lunes, 12 de marzo de 2018

¡SANGRE!

Gastropedia 11


El siglo pasado la gente tenía muchísimo tiempo. Es decir, la gente de la burguesía, que eran quienes mandaban por aquel entonces, tenía muchísimo tiempo. En realidad podríamos referirnos a la burguesía antes de la guerra del 1914 a 1918, cuando ya comenzó a torcerse el carro con la proletarización de todas las cosas.
Los mineros y las obreras del textil no tenían tiempo más que para arruinarse la salud trabajando como animales y, a lo sumo, agarrando alguna borrachera a base de alcoholes baratos. Sin embargo los señoritos tenían tiempo para todo, incluso si pertenecían a la mesocracia y no a la burguesía propiamente dicha. No hay más que ver la cantidad de banquetes que organizaban y los menús de esos banquetes, cuya publicación en las gacetas fue uno de los principales detonantes de la lucha de clases en sus formas más virulentas.
Si yo soy un albañil corriente alimentado de patatas con bacalao frías a pie de obra, no miraré con muy buenos ojos a personas que asisten a un banquete con obispo y todo en el que se sirven no menos de cinco platos: entremeses variados, timbal de langostinos, vichysoisse, langosta thermidor,  popietas de solomillo de buey al armañac, pollo trufado maître d’hotel, liègeoise, nueces confitadas en flambé de moka...Lo de la famélica legión no se les ocurrió a los proletarios en plan metáfora, ni muchísimo menos. También es que los proletarios no se hacían cargo de que en una de esas comilonas había que chuparse un montón de discursos, pero este hecho sólo viene a redundar en la tesis principal: los burgueses tenían muchísimo tiempo, porque entre ponerse morados de pato a la naranja y oir a dos académicos, un diputado, el obispo de marras y algún orador más, el banquete podía ponerse tranquilamente en las cuatro o cinco horas.
Por ese motivo las novelas de aquella época son enormemente gordas, porque las señoras de los asistentes a los banquetes necesitaban matar muchísimo tiempo. Ellos no leían gran cosa, a causa de unas digestiones verdaderamente infernales, pero ellas sí, ellas leían bastante. La novela “Drácula” del irlandés Bram Stoker fue publicada 1897 y era una novela gótica, género extraordinariamente retórico que estaba de moda por aquellos años. El bueno de Stoker se vió obligado a escribir muchas más páginas de las necesarias para poder vender su libro y así comprar patatas. El público burgués aficionado a las estúpidas novelas góticas hubiera rechazado cualquier cosa que no fuera un auténtico mamotreto y Bram Stoker no hubiera podido comer patatas.
Indudablemente su relato es excesivamente cargado por esas razones y en la actualidad podía haber sido resuelto con más agilidad y menos rollo.
Partamos de la situación, que no es mala en sí y tiene aprovechamiento literario: Jonathan Harker, efectivamente, llega engatusado por el conde Drácula al famoso castillo Transilvano. Él es un agente inmobiliario normal que quiere hacer su negocio sacándole las entrañas al cliente, como haría cualquier agente inmobiliario normal; Drácula es un vampiro normal que lo que quiere es alimentarse de sangre por las noches; de hecho ya se ha nutrido con sangre de chicas jóvenes. Ésta es la parte más morbosa de la historia, ya que la mayor parte de los vampiros literarios manifiesta una marcada preferencia por las jovencitas, lo cual es una suerte para el escritor, que sabe de sobra que sin una pizca de sexo no vale la pena querer colocar sus novelas. Sin embargo, el conde vampírico tampoco le hace ascos al juvenil pescuezo de su huésped, momento delicado de la obra, ya que muestra una cierta faceta bisexual en Drácula, que aparece sublimada a través de sus hábitos alimenticios. Hasta ahí, de acuerdo.
Sin embargo el exceso de páginas demandadas obligó a Stoker a programar un viaje de Drácula a través de Europa que realmente resulta innecesario. Una mayor economía verbal aconsejaría no cambiar de escenario la situación y dejar que la cosa suceda siempre en el propio castillo de Drácula, lo que, por añadidura, abarataría los costes de una posible versión cinematográfica.
Por otra parte, iniciaremos el relato ex –abrupto, eliminando todos los molestos preámbulos y comenzando cuando Harker ya ha llegado al castillo del conde y va a sentarse a la mesa del comedor invitado por éste. Sabemos que Drácula no tiene una gran despensa, a causa de su singular régimen de comidas, de forma tal que farfulla algunas excusas ante su invitado:
-          Bueno, el caso es que es sábado y la cocinera tiene la tarde libre...¡Qué compromiso tan desagradable!... Le presento mis excusas, amigo. Vamos a ver si hay algo frío en la alacena...En fin, usted sabrá disculparme.
Jonathan Harker es un hombre práctico, un hombre de negocios y un empleado eficiente y previsor.
-          Permítame.
Dice.
-          Permítame.
Y entonces echa mano de su maletín donde ha prevenido algo de merienda para el camino, por si la alimentación rumana no prueba a su estómago acostumbrado a un horario y a un determinado tipo de comida, y ha hecho muy bien, porque la comida rumana es fuerte y contiene grandes cantidades de pimentón y ajo. Además, como en aquel entonces la Transilvania pertenecía al imperio austrohúngaro era casi obligado comer páprika a diario, con el evidente riesgo de diarreas provocadas por la mezcla de pimentón picante y nata ( a quién se le ocurre).
Pues bien, sin ánimo de enmendarle la plana a Stoker, el agente inmobiliario saca de su maletín una libra de pan y unas morcillas. ¿Qué por qué tenía morcillas Jonathan Archer? Pues muy sencillo, porque le gustaban mucho las morcillas y enriquecía la dieta normal a base de patatas con unas morcillas. Precisamente llevaba algunas en su maletín y las pone encima de la mesa perfectamente conservadas gracias a las bajas temperaturas reinantes en el invierno centroeuropeo.
-          ¡Caramba, amigo! Sí que trae usted unas salchichas de extraña apariencia.
Dice el Conde Drácula.
-          No son salchichas, señor. Se parecen a las salchichas, pero esta semejanza sólo es formal. Se trata de productos de charcutería, señor, pero no de salchichas.
-          ¿Entonces?
-          Bien, señor: sangre. Es un tipo de embutido hecho con sangre.
Harker ha tomado un cuchillo y corta la morcilla seca sobre su rebanada de pan. El conde tiene un extraño fulgor en sus brillantes ojos orlados de profundas ojeras. Exclama:
-          ¡Sangre!
-          Efectivamente, señor, sangre. Se conserva perfectamente de esta manera y es muy sabrosa.
-          ¡Lo que es el progreso! ¡Nunca se me hubiera ocurrido!
Las ideas y los recuerdos se agolpan en el cerebro del aristócrata transilvano. Noches de angustia en busca de sangre con que alimentarse, etapas de carencia...Aquella ocasión en que intentó saciarse con el cuello exangüe de un equipo rumano de gimnasia rítmica y descubrió que el tratamiento hormonal había reducido casi a la nada el torrente circulatorio de las pobres chicas. ¡Si él hubiera sabido! Una sombra de alarma cruza por su mirada cuando alargaba su mano trémula hacia las morcillas de Harker:
-          No les pondrán ajo...Aquí los campesinos les ponen muchísimo ajo a sus salchichones.
-          Nada de eso, señor: ora cebolla, ora arroz. Ajo, señor, en modo alguno. ¿Quiere probar el señor conde?
-          Si usted insiste...
Pero ya Drácula mordía ansiosamente una morcilla con sus afilados caninos.
-          ¿Son de su agrado señor?
-          ¿De mi agrado? ¡Esto está de puta madre!
No era frecuente que el Conde Drácula perdiese la compostura de aquel modo, pero es que una vida nueva acaba de mostrársele con infernal nitidez. Nada de viaje a occidente, nada de incómoda travesía en un ataúd dentro de la bodega de un barco, nada de zozobra nocturna en busca de pescuezos no siempre tan limpios como sería deseable...
-          ¿Sabe amigo Harker? Tal vez cambiemos un poco el tipo de negocio que pensábamos hacer. Veamos: ¿con qué frecuencia y a qué `precio puede hacerme llegar remesas de este producto?
Jonathan Harker hace números mentalmente mientras se limpia la boca con una punta del ajado mantel de finísimo lino.

* * * * *
            De este modo hemos simplificado el relato, poniéndolo al alcance del lector moderno que, como sabemos, es casi un analfabeto funcional incapaz de tragarse las quinientas páginas de un pestiño de novela gótica. Seguro que Bram Stoker nos agradecería que le hubiésemos resuelto la papeleta con tanta facilidad.

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