Gastropedia 9
Cuenta don Manuel Silvela,
grande amigo que fue y puntual biógrafo de Don Leandro Fernández de Moratín,
cómo el ingenioso autor de “El sí de las niñas” tuvo por costumbre inveterada
la de desayunarse cotidianamente con dos onzas de chocolate en jícara y un par
de vasos de agua, lo que hace suponer que el parco e ilustrado dramaturgo
consumía unos cinco reales de su hacienda en la modesta colación matinal. Si
contamos que vivió don Leandro 68 años, bien puédese colegir que ingirió a lo
largo de su vida 24.820 jícaras de chocolate, equivalentes a 49.640 onzas, que
supondrían 124.100 reales, puesto el chocolate a un precio corriente de 2
reales y medio la onza. ¡Una auténtica fortuna en chocolate a la taza!
Este cálculo,
aparentemente preciso y fiable, es, sin embargo, engañoso, por cuanto no
siempre pudo nuestro mayor poeta de la Ilustración cumplir con el rito casi
sacramental de su chocolatito mañanero.
En una carta dirigida en
1793 a don Juan Antonio Melón, el famoso abate concubinario a quien honró
Moratín con su amistad y confianza, se queja amargamente de las
costumbres alimenticias de los ingleses y, muy en particular, de una que él
juzga especialmente desagradable: la ingesta abusiva de té a cualquier hora,
incluida la del desayuno, en detrimento de la reconfortante poción que él tanto
apreciaba:
“...pago cojón y medio por
alojarme en esta lamentable posada de Suffolc street (sic), póngome a la mesa
del desayuno y me plantan delante un pescado a la válgame Dios y una porción de
riñones hervidos, que en su maldita lengua se llama “breakfast” o como el
diablo sea servido. Protesto, reclamo mi chocolate, ármase la gran tremolina y
al cabo de un cuarto de hora llega la criada con un cangilón de media azumbre
lleno de un aguachirle marrón... ¿Y a esto llaman chocolate los estragados
súbditos de Su Graciosa Majestad? ¡Al diantre todos ellos y su infecta
pócima!...”
En posteriores epístolas a
distintos corresponsales, incluso en una dirigida a Cabarrús, donde explica muy
minuciosamente cómo organizar un gabinete de historia natural en el Buen
Retiro, se advierte el decaimiento de ánimo que va afectando poco a poco a don
Leandro. Particularmente hay una muy ilustrativa a doña Francisca Muñoz, de la
que reproducimos un pequeño párrafo:
“...aún cuando no paro de
celebrar las grandezas y magnificencias de esta famosa metrópoli, no logro por
ello dejar de andar quejoso y un tanto afligido. Ah si estos dichosos hijos de
Albión diesen en copiar la espesura de su empecatada niebla en la preparación
del chocolate! ¡Pero cá! Aquí, por el contrario de lo que acontece en esa Villa
y Corte, la niebla es espesa e insana y el chocolate, clarucho, desabrido y no
menos insano. Con que no digo a V.M. sino que hartos días hace que ando
estreñido y de mal talante. A pique me encuentro, y admírese doña
Paquilla, de mandar cartas al señor de
Godoy para que me otorgue licencia de retornar a mi patria y a mis dos onzas de
chocolate mañanero...”
Parece que fue poco
después de redactar esta desolada misiva cuando Moratín se encontró por primera
vez con el hombre lobo , conclusión a la que se puede llegar encajando algunas
páginas de su “Diario” con otros documentos de reciente hallazgo, a los que se
aludirá en el momento oportuno.
Moratín, como es sabido,
contrajo el hábito de irse a aullar por la noche a las orillas del Támesis en
el mes de noviembre de 1792 (ver “Obras póstumas”). ¿Fue la nostalgia provocada
por el recuerdo de su alegre vida en los burdeles barceloneses? ¿Fue la
inclemencia del clima londinense? ¿O más bien la carencia del chocolate en el
desayuno? Moratín encontraba flacas y desabridas a las putas inglesas, a las
que no cesa de comparar desfavorablemente con una extremeña rolliza y cachonda
que, al parecer, frecuentaba en las proximidades del puerto barcelonés. Tampoco
era conforme del todo con la húmeda frialdad del clima londinense. Sin embargo,
son mucho menos patéticas sus quejas sobre ambos extremos que las provocadas
por la innegable sordidez del chocolate que se toma en casi todo el Reino
Unido, que, como cualquiera reconocerá, es verdaderamente deplorable. Sorprende
comprobar cómo una nación que fabrica excelentes bombones y pasteles de
chocolate es, sin embargo, incapaz de servir en taza un chocolate que sea
merecedor de tal nombre.
Moratin, pues, se embutía
en su manferlán o paletó, se liaba una bufanda al cuello, se calaba el sombrero
de copa hasta las orejas y recorría las orillas del Támesis aullando muy
lastimeramente. En una de esas se topó con el hombre lobo, que casualmente
practicaba idéntica afición a horas semejantes. A partir de ese momento los dos
iban a aullar juntos y trabaron una relación amistosa muy interesante gracias a
esa feliz coincidencia y a otras curiosas circunstancias documentadas en un
material que se citará a su debido tiempo.
Harold Fischer, el hombre
lobo, es mencionado en el “Diario” bajo el seudónimo o clave de “H.Pescador”:.
Por los documentos antes mencionados, a los que se recurrirá (decíamos) en el
momento oportuno, sabemos que Harold Fischer fue un hombre lobo muy conocido y
celebrado en el Londres de finales de siglo y también cómo acaeció su desdichado
óbito (1812) a manos de unos ignorantes pastores de Kent, que se lo cargaron a
cantazos por miedo a que les comiera las ovejas, cosa absolutamente ajena a la
intención del infortunado Fischer. Él simplemente estaba contemplando el
paisaje sentado al anochecer en un cerro cercano a la pradera donde pastaba el
rebaño. En fin, cosas que pasan.
Algunos de los pasajes del
“Diario” contienen escuetas alusiones a esta relación de tan peculiares
características. Vgr.:
24.12.93.- Navidades
sin turrón. Horribile dictu. Promenade mr.H. Pescador. Hurlements. Chez moi with H.Pescador.
Hemorroide.
27.12.93.- ¡Chocolate
encore! Thanks, H.Pescador. bibamus et gaudeamus.
Esta última anotación sí
que resulta sorprendente, y lo sería aún más si no fuera por cuanto algunos
documentos, que se citarán en el momento que correspondan, ponen en claro un
concreto aspecto de la etapa en que Moratín iba a aullar a las orillas del río
Támesis con el hombre lobo llamado Harold Fischer, un sujeto de temperamento
melancólico muy afín al del propio don Leandro.
Afortunadamente hay varios
documentos, que relacionaremos en el momento oportuno, perfectamente adecuados
para explicarlo todo.
El hecho es que Moratín
conoció al hombre lobo en la taberna de Crown and Anchor y entabló conversación
con él frente a sendas jarras de cerveza templada, lo más semejante al
chocolate a la española que había conseguido hallar en Londres nuestro insigne
reformador del teatro. Hablando, hablando, pronto se estableció un ambiente de
camaradería entre ambos, pues habían pasado casi dos horas lamentándose juntos
de esto y de lo otro, siendo ambos sujetos de carácter bastante melancólico,
como queda dicho. La conversación derivó luego hacia temas relacionados con el
progreso y la ilustración, que eran asuntos muy de moda por aquellos días, y
acabó el buen Fischer por ofrecer a su nuevo amigo una visita a su colección de
objetos curiosos, que la tenía en su casa perfectamente organizada y
etiquetada. Accedió don Leandro Fernández de Moratín, espíritu curioso y
aventajado, de modo que ambos se dirigieron a la posada del amigable licántropo
que vivía en la parte del Soho londinense.
Pues bien: allí, entre
varios interesantes objetos de la naturaleza y de la humana industria, como el
molinillo de café hidráulico y un tucán disecado, observó con júbilo Moratín
que tenía el señor Fischer...¡una chocolatera!
Quiso la casualidad que
hubiera recibido por aquellos días don Leandro un paquete enviado por doña
Mariquita, en el que, junto a un tomo de las obras de Jovellanos, le enviaba un
par de libras de excelente chocolate de la Trapa, que lamentablemente no había
sido posible preparar por falta del recipiente adecuado.
-
¿Sabe, amigo mío, qué utilidad posee esto que
usted estima simple curiosidad o exótica pieza de colección?
Moratín tenía los ojos
llenos de lágrimas y acelerados los pulsos cuando pronunció aquellas emotivas
palabras.
-
¡Pues se va a chupar usted los dedos, maldita
sea!
El resto del episodio es
fácil de adivinar. Partieron ambos a toda prisa llevando consigo la mágica chocolatera
, se fueron a casa de Moratín en Suffolk street y se pusieron morados de
chocolate a la taza. Después se fueron a aullar juntos a las orillas del
Támesis para celebrarlo, y así día tras día y semana tras semana, hasta que se
acabaron las dos libras de doña Mariquita.
Poco después de acabarse
la provisión de chocolate que guardaba nuestro importante dramaturgo en una
maleta debajo de la cama, fue cuando Moratín se marchó de viaje a Italia, así
que no le importó demasiado que ya no quedase ni una sola onza. El hombre lobo
Harold Fischer se despidió de él muy afectuosamente y le regaló la chocolatera,
ya que él no iba a poder utilizarla porque el chocolate, como decimos, se había
acabado del todo y además no hubiera sabido cómo darle el punto.
Sin embargo, el señor
Fischer, un hombre lobo de costumbres fijas, siguió yéndose a aullar a orillas
del Támesis él solo, hasta que se le ocurrió la desdichada idea de irse de
excursión a Kent, donde le sucedió el desagradable incidente ya referido.
Quedan algunos datos de
menor importancia sobre este curioso episodio de la estancia londinense de
Moratín en documentos de probada solvencia que se citarán en el momento
oportuno.

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