Gastropedia 5
A veces Homero,
efectivamente, se despista. Esto no tiene nada de particular y no hay por qué
reprochárselo en un tono áspero o desabrido; y mucho menos dejarlo en un
proverbio latino para que toda la humanidad se entere y acabe tomando a Homero
por el pito del sereno.
Sin embargo, es verdad que
se distrae, vamos, que se le va el santo al cielo. Parece mentira, un hombre
tan inteligente y tan bueno escribiendo, cómo hay ocasiones en las que parece estar
en Babia. Leyendo algunos pasajes de Homero, da la impresión de que Homero
fuese tonto, porque, con el debido respeto, es que disparata. Uno piensa: pero,
bueno, ¿es que este Homero es gilipolllas, o qué pasa aquí? En esos momentos
Homero larga idioteces morrocotudas y parece un reblandecido mental, como si le
hubiera dado un aire de pequeñito y se hubiera quedado imbécil de por vida. Eso
es.
Los fallos más garrafales
de Homero se producen ya nada más comenzar la Odisea; pero no cuando los
pretendientes andan a la greña, empeñadísimos en tirarse a Penélope, que eso es
normal porque debió de ser una real hembra; ni cuando Telémaco está mosqueado
con la situación, porque también es lógico que el muchacho se impacientase al
ver cómo se le manducaban la herencia por toda la cara. Los errores parecen
surgir más bien cuando Ulises está emperrado en volverse a Ítaca.
Cualquiera que haya visto
Ítaca tiene que darse cuenta de que nadie en su sano juicio tendría ganas de
vivir en semejante islote pelado, un montón de pedruscos y cagadas de cabra en
mitad del mar. Alguien dirá que Ulises era rey de Ítaca, pero ese no es un
argumento de peso. La mínima importancia del cargo es evidente, porque ser hoy
en día alcalde de Fuenlabrada o de Tudela da mucho más poder y más presupuesto
que ostentar la corona de Ítaca en la Grecia antigua. Ser rey de Ítaca era algo
así como ser alcalde pedaneo de una aldea gallega, para que nos vayamos
haciendo una idea.
A partir de ahí, cabe
esperar que Homero se lance de disparate en disparate a lo largo de su relato,
con lo cual podemos explicarnos las inexactitudes que encierra el pasaje en que
el héroe se encuentra con el porquero Eumeo.
Presentar a Eumeo como un
hombre tosco y carente de iniciativa es francamente injusto. De hecho, cuando
Ulises llegó muerto de hambre y hecho una piltrafa a la moderna alquería de
Eumeo, éste se hallaba en plena tarea de inventar los botillos, aunque no
acababa de entender qué le faltaba a su invento para que resultase plenamente
satisfactorio. Había adobado los restos de la matanza con pimentón picante, y
hasta ahí, bien; había rellenado la tripa más gorda con la mezcla:
perfectamente; había atado y colgado el producto convenientemente protegido con
sal y pimentón de una viga sobre el hogar para ahumarlo...sin problema. El
momento culminante de cocer y consumir el producto había resultado casi un
éxito, porque a Eumeo se le ocurrió que aquello tenía que estar bueno hervido
con coles, y así lo había hecho; pero a la tercera o cuarta prueba, decidió que
allí faltaba algo; no sabía qué, pero algo faltaba. Evidentemente se trataba de
las patatas, que todavía no se habían inventado, pero eso Eumeo se sentía algo
frustrado, porque él no podía saber que el dichoso tubérculo no aparecería en
Europa hasta el siglo XVI después de Cristo; ni siquiera tenía una remota idea
de quién iba a ser Cristo. El caso es que casi estaba a punto de abandonar su
experimento, dato que cuadra con el natural perfeccionismo de los porqueros
griegos de la época, y entonces fue cuando vio aproximarse a un hombre de muy
mal aspecto, que trepaba por los riscos casi desnudo.
Se trataba del vaina de
Ulises, que había abandonado tontamente el sabroso lecho de la maga para
lanzarse al mar de nuevo a riesgo de sufrir la suerte habitual en él: un naufragio.
Ulises no escarmentaba y se empeñaba en seguir navegando a pesar de que cada
vez que pisaba una cubierta, ya se sabía lo que iba a pasar: barco a pique con
grandes pérdidas humanas y materiales. Nadie entenderá cómo Homero hace pasar a
Odiseo por hombre astutísimo; si hubiera sido tan perspicaz, no se habría
encabezonado con lo de embarcarse, cuando sabía de sobra que eso no era lo suyo
y que sus cruceros acababan indefectiblemente en desastre.
El caso es que aquel
desarrapado seguía acercándose y Eumeo soltó el botillo en el agua hirviente y
echó mano a un garrote que tenía habitualmente prevenido para disuadir a los
visitantes no deseados, pero pronto advirtió que un sujeto tan flaco y débil no
constituía peligro alguno y, en cambio, si le daba algo de comer, podía
utilizarlo para que le ayudase a limpiar las cochiqueras a cambio de casi nada.
Así que dejó el garrote apoyado en la pared y le invitó a sentarse. Pensaba
que, ya que iba a tirar el botillo, mejor sería aprovecharlo alimentando al aquel
infeliz. Luego lo pondría a trabajar. Él no estaba satisfecho con el embutido
que acababa de inventar, porque lo de la patata le traía a mal traer. Años más
tarde un viajero astur se llevó los botillos que le quedaban a Eumeo y vaya si
les sacó partido. Este desconocido viajero era natural de un castro muy fuerte
y bien cuidado que luego tomaron los romanos por la fuerza y le pusieron de
nombre “Asturica”; pero los romanos acabaron volviéndose a Roma, porque tenían
el colesterol y el ácido úrico por las nubes a consecuencia de la dieta local.
Todo esto son
divagaciones, porque habíamos dejado a Ulises sentado cerca de la olla donde
hervía el botillo preguntando con insistencia si aquello iba a tardar mucho en
estar listo, porque traía una gazuza espantosa. Eumeo le dio unos mendrugos
para que fuese mojando en el caldo y se puso a hacer las consabidas preguntas
impertinentes que todos los griegos hacían a sus visitas. Como era una
descortesía no contestar y eso te podía costar la comida, Ulises inventó una sarta
de mentiras sin quitar el ojo de la pota y mojando pan en el caldo a riesgo de
achicharrarse el paladar. Eumeo hizo como que se lo creía todo, y entre que sí
y entre que no el botillo acabó de cocerse con sus coles y el porquero lo sacó
a un plato de barro para que el hambriento aquel dejara de contar trolas como
castillos, comiese y pudiera ponerlo a limpiar las cochiqueras.
Por cierto que Eumeo había
descubierto, eso sí, cómo organizar la cocción del botillo, pese a la ausencia
deplorable del tubérculo complementario. Primero hervía en agua el rollizo
embutido durante un buen rato. Cuando ya lo veía casi tierno, desechaba el agua
y lo ponía a cocer de nuevo con agua fresca y ponía las coles, ora en el agua
misma, ora por separado, pero nunca dejaba el agua del principio, porque
aquello se ponía muy fuerte. A Ulises le hubiera dado lo mismo, como si le
ponen un cerdo crudo, pero Eumeo era una persona muy meticulosa y cuidaba mucho
esos detalles.
Cuando el científico y
sensible rústico vio al extranjero (eso se creía él) lanzarse como un lobo
sobre el humeante plato, pensó dos cosas a la vez:
“Se va a achicharrar o se
va a partir un diente con las costillas de cerdo”
“¡Este es el animal del
señorito, no puede ser otro!”
Acertaba en ambas
hipótesis, pues Ulises se abrasó y se fastidió un colmillo, porque era un
ansioso de todos los demonios, como muy bien sabía su antiguo servidor, que aún
recordaba perfectamente cuando de niño el señorito se ponía enfermo de comer
ciruelas verdes y uvas en agraz. Nunca tenía paciencia para esperar a que
madurasen, y se agarraba unos cólicos de no te menees.
La siguiente consideración
de Eumeo fue que allí se iba a armar la parda, en cuanto que el otro viera el
plan que se traían los pretendientes de Penélope, porque sabía de sobra cómo
funcionaba el sentido del honor entre los llamados “aristoi” o nobles. El
concepto de honor a Eumeo, persona progresista y afín a las ideas nuevas,
siempre le había parecido un disparate, un capricho de la decadente clase
ociosa de los señores. Por eso le preocupó el retorno de Ulises y sus
previsibles consecuencias sangrientas. Además, como él solía decir: “juegan los
arrieros y pagan los burros”.
En tanto el sensato
porquero se entregaba a estas cogitaciones, el rey de Ítaca seguía atracándose
de botillos, cuya grasa envuelta en pimentón resbalaba generosamente por su
descuidada barba. Como ya se sentía muy recuperado, recuperó su carácter
imperioso y despótico, lo que manifestó exigiendo vino a grito pelado. Y esto
fue lo que a Eumeo le puso en la pista de una solución para el caso, porque se
apresuró a sacar un pellejo de vino de excelente calidad y se lo ofreció a
Ulises, quien se echó al coleto media azumbre sin molestarse siquiera en
limpiarse los morros. Al poco rato, el retornado dormía a pierna suelta.
Ese era el momento que el
porquero de Ulises esperaba para salir pitando y así evitarse muchos problemas.
Llamó a sus cerdos con un cuerno muy bueno que tenía, tomó el bastón, se puso
el sombrero y salió arreando por una trocha que conocía perfectamente seguido
por su excelente piara. Eumeo no paró hasta la casa de unos parientes suyos que
vivían en el monte y a quienes encomendó el cuidado de los gorrinos con la
recomendación de que sólo sacrificasen los necesarios para la manutención de la
familia. Luego se embarcó en una barca que salía precisamente hacia Corinto y
nadie le vio el pelo por Ítaca nunca más.
Lo que hiciera más tarde
Ulises con los pretendientes y con su señora y con su niño no fue cosa suya, ni
tuvo nada que ver con semejante disparate. Vaya si Homero cuenta mentiras como
puños de vez en cuando. Menudo pájaro estaba hecho el tal Homero.

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