jueves, 8 de marzo de 2018

MORATIN Y EL HOMBRE LOBO TOMAN CHOCOLATE EN LONDRES


Gastropedia 9

Cuenta don Manuel Silvela, grande amigo que fue y puntual biógrafo de Don Leandro Fernández de Moratín, cómo el ingenioso autor de “El sí de las niñas” tuvo por costumbre inveterada la de desayunarse cotidianamente con dos onzas de chocolate en jícara y un par de vasos de agua, lo que hace suponer que el parco e ilustrado dramaturgo consumía unos cinco reales de su hacienda en la modesta colación matinal. Si contamos que vivió don Leandro 68 años, bien puédese colegir que ingirió a lo largo de su vida 24.820 jícaras de chocolate, equivalentes a 49.640 onzas, que supondrían 124.100 reales, puesto el chocolate a un precio corriente de 2 reales y medio la onza. ¡Una auténtica fortuna en chocolate a la taza!
Este cálculo, aparentemente preciso y fiable, es, sin embargo, engañoso, por cuanto no siempre pudo nuestro mayor poeta de la Ilustración cumplir con el rito casi sacramental de su chocolatito mañanero.
En una carta dirigida en 1793 a don Juan Antonio Melón, el famoso abate concubinario a quien  honró  Moratín con su amistad y confianza, se queja amargamente de las costumbres alimenticias de los ingleses y, muy en particular, de una que él juzga especialmente desagradable: la ingesta abusiva de té a cualquier hora, incluida la del desayuno, en detrimento de la reconfortante poción que él tanto apreciaba:
“...pago cojón y medio por alojarme en esta lamentable posada de Suffolc street (sic), póngome a la mesa del desayuno y me plantan delante un pescado a la válgame Dios y una porción de riñones hervidos, que en su maldita lengua se llama “breakfast” o como el diablo sea servido. Protesto, reclamo mi chocolate, ármase la gran tremolina y al cabo de un cuarto de hora llega la criada con un cangilón de media azumbre lleno de un aguachirle marrón... ¿Y a esto llaman chocolate los estragados súbditos de Su Graciosa Majestad? ¡Al diantre todos ellos y su infecta pócima!...”
En posteriores epístolas a distintos corresponsales, incluso en una dirigida a Cabarrús, donde explica muy minuciosamente cómo organizar un gabinete de historia natural en el Buen Retiro, se advierte el decaimiento de ánimo que va afectando poco a poco a don Leandro. Particularmente hay una muy ilustrativa a doña Francisca Muñoz, de la que reproducimos un pequeño párrafo:
“...aún cuando no paro de celebrar las grandezas y magnificencias de esta famosa metrópoli, no logro por ello dejar de andar quejoso y un tanto afligido. Ah si estos dichosos hijos de Albión diesen en copiar la espesura de su empecatada niebla en la preparación del chocolate! ¡Pero cá! Aquí, por el contrario de lo que acontece en esa Villa y Corte, la niebla es espesa e insana y el chocolate, clarucho, desabrido y no menos insano. Con que no digo a V.M. sino que hartos días hace que ando estreñido y de mal talante. A pique me encuentro, y admírese doña Paquilla,  de mandar cartas al señor de Godoy para que me otorgue licencia de retornar a mi patria y a mis dos onzas de chocolate mañanero...”
Parece que fue poco después de redactar esta desolada misiva cuando Moratín se encontró por primera vez con el hombre lobo , conclusión a la que se puede llegar encajando algunas páginas de su “Diario” con otros documentos de reciente hallazgo, a los que se aludirá en el momento oportuno.
Moratín, como es sabido, contrajo el hábito de irse a aullar por la noche a las orillas del Támesis en el mes de noviembre de 1792 (ver “Obras póstumas”). ¿Fue la nostalgia provocada por el recuerdo de su alegre vida en los burdeles barceloneses? ¿Fue la inclemencia del clima londinense? ¿O más bien la carencia del chocolate en el desayuno? Moratín encontraba flacas y desabridas a las putas inglesas, a las que no cesa de comparar desfavorablemente con una extremeña rolliza y cachonda que, al parecer, frecuentaba en las proximidades del puerto barcelonés. Tampoco era conforme del todo con la húmeda frialdad del clima londinense. Sin embargo, son mucho menos patéticas sus quejas sobre ambos extremos que las provocadas por la innegable sordidez del chocolate que se toma en casi todo el Reino Unido, que, como cualquiera reconocerá, es verdaderamente deplorable. Sorprende comprobar cómo una nación que fabrica excelentes bombones y pasteles de chocolate es, sin embargo, incapaz de servir en taza un chocolate que sea merecedor de tal nombre.
Moratin, pues, se embutía en su manferlán o paletó, se liaba una bufanda al cuello, se calaba el sombrero de copa hasta las orejas y recorría las orillas del Támesis aullando muy lastimeramente. En una de esas se topó con el hombre lobo, que casualmente practicaba idéntica afición a horas semejantes. A partir de ese momento los dos iban a aullar juntos y trabaron una relación amistosa muy interesante gracias a esa feliz coincidencia y a otras curiosas circunstancias documentadas en un material que se citará a su debido tiempo.
Harold Fischer, el hombre lobo, es mencionado en el “Diario” bajo el seudónimo o clave de “H.Pescador”:. Por los documentos antes mencionados, a los que se recurrirá (decíamos) en el momento oportuno, sabemos que Harold Fischer fue un hombre lobo muy conocido y celebrado en el Londres de finales de siglo y también cómo acaeció su desdichado óbito (1812) a manos de unos ignorantes pastores de Kent, que se lo cargaron a cantazos por miedo a que les comiera las ovejas, cosa absolutamente ajena a la intención del infortunado Fischer. Él simplemente estaba contemplando el paisaje sentado al anochecer en un cerro cercano a la pradera donde pastaba el rebaño. En fin, cosas que pasan.
Algunos de los pasajes del “Diario” contienen escuetas alusiones a esta relación de tan peculiares características. Vgr.:
24.12.93.- Navidades sin turrón. Horribile dictu. Promenade mr.H. Pescador. Hurlements. Chez moi with H.Pescador. Hemorroide.
27.12.93.- ¡Chocolate encore! Thanks, H.Pescador. bibamus et gaudeamus.
Esta última anotación sí que resulta sorprendente, y lo sería aún más si no fuera por cuanto algunos documentos, que se citarán en el momento que correspondan, ponen en claro un concreto aspecto de la etapa en que Moratín iba a aullar a las orillas del río Támesis con el hombre lobo llamado Harold Fischer, un sujeto de temperamento melancólico muy afín al del propio don Leandro.
Afortunadamente hay varios documentos, que relacionaremos en el momento oportuno, perfectamente adecuados para explicarlo todo.
El hecho es que Moratín conoció al hombre lobo en la taberna de Crown and Anchor y entabló conversación con él frente a sendas jarras de cerveza templada, lo más semejante al chocolate a la española que había conseguido hallar en Londres nuestro insigne reformador del teatro. Hablando, hablando, pronto se estableció un ambiente de camaradería entre ambos, pues habían pasado casi dos horas lamentándose juntos de esto y de lo otro, siendo ambos sujetos de carácter bastante melancólico, como queda dicho. La conversación derivó luego hacia temas relacionados con el progreso y la ilustración, que eran asuntos muy de moda por aquellos días, y acabó el buen Fischer por ofrecer a su nuevo amigo una visita a su colección de objetos curiosos, que la tenía en su casa perfectamente organizada y etiquetada. Accedió don Leandro Fernández de Moratín, espíritu curioso y aventajado, de modo que ambos se dirigieron a la posada del amigable licántropo que vivía en la parte del Soho londinense.
Pues bien: allí, entre varios interesantes objetos de la naturaleza y de la humana industria, como el molinillo de café hidráulico y un tucán disecado, observó con júbilo Moratín que tenía el señor Fischer...¡una chocolatera!
Quiso la casualidad que hubiera recibido por aquellos días don Leandro un paquete enviado por doña Mariquita, en el que, junto a un tomo de las obras de Jovellanos, le enviaba un par de libras de excelente chocolate de la Trapa, que lamentablemente no había sido posible preparar por falta del recipiente adecuado.
-          ¿Sabe, amigo mío, qué utilidad posee esto que usted estima simple curiosidad o exótica pieza de colección?
Moratín tenía los ojos llenos de lágrimas y acelerados los pulsos cuando pronunció aquellas emotivas palabras.
-          ¡Pues se va a chupar usted los dedos, maldita sea!
El resto del episodio es fácil de adivinar. Partieron ambos a toda prisa llevando consigo la mágica chocolatera , se fueron a casa de Moratín en Suffolk street y se pusieron morados de chocolate a la taza. Después se fueron a aullar juntos a las orillas del Támesis para celebrarlo, y así día tras día y semana tras semana, hasta que se acabaron las dos libras de doña Mariquita.
Poco después de acabarse la provisión de chocolate que guardaba nuestro importante dramaturgo en una maleta debajo de la cama, fue cuando Moratín se marchó de viaje a Italia, así que no le importó demasiado que ya no quedase ni una sola onza. El hombre lobo Harold Fischer se despidió de él muy afectuosamente y le regaló la chocolatera, ya que él no iba a poder utilizarla porque el chocolate, como decimos, se había acabado del todo y además no hubiera sabido cómo darle el punto.
Sin embargo, el señor Fischer, un hombre lobo de costumbres fijas, siguió yéndose a aullar a orillas del Támesis él solo, hasta que se le ocurrió la desdichada idea de irse de excursión a Kent, donde le sucedió el desagradable incidente ya referido.
Quedan algunos datos de menor importancia sobre este curioso episodio de la estancia londinense de Moratín en documentos de probada solvencia que se citarán en el momento oportuno.

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