gastropedia 9
Las plantas no
siempre son saludables. Hay plantas que sí lo son, como por ejemplo el repollo,
aunque ocasionalmente pueda originar un poco de aerofagia. También es saludable
el aguacate preparado en distintas formas, y algunas infusiones, aunque no
todas resultan agradables al paladar. El café se puede mezclar con leche (y
entonces se llama café con leche) o puede consumirse solo, pero excesivamente
concentrado afecta al sistema nervioso, salvo si uno ha nacido en Italia. La
amapola real es muy buena para dormir a los niños y el enebro suelta unas bayas
que, debidamente procesadas, sirven para hacer con ellas gintonic.
El cannabis va
en gustos y opiniones, porque Santa Teresa de Jesús lo reputaba de excelente
medicina, en tanto que la Policía Municipal opina todo lo contrario, en lo cual
coincide con las autoridades educativas. Por lo que respecta a la absenta, que
Jenofonte encontró muy abundante a lo largo de su famosa excursión en grupo,
tiene un sabor amargo y sin embargo es muy apreciada por los artistas malditos
y sus amistades. El rábano, en cambio, posee excelentes cualidades carminativas
y no es amargo, como la absenta, pero sí picantillo.
Don José
Celestino Mutis sabía mucho de plantas y por ese motivo tiene una calle en
Cádiz, su tierra natal. Don José Celestino Mutis cenaba verdura casi todas las
noches, y eso le mantenía a salvo del colesterol y del ácido úrico, pero no se
fumaba el cannabis ni se metía opiáceas por la nariz, porque sabía muy bien a
lo que se arriesgaba. Respecto a la flor del loto, no le hacía caso alguno,
porque su dedicación a la botánica se hubiera ido al carajo a consecuencia de
una inevitable pérdida de memoria. Las personas que comen loto acaban con la
cabeza a pájaros y nunca se acuerdan de dónde han dejado sus cosas, según es
sabido desde hace muchos años.
La flor de loto
es, por otro lado, una plantita muy estimada por algunos orientales,
circunstancia que aprovechó el pintor Ts’ien Xuan para ponerse las botas
pintando cuadros de lotos, como esas señoritas inglesas victorianas que
pintaban ramilletes de flores enormemente cursis, pero cobrando; porque Ts’ien
Xuan era chino y los chinos ya en el siglo XIII eran tan buenos comerciantes
como ahora. El astuto pintor se puso de acuerdo con un charlatán de feria
japonés que se llamaba Nichiren para que inventase la sutra del loto y
convenciese a sus contemporáneos de que en el loto reside toda la verdad, de
forma que a Ts’ien Xuan le quitaban los cuadritos de lotos de las manos y luego
se repartían el dinero él y su compinche el japonés Nichiren. Tenían todo muy
bien organizado, ya que el laborioso chino se ocupaba de producir género en
abundancia y el japonés llevaba la promoción del artículo, que es lo que se le
daba mejor.
El dios védico
Surya también andaba siempre paseándose en carro con un loto en cada mano, pero
no se los comía porque hubiera perdido la memoria y el sol cada día hubiera
salido a una hora distinta, lo cual es muy inconveniente para las horas de
apertura del comercio y para el sueño de los bebés.
Otro dios, el
famoso Brahma, nació de un loto que le salió en el ombligo a Vishnú. Al
principio pensó que eran hongos, pero no, era un loto hermosísimo del que
surgió el que faltaba para la trimurti, que es como les llamaban a ellos dos y
a Siva cuando salían juntos de parranda:
-
¡Anda, ya está ahí la trimurti!
-
¡Esta noche la lían!
Brama tenía
cuatro caras porque tenía muy mala memoria por razones de nacimiento y nunca se
acordaba de qué cara era la suya. Ahí es donde coinciden la tradición oriental
y la occidental, que para algo somos todos indoeuropeos, qué joder.
Pues, yendo al
caso, a la ninfa Lotis se la comieron unos desarrapados de aqueos, y en el
pecado llevaron su penitencia, como se verá.
La ninfa Lotis,
como todas sus congéneres, era una pendoncilla provocativa, a quien, pese a su
corta edad, le encantaba calentarles la bragueta a los humanos, a los dioses y
a los héroes. En cuanto que su madre y las amigas de su madre se descuidaban,
la niña ya se había puesto a bañarse en pelota por los manantiales, las fuentes
y los arroyos. Otras veces andaba en cueros porque sí, porque le gustaba
provocar y ya está. Pero tanto va el cántaro a la fuente..., y un día tuvo que
dar con la horma de su zapato, topándose nada menos que con Príapo.
Qué vamos a
contar de Príapo que no sepa todo el mundo, y el que no lo sepa, que se de una
vuelta por los museos, y allí donde se amontone un grupo de turistas maduras
entre risitas y murmullos va a encontrarse con la estatua de un dios griego con
un pedazo de cipote como un templo. Bueno, pues ese era Príapo: un dios griego
con un cacho de nabo como un castillo, o sea que poseía un pene de admirables
proporciones.
A Príapo le puso
a cien ver a la ninfa chapoteando a pelo en una fuentecilla, y como en aquel
entonces no se perdía mucho tiempo saliendo antes a cenar o asistiendo a un
espectáculo de ballet moderno, se fue derecho a por ella. Lotis, que no era
ninguna santa y había quedado gratamente impresionada por las buenas prendas de
su galán ocasional, pensó que valía la pena darle un poco de salsa y colorido a
la situación, así que fingió asustarse y salió corriendo mientras miraba de
reojillo aquel portento que se balanceaba a proa de su perseguidor.
-
¡A que no me pillas, a que no me pillas!
Esa original e
ingeniosísima frase salía de los labios de la coquetuela cuando se produjo el
percance. La estrecha de Artemisa, que andaba por allí hecha una calamidad como
de costumbre y sudando porque había andado de caza toda la mañana, reparó en la
juerga que se traían aquellos dos desvergonzados y, abusando de su condición de
diosa, hizo que Lotis se cayese a un estanque y se convirtiese en loto, como su
propio nombre obliga; no se iba a convertir en coliflor, cuando se llamaba
Lotis, y además la coliflor no es una planta acuática. Total, que la pobre
chica pasó a la condición de vegetal por un simple devaneo, y el desazonado
Príapo se quedó al borde del estanque meneándosela como un babuino.
Esta
es la primera parte de la historia, la menos desagradable.
La
segunda parte es que unos marineros griegos horriblemente zafios y peleones
venían de saquear una bonita ciudad del Asia menor, porque la piratería no
estaba perseguida entonces por las leyes internacionales, y acertaron a
desembarcar para hacer aguada en las costas de la Libia septentrional, justo
donde Lotis se aburría como un hongo en el estanque donde la había arrojado la
intransigencia sexual de Artemisa. Eran sujetos rudos y de paladar poco
refinado, capaces de comerse una vaca a medio asar o de sustentarse con un
puñado de bellotas si no encontraban cosa mejor que echarse a la boca. Como
venían deseosos de fruta o de verdura fresca, y muy hartos de la dieta a base
de galletas secas y tasajo que comían a bordo, la emprendieron con cualquier
cosa vegetal medianamente comestible que creciera por aquellos alrededores y,
claro, cómo no iban a reparar en aquella especie de ensalada acuática tan
fresca y apetitosa, la que presentaban Lotis y los lotos normales que convivían
en el estanque: se las zamparon a puñados sin ninguna especie de etiqueta.
Así
acabó la desdichada y liviana ninfa, en el abultado y velludo estómago de un
animal de marinero aqueo.
Pero,
como decíamos, en el pecado llevaron su penitencia, porque de repente empezaron
a perder la chaveta y no se acordaban de nada:
-
¡Eh, tú! ¿A qué hora teníamos que volver a
bordo?
-
¿A qué bordo? Yo a usted no le conozco de nada,
aunque su cara me suena.
-
¿Cuál es la capital de Lacedemonia?
-
Espera, lo tengo en la punta de la lengua.
-
¿De qué me suena a mi el nombre de Ulises?
-
¿Quién puso la cantimplora del vino a remojar?
No la encuentro por ninguna parte.
-
Pero si fuiste tú el que la puso a remojar ¿O
fui yo? ¡Qué cabeza la mía!
Ellos no se daban cuenta
de que si comes loto pierdes por completo la memoria y, si te pegas un atracón
de loto, ya es que no das una.
Lo que sí fue
una lástima es que Príapo no alcanzase a tiempo a la ninfa Lotis, porque
seguramente hubieran pasado un buen rato juntos y la zorra estrecha de Artemisa
no les hubiera jorobado la tarde, ni los burros de los aqueos se hubieran
zampado a una chica tan mona en forma de ensalada.

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