sábado, 3 de marzo de 2018

YA EN ÍTACA (De vez en cuando Homero se adormila)

Gastropedia 5
A veces Homero, efectivamente, se despista. Esto no tiene nada de particular y no hay por qué reprochárselo en un tono áspero o desabrido; y mucho menos dejarlo en un proverbio latino para que toda la humanidad se entere y acabe tomando a Homero por el pito del sereno.
Sin embargo, es verdad que se distrae, vamos, que se le va el santo al cielo. Parece mentira, un hombre tan inteligente y tan bueno escribiendo, cómo hay ocasiones en las que parece estar en Babia. Leyendo algunos pasajes de Homero, da la impresión de que Homero fuese tonto, porque, con el debido respeto, es que disparata. Uno piensa: pero, bueno, ¿es que este Homero es gilipolllas, o qué pasa aquí? En esos momentos Homero larga idioteces morrocotudas y parece un reblandecido mental, como si le hubiera dado un aire de pequeñito y se hubiera quedado imbécil de por vida. Eso es.
Los fallos más garrafales de Homero se producen ya nada más comenzar la Odisea; pero no cuando los pretendientes andan a la greña, empeñadísimos en tirarse a Penélope, que eso es normal porque debió de ser una real hembra; ni cuando Telémaco está mosqueado con la situación, porque también es lógico que el muchacho se impacientase al ver cómo se le manducaban la herencia por toda la cara. Los errores parecen surgir más bien cuando Ulises está emperrado en volverse a Ítaca.
Cualquiera que haya visto Ítaca tiene que darse cuenta de que nadie en su sano juicio tendría ganas de vivir en semejante islote pelado, un montón de pedruscos y cagadas de cabra en mitad del mar. Alguien dirá que Ulises era rey de Ítaca, pero ese no es un argumento de peso. La mínima importancia del cargo es evidente, porque ser hoy en día alcalde de Fuenlabrada o de Tudela da mucho más poder y más presupuesto que ostentar la corona de Ítaca en la Grecia antigua. Ser rey de Ítaca era algo así como ser alcalde pedaneo de una aldea gallega, para que nos vayamos haciendo una idea.
A partir de ahí, cabe esperar que Homero se lance de disparate en disparate a lo largo de su relato, con lo cual podemos explicarnos las inexactitudes que encierra el pasaje en que el héroe se encuentra con el porquero Eumeo.
Presentar a Eumeo como un hombre tosco y carente de iniciativa es francamente injusto. De hecho, cuando Ulises llegó muerto de hambre y hecho una piltrafa a la moderna alquería de Eumeo, éste se hallaba en plena tarea de inventar los botillos, aunque no acababa de entender qué le faltaba a su invento para que resultase plenamente satisfactorio. Había adobado los restos de la matanza con pimentón picante, y hasta ahí, bien; había rellenado la tripa más gorda con la mezcla: perfectamente; había atado y colgado el producto convenientemente protegido con sal y pimentón de una viga sobre el hogar para ahumarlo...sin problema. El momento culminante de cocer y consumir el producto había resultado casi un éxito, porque a Eumeo se le ocurrió que aquello tenía que estar bueno hervido con coles, y así lo había hecho; pero a la tercera o cuarta prueba, decidió que allí faltaba algo; no sabía qué, pero algo faltaba. Evidentemente se trataba de las patatas, que todavía no se habían inventado, pero eso Eumeo se sentía algo frustrado, porque él no podía saber que el dichoso tubérculo no aparecería en Europa hasta el siglo XVI después de Cristo; ni siquiera tenía una remota idea de quién iba a ser Cristo. El caso es que casi estaba a punto de abandonar su experimento, dato que cuadra con el natural perfeccionismo de los porqueros griegos de la época, y entonces fue cuando vio aproximarse a un hombre de muy mal aspecto, que trepaba por los riscos casi desnudo.
Se trataba del vaina de Ulises, que había abandonado tontamente el sabroso lecho de la maga para lanzarse al mar de nuevo a riesgo de sufrir la suerte habitual en él: un naufragio. Ulises no escarmentaba y se empeñaba en seguir navegando a pesar de que cada vez que pisaba una cubierta, ya se sabía lo que iba a pasar: barco a pique con grandes pérdidas humanas y materiales. Nadie entenderá cómo Homero hace pasar a Odiseo por hombre astutísimo; si hubiera sido tan perspicaz, no se habría encabezonado con lo de embarcarse, cuando sabía de sobra que eso no era lo suyo y que sus cruceros acababan indefectiblemente en desastre.
El caso es que aquel desarrapado seguía acercándose y Eumeo soltó el botillo en el agua hirviente y echó mano a un garrote que tenía habitualmente prevenido para disuadir a los visitantes no deseados, pero pronto advirtió que un sujeto tan flaco y débil no constituía peligro alguno y, en cambio, si le daba algo de comer, podía utilizarlo para que le ayudase a limpiar las cochiqueras a cambio de casi nada. Así que dejó el garrote apoyado en la pared y le invitó a sentarse. Pensaba que, ya que iba a tirar el botillo, mejor sería aprovecharlo alimentando al aquel infeliz. Luego lo pondría a trabajar. Él no estaba satisfecho con el embutido que acababa de inventar, porque lo de la patata le traía a mal traer. Años más tarde un viajero astur se llevó los botillos que le quedaban a Eumeo y vaya si les sacó partido. Este desconocido viajero era natural de un castro muy fuerte y bien cuidado que luego tomaron los romanos por la fuerza y le pusieron de nombre “Asturica”; pero los romanos acabaron volviéndose a Roma, porque tenían el colesterol y el ácido úrico por las nubes a consecuencia de la dieta local.
Todo esto son divagaciones, porque habíamos dejado a Ulises sentado cerca de la olla donde hervía el botillo preguntando con insistencia si aquello iba a tardar mucho en estar listo, porque traía una gazuza espantosa. Eumeo le dio unos mendrugos para que fuese mojando en el caldo y se puso a hacer las consabidas preguntas impertinentes que todos los griegos hacían a sus visitas. Como era una descortesía no contestar y eso te podía costar la comida, Ulises inventó una sarta de mentiras sin quitar el ojo de la pota y mojando pan en el caldo a riesgo de achicharrarse el paladar. Eumeo hizo como que se lo creía todo, y entre que sí y entre que no el botillo acabó de cocerse con sus coles y el porquero lo sacó a un plato de barro para que el hambriento aquel dejara de contar trolas como castillos, comiese y pudiera ponerlo a limpiar las cochiqueras.
Por cierto que Eumeo había descubierto, eso sí, cómo organizar la cocción del botillo, pese a la ausencia deplorable del tubérculo complementario. Primero hervía en agua el rollizo embutido durante un buen rato. Cuando ya lo veía casi tierno, desechaba el agua y lo ponía a cocer de nuevo con agua fresca y ponía las coles, ora en el agua misma, ora por separado, pero nunca dejaba el agua del principio, porque aquello se ponía muy fuerte. A Ulises le hubiera dado lo mismo, como si le ponen un cerdo crudo, pero Eumeo era una persona muy meticulosa y cuidaba mucho esos detalles.
Cuando el científico y sensible rústico vio al extranjero (eso se creía él) lanzarse como un lobo sobre el humeante plato, pensó dos cosas a la vez:
“Se va a achicharrar o se va a partir un diente con las costillas de cerdo”
“¡Este es el animal del señorito, no puede ser otro!”
Acertaba en ambas hipótesis, pues Ulises se abrasó y se fastidió un colmillo, porque era un ansioso de todos los demonios, como muy bien sabía su antiguo servidor, que aún recordaba perfectamente cuando de niño el señorito se ponía enfermo de comer ciruelas verdes y uvas en agraz. Nunca tenía paciencia para esperar a que madurasen, y se agarraba unos cólicos de no te menees.
La siguiente consideración de Eumeo fue que allí se iba a armar la parda, en cuanto que el otro viera el plan que se traían los pretendientes de Penélope, porque sabía de sobra cómo funcionaba el sentido del honor entre los llamados “aristoi” o nobles. El concepto de honor a Eumeo, persona progresista y afín a las ideas nuevas, siempre le había parecido un disparate, un capricho de la decadente clase ociosa de los señores. Por eso le preocupó el retorno de Ulises y sus previsibles consecuencias sangrientas. Además, como él solía decir: “juegan los arrieros y pagan los burros”.
En tanto el sensato porquero se entregaba a estas cogitaciones, el rey de Ítaca seguía atracándose de botillos, cuya grasa envuelta en pimentón resbalaba generosamente por su descuidada barba. Como ya se sentía muy recuperado, recuperó su carácter imperioso y despótico, lo que manifestó exigiendo vino a grito pelado. Y esto fue lo que a Eumeo le puso en la pista de una solución para el caso, porque se apresuró a sacar un pellejo de vino de excelente calidad y se lo ofreció a Ulises, quien se echó al coleto media azumbre sin molestarse siquiera en limpiarse los morros. Al poco rato, el retornado dormía a pierna suelta.
Ese era el momento que el porquero de Ulises esperaba para salir pitando y así evitarse muchos problemas. Llamó a sus cerdos con un cuerno muy bueno que tenía, tomó el bastón, se puso el sombrero y salió arreando por una trocha que conocía perfectamente seguido por su excelente piara. Eumeo no paró hasta la casa de unos parientes suyos que vivían en el monte y a quienes encomendó el cuidado de los gorrinos con la recomendación de que sólo sacrificasen los necesarios para la manutención de la familia. Luego se embarcó en una barca que salía precisamente hacia Corinto y nadie le vio el pelo por Ítaca nunca más.
Lo que hiciera más tarde Ulises con los pretendientes y con su señora y con su niño no fue cosa suya, ni tuvo nada que ver con semejante disparate. Vaya si Homero cuenta mentiras como puños de vez en cuando. Menudo pájaro estaba hecho el tal Homero.

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