III bajaron del zigurat excitadísimos, pidieron
unas cervezas para humedecer las gargantas, resecas por la emoción, y
proclamaron:
-
¡Caracoles! ¡Hay que darle caracoles!
-
¿Pero que idiotez estáis diciendo? ¡Que vengan
los desolladores!
-
¡Que no, que es en serio, que lo han dicho los
astros bien clarito! ¡Hay que darle caracoles al rey!
-
¡Es verdad! ¡Palabra de honor! ¡Caracoles,
caracoles picantes!
-
Vale, vale, pero como no funcione, ya sabéis...
El jefe de la guardia
miraba de reojo a los desolladores, que merodeaban por allí manoseando sus
cuchillas distraídamente.
En resumen, que todo el
pueblo, incluidos los escribas, la guardia y los sacerdotes subalternos, se
esparció por los campos en busca de caracoles y que no quedó sin explorar una
sola mata en seis leguas a la redonda, de forma tal que al atardecer toda la
explanada de palacio estaba llena de cestas de cabrillas, muy abundantes en
aquella estación gracias a lo saludable de un ecosistema aún no contaminado por
la industria de los hidrocarburos. Los cocineros de palacio pusieron manos a la
obra y en poco tiempo bullían sobre sus fogones no menos de treinta cazuelillas
de caracoles sazonados con abundante guindilla y ajo que olían a gloria
bendita. Y si alguien se pregunta por qué no los habían purgado
convenientemente, diremos que porque había prisa y porque lo de purgar los
caracoles lo inventaron los occitanos siglos más tarde y porque los reyes
asirios no eran tan melindrosos como los ingleses, que no comen caracoles
purgados ni sin purgar porque les dan asco. ¡Pero cómo les pueden dar asco los
caracoles, si luego se comen las porquerías que se comen!
Teglatfalasar III ya
estaba preparado y puesto a la mesa con una gran servilleta de cuadros anudada
al cuello y su corcho con alfileritos clavados al lado de la barra del pan y
con su buena botella de vino recién descorchada. Naturalmente no tenía pinza de
caracoles, que es una horterada francesa impropia del buen gusto de un rey
caldeo, así que en cuanto le pusieron por delante la primera cazuela arremetió
a ella con los dedos y comenzó a comer caracoles sin parar, ya que por fortuna
le gustaban mucho, si estaban bien cocinados. En las salas de palacio los
cortesanos y en la explanada el humilde pueblo contaban los sorbetones y los
coreaba apasionadamente:
-
¡Uno, dos, tres, cuatro....veintisiete,
veintiocho...ciento dos!
Y es que el animal del rey
se atizó de una sentada ocho cazuelas de caracoles picantes, se comió toda la
barra de pan y no dejó ni una gota en la botella de vino. Pero mereció la pena,
puesto que ya desde la quinta cazuela la barba había comenzado a rizarse, y a
la séptima se derramaba en suntuosos bucles sobre la manchada servilleta. Eso
le puso muy contento y eructó con sonoridad tras limpiarse los dedos,
desafiante, en los recuperados tirabuzones de su magnífica barba rizada.
Muy grande fue el júbilo
en Nínive y el gran Teglatfalasar III ordenó grandes festejos para celebrar
acontecimento tan señero, entre los cuales no fue el menor el empalamiento y
desuello de cien cimerios escogidos entre los más gordos y lustrosos.
Todas estas cosas fueron
cuidadosamente recogidas y anotadas por el escriba anónimo autor de la
“Tablilla de la barba del rey”, hoy inaccesible a los estudiosos y eruditos por
hallarse expuesta en plan souvenir en un rancho de Nevada junto a la cabeza de
alce disecada, hecho francamente absurdo si se considera que el propietario del
rancho no sabe leer escritura cuneiforme y muy a duras penas lee los catálogos
de televenta que le llegan por correo.

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