martes, 6 de marzo de 2018

ALUBIAS JACOBEAS


Gastropedia 8

          
  Ser un santo eremita todo el rato no es cosa sencilla. La ascesis se puede practicar con todo el interés del mundo, pero cuando menos te lo esperas la naturaleza pecadora te hace una jugarreta y te encuentras con que toda una vida de privaciones y de mortificación se ha ido al carajo por un quítame allá esas pajas (es un decir).
            Ha habido casos de santos eremitas que son ejemplares, porque más que santos eremitas parecían mulos píos, de puro cabezotas y obstinados. Ahí está el famoso Antonio, que se lo ponía Satanás a huevo con los famosos envíos de tías buenísimas, tías de esas que no te crees que puedan existir de verdad, mujeres bandera, oye, y desnudas o casi desnudas, el colmo. Nadie sabe de dónde sacaría el demonio semejante colección de bellezas: rubias y delicadas con tetitas de sueño, morenazas de curvas impresionantes, y pelirrojas de esas blancas de piel y algo pecosas que sólo ya de mirarlas es que te ponen a cien, y hasta puede que le pusiera por delante alguna japonesita linda y complaciente, que no tienen demasiado pecho, pero unas figuras que parecen de porcelana mórbida, en fin, .¿por dónde íbamos? Sí, pues Antonio, como si tal cosa: se tiraba de cabeza a unas matas de cardos y espinos y se revolcaba para aguantarse las ganas y no pecar con aquellos bombonazos, que le hacían todo tipo de posturas lascivas, se contoneaban, se tendían boca abajo, separaban los muslos, se restregaban los pechos suspirando, se pasaban la lengua por los labios, dejaban caer sus cabelleras hasta los hoyuelos de la cintura....Esto, bien...pues el santo varón agarraba las disciplinas y se tundía la espalda a correazos. Eso es lo que hay que hacer cuando llegan las tentaciones para no arruinar una vida de sacrificio y oración cuyo premio será con toda seguridad el gozo de la vida sobrenatural con todas sus ventajas sobradamente conocidas.
            El santo eremita Deodato de Funes estaba perfectamente informado acerca de esta materia, motivo por el cual se retiró a las Bardenas después de haber renunciado formalmente al mundo en una merienda con sus amigos. Les dijo:
-          Estoy ya harto de ser un pecador y me marcho a las Bardenas a hacer penitencia, así que ahí os quedáis.
Los de la cuadrilla se sintieron muy edificados ante la decisión del Deodato y pidieron más magras con tomate para celebrar aquella decisión tan enérgica y admirable, aunque lamentaban la pérdida de un amigo tan majo, que por añadidura era el que mejor se echaba las jotas de toda la peña.
Así que Deodato , se quitó la ropa, agarró un saco de la cuadra, le hizo unos agujeros para pasar la cabeza y los brazos y se marchó a la Bardena, como había dicho, y allí se tiró más de veinte años sometido a la tradicional dieta de los eremitas, basada en yerbas del campo y agua de charca, sin otra compañía que una calavera que se proporcionara en el cementerio de Caparroso, donde tenía amistad con el encargado y una cruz enorme que se hizo con unas ramas de chopo y unos juncos. La cruz le quedó algo deforme porque no era muy mañoso, pero se apañaba con ella. El Maligno le dejó en paz durante todo aquel tiempo, tal vez porque ni al demonio se le ocurre meterse por las Bardenas, donde el tiempo es terrible, tanto en invierno como en verano y hay unos barrancos de aquí te espero, que como se te vuele una perdiz por encima de uno, ya puedes decir que se ha ido a criar y que no le metes mano en toda la mañana.
Pero a Deodato no le interesaban las perdices, tanto así que algunas se le paseaban por delante de la cueva como Pedro por su casa, o, incluso, se refugiaban dentro si barruntaban al zorro. Él estaba a sus yerbas y a sus disciplinazos y a su calavera y a su disparate de cruz deforme y dejaba en paz a las perdices, que uno cualquiera en su lugar seguro que les echa mano y se hace unas perdices en escabeche que te mueres, o a la cazadora, que tampoco están mal y no digamos nada si las preparas con pochas. Entonces todavía se mataba mucha patirroja en la Bardena, y no como ahora, con tanto pesticida y tanta mierda.
Los problemas comenzaron cuando se le apareció el ángel.
Y bien hermoso que era el ángel, con sus bucles y sus alas doradas y la túnica estofada en oro y celeste, porque se trataba de un ángel barroco, que había sido enviado para pedirle a Deodato que peregrinase a Santiago y así rematase la tarea de la santidad.
-          Deodato: tienes que ir a Santiago de Compostela. Es una ciudad muy buena que queda hacia el noroeste. Todo el mundo hace la ruta jacobea y tú todavía no la has hecho. ¿A qué estás esperando?
-          No se me había ocurrido.
-          Pues ya va siendo hora de que se te ocurra, con que andando.
-          ¿Y si no encuentro yerbas de campo para comer por el camino?
-          Pues vives de la caridad de las buenas gentes. Algo te darán.
-          ¿Tendrán yerbas del campo las buenas gentes? Porque yo...
-          ¡Te comes lo que te eches, y listo! ¡Venga, arrea!
Deodato se echó al morral la calavera, cargó con la cruz que pesaba quintal y medio y echó a andar sin pensárselo dos veces, porque le había convencido el ángel barroco con sus palabras levemente teñidas de suave acento gallego.
Los anacoretas suelen estar en muy buena forma; se ve que la vida al aire libre y una alimentación horra en grasas los pone fibrosos; flacos, pero fibrosos. Así que con cruz, calavera y todo, el buen Deodato de Funes se plantó en una sola jornada en el valle de Salazar y se topó con un pueblo muy majo puesto como un belén junto a un río con su puente de piedra y todo. Como venía muerto de sed y de hambre, se echó a beber de morros en la orilla de ese río, que era el Salazar, un afluente del Iratí, y el pueblo, Ochagavía u Otsagi, según quién lo nombre.
Saciado que hubo la sed, el Deodato se dispuso a recoger yerbas del campo, que por allí crecían bastantes, aunque poco apetitosas, pero de repente se acordó de lo que le había dicho el ángel: “comerás lo que te den las buenas gentes” y, como era un eremita muy disciplinado, optó por cruzar el puente y llamar a la puerta de una casa frontera al río, que, mira tú por donde, resultó ser la posada del pueblo. Como hasta Ochagavía (u Otsagi) se había propagado la fama de santidad del santo anacoreta Deodato de Funes, las mujeres de la venta se pusieron contentísimas cuando él les pidió humildemente:
-          ¿No tendrán unas yerbas del campo, por el amor de Dios, para un pobre peregrino?
Eso las desconcertó un poco, porque tenían truchas muy buenas, corderico asado, costillicas, pochas con codornices, menestra, judías de Tolosa y jamón de la matanza, pero no yerbas del campo, puesto que la gente de la comarca es poco partidaria de comer esas porquerías y era el primer anacoreta que venía a comer en aquella casa.
-          Bueno...yerbas, yerbas no hay, pero pase y siéntese su reverencia que algo le apañaremos.
-          Dios se lo pague. ¿De verdad no tienen yerbas del campo?
-          Ande, ande, siéntese ahí y aguarde un momentico.
En pocos minutos llegó el ama joven con una gran sopera de judías de Tolosa, que era lo que más les había parecido a ellas adecuado para un santo varón como aquel, porque las habían preparado sin nada de carne, pero bien ricas, densas, aromáticas... ¡Cojonudas!
El ama joven era una moza de veinte años alta, gallarda y espigada aunque, como se dice, con cada cosa en su sitio, y se inclinó ligeramente para servir con el cazo, de modo que dejó entrever la canaleja de las tetas en un vislumbre que el peregrino esquivó con voluntad de hierro. Lo malo fue cuando metió la cuchara en el plato y se llevó la primera cucharada a la boca. Aquello sabía a gloria y un suave calor se extendió por el sarmentoso cuerpo del eremita al tiempo que le parecía como si sonase una música de ángeles por toda la cocina.
-          ¡Alabado sea el santo nombre de Jesús!
-          Por siempre sea bendito y alabado... ¿A que están de muerte, reverencia? Yo me he comido dos platos hasta los bordes.
La moza, con los ojos bajos y las manos recogidas sobre el regazo permanecía cerca de la gran mesa de roble. El santo anacoreta la miró cuando ella respondía a la jaculatoria y se quedó con la cuchara temblándole entre los dedos. Por obra de Satanás, o de las judías, que eso nunca lo sabremos, había visto desnudos los marmóreos muslos de la chica, blancos, magníficos...Casi se atragantó al engullir nerviosamente un nuevo bocado. Paladeó el manjar exquisito y eso le indujo a mirar de reojillo cuando ella se inclinaba sobre el fogón...Un culo maravilloso, firme y redondo emergía entre los vapores de la mágica sopera; la espalda era un arco perfecto, tan perfecto como el que describe la escalera que conduce al cielo, o al infierno. Algo empezaba a bullir bajo el tosco sayal del peregrino, un intenso calor subía hasta sus macilentas mejillas y metió la cabeza encima del plato entre sudores.
-          ¿No comería su reverencia otras poquicas?
Deodato de Funes no tuvo más remedio que levantar la cabeza para rechazar el ofrecimiento y ya entonces fue el acabose: la vio completamente desnuda, erguida frente a él con los brazos en jarras y las piernas ligeramente separadas. Aquellos ojos negros y brillantes enmarcados en el bucle sedoso del cabello, la garganta que conducía inexorablemente hacia la doble redondez de unos pechos coronados por dos fresas silvestres, el vientre firme rematado en una oscura bruma de miel, las piernas rectas y torneadas...
Deodato notó una erección furiosa que arañaba rabiosamente la áspera superficie del sayal, saltó de la banqueta, pegó un alarido de bestia salvaje y salió zumbando a todo lo que le daban las piernas. El enorme y tosco crucifijo quedó apoyado en la pared como único testimonio del paso de un santo anacoreta por la posada de Ochagavía (Otsagi).
Las buenas gentes que habían ofrecido al eremita, no yerbas del campo, sino judías de Tolosa, nunca sabrían explicarse la extraña conducta de su huésped, pero pusieron la cruz de ramas de chopo en la iglesia a manera de exvoto. Cuando los hombres llegaron del campo y les fue relatada la singular anécdota, comentaron lacónicamente:
-          Es que los santos son raros de la hostia, oye.
Y se sentaron a cenar sus patatas con sebo, que es una comida algo peculiar, pero está rica si te acostumbras a ella.

No hay comentarios:

Publicar un comentario