Gastropedia 8
Ha habido casos de santos eremitas
que son ejemplares, porque más que santos eremitas parecían mulos píos, de puro
cabezotas y obstinados. Ahí está el famoso Antonio, que se lo ponía Satanás a
huevo con los famosos envíos de tías buenísimas, tías de esas que no te crees
que puedan existir de verdad, mujeres bandera, oye, y desnudas o casi desnudas,
el colmo. Nadie sabe de dónde sacaría el demonio semejante colección de
bellezas: rubias y delicadas con tetitas de sueño, morenazas de curvas
impresionantes, y pelirrojas de esas blancas de piel y algo pecosas que sólo ya
de mirarlas es que te ponen a cien, y hasta puede que le pusiera por delante
alguna japonesita linda y complaciente, que no tienen demasiado pecho, pero
unas figuras que parecen de porcelana mórbida, en fin, .¿por dónde íbamos? Sí,
pues Antonio, como si tal cosa: se tiraba de cabeza a unas matas de cardos y
espinos y se revolcaba para aguantarse las ganas y no pecar con aquellos
bombonazos, que le hacían todo tipo de posturas lascivas, se contoneaban, se
tendían boca abajo, separaban los muslos, se restregaban los pechos suspirando,
se pasaban la lengua por los labios, dejaban caer sus cabelleras hasta los
hoyuelos de la cintura....Esto, bien...pues el santo varón agarraba las
disciplinas y se tundía la espalda a correazos. Eso es lo que hay que hacer
cuando llegan las tentaciones para no arruinar una vida de sacrificio y oración
cuyo premio será con toda seguridad el gozo de la vida sobrenatural con todas
sus ventajas sobradamente conocidas.
El santo eremita Deodato de Funes
estaba perfectamente informado acerca de esta materia, motivo por el cual se
retiró a las Bardenas después de haber renunciado formalmente al mundo en una
merienda con sus amigos. Les dijo:
-
Estoy ya harto de ser un pecador y me marcho a
las Bardenas a hacer penitencia, así que ahí os quedáis.
Los de la cuadrilla se sintieron muy edificados ante la decisión del
Deodato y pidieron más magras con tomate para celebrar aquella decisión tan
enérgica y admirable, aunque lamentaban la pérdida de un amigo tan majo, que
por añadidura era el que mejor se echaba las jotas de toda la peña.
Así que Deodato , se quitó la ropa, agarró un saco de la cuadra, le hizo
unos agujeros para pasar la cabeza y los brazos y se marchó a la Bardena, como
había dicho, y allí se tiró más de veinte años sometido a la tradicional dieta
de los eremitas, basada en yerbas del campo y agua de charca, sin otra compañía
que una calavera que se proporcionara en el cementerio de Caparroso, donde
tenía amistad con el encargado y una cruz enorme que se hizo con unas ramas de
chopo y unos juncos. La cruz le quedó algo deforme porque no era muy mañoso,
pero se apañaba con ella. El Maligno le dejó en paz durante todo aquel tiempo,
tal vez porque ni al demonio se le ocurre meterse por las Bardenas, donde el
tiempo es terrible, tanto en invierno como en verano y hay unos barrancos de
aquí te espero, que como se te vuele una perdiz por encima de uno, ya puedes
decir que se ha ido a criar y que no le metes mano en toda la mañana.
Pero a Deodato no le interesaban las perdices, tanto así que algunas se
le paseaban por delante de la cueva como Pedro por su casa, o, incluso, se
refugiaban dentro si barruntaban al zorro. Él estaba a sus yerbas y a sus
disciplinazos y a su calavera y a su disparate de cruz deforme y dejaba en paz
a las perdices, que uno cualquiera en su lugar seguro que les echa mano y se
hace unas perdices en escabeche que te mueres, o a la cazadora, que tampoco
están mal y no digamos nada si las preparas con pochas. Entonces todavía se mataba
mucha patirroja en la Bardena, y no como ahora, con tanto pesticida y tanta
mierda.
Los problemas comenzaron cuando se le apareció el ángel.
Y bien hermoso que era el ángel, con sus bucles y sus alas doradas y la
túnica estofada en oro y celeste, porque se trataba de un ángel barroco, que
había sido enviado para pedirle a Deodato que peregrinase a Santiago y así
rematase la tarea de la santidad.
-
Deodato: tienes que ir a Santiago de Compostela.
Es una ciudad muy buena que queda hacia el noroeste. Todo el mundo hace la ruta
jacobea y tú todavía no la has hecho. ¿A qué estás esperando?
-
No se me había ocurrido.
-
Pues ya va siendo hora de que se te ocurra, con
que andando.
-
¿Y si no encuentro yerbas de campo para comer
por el camino?
-
Pues vives de la caridad de las buenas gentes.
Algo te darán.
-
¿Tendrán yerbas del campo las buenas gentes?
Porque yo...
-
¡Te comes lo que te eches, y listo! ¡Venga,
arrea!
Deodato se echó al morral la calavera, cargó con la cruz que pesaba
quintal y medio y echó a andar sin pensárselo dos veces, porque le había
convencido el ángel barroco con sus palabras levemente teñidas de suave acento
gallego.
Los anacoretas suelen estar en muy buena forma; se ve que la vida al aire
libre y una alimentación horra en grasas los pone fibrosos; flacos, pero
fibrosos. Así que con cruz, calavera y todo, el buen Deodato de Funes se plantó
en una sola jornada en el valle de Salazar y se topó con un pueblo muy majo
puesto como un belén junto a un río con su puente de piedra y todo. Como venía
muerto de sed y de hambre, se echó a beber de morros en la orilla de ese río,
que era el Salazar, un afluente del Iratí, y el pueblo, Ochagavía u Otsagi,
según quién lo nombre.
Saciado que hubo la sed, el Deodato se dispuso a recoger yerbas del
campo, que por allí crecían bastantes, aunque poco apetitosas, pero de repente
se acordó de lo que le había dicho el ángel: “comerás lo que te den las buenas
gentes” y, como era un eremita muy disciplinado, optó por cruzar el puente y
llamar a la puerta de una casa frontera al río, que, mira tú por donde, resultó
ser la posada del pueblo. Como hasta Ochagavía (u Otsagi) se había propagado la
fama de santidad del santo anacoreta Deodato de Funes, las mujeres de la venta
se pusieron contentísimas cuando él les pidió humildemente:
-
¿No tendrán unas yerbas del campo, por el amor
de Dios, para un pobre peregrino?
Eso las desconcertó un poco, porque tenían truchas muy buenas, corderico
asado, costillicas, pochas con codornices, menestra, judías de Tolosa y jamón
de la matanza, pero no yerbas del campo, puesto que la gente de la comarca es
poco partidaria de comer esas porquerías y era el primer anacoreta que venía a
comer en aquella casa.
-
Bueno...yerbas, yerbas no hay, pero pase y
siéntese su reverencia que algo le apañaremos.
-
Dios se lo pague. ¿De verdad no tienen yerbas
del campo?
-
Ande, ande, siéntese ahí y aguarde un momentico.
En pocos minutos llegó el ama joven con una gran sopera de judías de
Tolosa, que era lo que más les había parecido a ellas adecuado para un santo
varón como aquel, porque las habían preparado sin nada de carne, pero bien
ricas, densas, aromáticas... ¡Cojonudas!
El ama joven era una moza de veinte años alta, gallarda y espigada
aunque, como se dice, con cada cosa en su sitio, y se inclinó ligeramente para
servir con el cazo, de modo que dejó entrever la canaleja de las tetas en un
vislumbre que el peregrino esquivó con voluntad de hierro. Lo malo fue cuando
metió la cuchara en el plato y se llevó la primera cucharada a la boca. Aquello
sabía a gloria y un suave calor se extendió por el sarmentoso cuerpo del
eremita al tiempo que le parecía como si sonase una música de ángeles por toda
la cocina.
-
¡Alabado sea el santo nombre de Jesús!
-
Por siempre sea bendito y alabado... ¿A que
están de muerte, reverencia? Yo me he comido dos platos hasta los bordes.
La moza, con los ojos bajos y las manos recogidas
sobre el regazo permanecía cerca de la gran mesa de roble. El santo anacoreta
la miró cuando ella respondía a la jaculatoria y se quedó con la cuchara
temblándole entre los dedos. Por obra de Satanás, o de las judías, que eso
nunca lo sabremos, había visto desnudos los marmóreos muslos de la chica,
blancos, magníficos...Casi se atragantó al engullir nerviosamente un nuevo
bocado. Paladeó el manjar exquisito y eso le indujo a mirar de reojillo cuando
ella se inclinaba sobre el fogón...Un culo maravilloso, firme y redondo emergía
entre los vapores de la mágica sopera; la espalda era un arco perfecto, tan
perfecto como el que describe la escalera que conduce al cielo, o al infierno.
Algo empezaba a bullir bajo el tosco sayal del peregrino, un intenso calor
subía hasta sus macilentas mejillas y metió la cabeza encima del plato entre
sudores.
-
¿No comería su reverencia otras poquicas?
Deodato de Funes no tuvo más remedio que levantar la
cabeza para rechazar el ofrecimiento y ya entonces fue el acabose: la vio
completamente desnuda, erguida frente a él con los brazos en jarras y las
piernas ligeramente separadas. Aquellos ojos negros y brillantes enmarcados en
el bucle sedoso del cabello, la garganta que conducía inexorablemente hacia la
doble redondez de unos pechos coronados por dos fresas silvestres, el vientre
firme rematado en una oscura bruma de miel, las piernas rectas y torneadas...
Deodato notó una erección furiosa que arañaba
rabiosamente la áspera superficie del sayal, saltó de la banqueta, pegó un
alarido de bestia salvaje y salió zumbando a todo lo que le daban las piernas.
El enorme y tosco crucifijo quedó apoyado en la pared como único testimonio del
paso de un santo anacoreta por la posada de Ochagavía (Otsagi).
Las buenas gentes que habían ofrecido al eremita, no
yerbas del campo, sino judías de Tolosa, nunca sabrían explicarse la extraña
conducta de su huésped, pero pusieron la cruz de ramas de chopo en la iglesia a
manera de exvoto. Cuando los hombres llegaron del campo y les fue relatada la
singular anécdota, comentaron lacónicamente:
-
Es que los santos son raros de la hostia, oye.
Y se sentaron a cenar sus patatas con sebo, que es
una comida algo peculiar, pero está rica si te acostumbras a ella.

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