EL YANTAR DE LOS CASTRATI
Eso de que te capen por las bravas no debe de tener
maldita la gracia. Los sencillos placeres que procura a lo largo de una vida la
integridad física te estarán vedados a ti y, mientras que los demás llevan una
vida sexual satisfactoria, tú siempre
notarás como si te faltara algo. Alguien dirá que si te han capado de pequeñito
ya tienes que estar acostumbrado, como aquel que desde la infancia ha llevado
gafas y le parece lo más normal del mundo, pero por lo visto no es exactamente
igual.
De
momento está claro que si te capan se te pone una voz aflautada y melódica, en
tanto que, por muchas dioptrías que tengas en cada ojo, la voz no tiene por qué mejorar y tu oído puede ser
catastrófico. Está claro, pues, que hay
bastante diferencia.
En
los albores del siglo XVI todos sabemos que hubo auténtica pasión por la música
vocal; las capillas eran una moda en la que todo el mundo quería competir para
no ser menos que los otros y, si no tenías posibilidad de ofrecer un concierto
en condiciones a tus amistades, más valía que te retirases de la sociedad y te
fueses a criar gorrinos en cualquier aldea de mala muerte. Si eras un
eclesiástico, seguro que tendrías que solicitar una parroquia en un paraje
serrano, donde acabarías embruteciéndote a base de jugar al chamelo con el
alcalde y el juez de paz. Bastantes nobles y obispos acabaron entregados al
alcohol y al burdel por no haber conseguido hacerse con un grupo de pequeños
cantores aptos para amenizar sus veladas.
Este
snobismo colectivo llegó a cobrar tal virulencia, que casi ningún jovencito
medianamente dotado de oído por la naturaleza tenía en aquel entonces los
huevos a salvo, ya que, en cuanto sus familiares o el organista de su parroquia
detectaban la más mínima inclinación musical en un mozalbete, bien podía éste
darse por capado. Es que era un buen negocio presentarse con el sobrino o con
el pequeño feligrés en el palacio de un príncipe de la iglesia, y ofrecerlo
respetuosamente al purpurado:
-
Con permiso de su ilustrísima, aquí le traigo al
chaval por si podemos hacer algo con él. Este año en el triduo nos pareció que
apuntaba maneras.
-
No sé...lo veo un poco talludo...A ver,
muchachito, doooo, reee, faaaa...Bueno, no está mal. ¿Lo traes ya arreglado del
pueblo?
-
No, eminencia, allí el que capa los gorrinos es
algo chapuzas y pensamos que no nos lo fuera a desgraciar.
-
Vaya por Dios. A ver, fámulo, que avíen al chico
y que le den algo de desayuno.
-
Gracias, ilustrísima, Dios se lo pague. Allí en
el pueblo ya sabe que no hacen nada de provecho. Y, con su permiso, ya que
hablamos del pueblo, quería yo comentarle del arriendo del molino chico...
De esta manera o de otra semejante entró el joven
Giaccomo-Battista Spogliato, llamado Spogliatello para el arte, al servicio del
famoso cardenal Nicola Marco Augusto Sassoferrato. Y cuentan que el
barbero-cirujano de palacio se dolió sobremanera cuando hubo de aliviar del
peso excedente al joven postulante, dado que pese a su tierna edad lucía éste
un muy cumplido y armónico aparejo.
Pasó
luego el joven Spogliato (aún no le llamaban Spogliatello las lenguas de la
fama) a la disciplina del afamadísimo maestro Ugo de Santospirito, quien regía
a la sazón la capilla o escolanía, y por tan esclarecido maestro fue adiestrado
meticulosamente en el arte sublime de la música vocal, menester en el que
destacó al poco entre todos los otros caponcetes, que eran a la sazón más de
treinta y todos de muy armónicas y delicadas voces.
Fue
celebérrimo el maestro Hugo por su conocimiento y destreza en la crianza y
mantenimiento de castrados, y sus enseñanzas están contenidas en un libro
excelente que fue dado a la imprenta en Modena en el año de 1573, el famoso Thesaurus
canorum disciplinae sive castratus optime institutus. Contiene esta obra
todo género de consejos sobre la educación de los pequeños cantores, incluidos
los hábitos de higiene recomendables, los atuendos más indicados y, en
particular, la dieta alimenticia que se ha de seguir para mantener las
facultades de los educandos en perfectas condiciones.
Particularmente
curioso es el capítulo dedicado a la alimentación, que según el maestro Hugo ha
de basarse en platos muy especiales, como son las lenguas de ruiseñor
confitadas, las pechugas de jilguero en salsa de moras silvestres o los
pastelillos de molleja de cisne al jarabe de sauce. Las recetas de tan
originales manjares vienen cuidadosamente explicadas en un apéndice del libro,
así como las cantidades en onzas que han de suministrarse como ración en los
diferentes días de la semana.
Fue
precisamente el original menú lo que provocó la súbita desdicha del célebre
Spogliatello cuando se hallaba en el cenit de la gloria, tanto así que había
sido objeto de alabanzas por parte del mismísimo Papa, quien lo hizo conducir a
su presencia no menos de diez veces. Gustaba Su Santidad de amenizar los
desayunos con algo de música y siempre hacía llamar a ese efecto a alguno de
los cantores más afamados de la corte romana. Alcanzó, como decimos tan gran
privilegio el castradito
Giaccomo-Battista, a quien el Vicario de Cristo nunca dejaba marchar sin algún
rico presente, de los cuales el más señero fue la venerable reliquia de un
colmillo de San Pedro ricamente engastado en oro.
El
motín de los castrati tuvo lugar precisamente cierta mañana en que el
Spogliatello, retornado de la asistencia a los desayunos papales, se sentó a la
mesa común para compartir la colación ordenada por el maestro Ugo, consistente
aquella vez en una mousse de pétalos de violeta, manjar que el Thesaurus
recomienda para aterciopelar sobremanera las voces.
Apenas
habían introducido las cucharas de plata en los platos, cuando una airada voz
quebró la armonía reinante:
-
¡Queremos pasta con judías y cerdo asado con
castañas! ¡Llenemos a placer el bandullo, ya que nos han cortado los cojones!
Y
esa colérica protesta, surgida de la garganta del gran Spogliatello, fue el
detonante para desatar un coro de aflautadas quejas que resonaron por las
bóvedas lujosamente decoradas de la Logia dei Castrati, que aún hoy pueden
visitar los curiosos viajeros en el ruinoso palacio Sassoferrato.
Los
caponcillos se despojaron luego de los baberos de encaje primorosamente
labrados por las monjitas de San Cosimo por encargo de Su Eminencia y los
arrojaron dentro de la sopera cincelada, en tanto asían por los capisayos a los
sirvientes en cruel intento de remojarles las barbas dentro de los platos de
finísima porcelana repletos de la espiritual pitanza ordenada por maese Ugo.
-
¡Mierda! ¡Bien harían al caso unos bocados de
osobucco amén de rizotto milanés en grandes cantidades!
-
¡Sea, si no, espléndida ración de lasagna y otro
tanto de carpaccio finamente aromado y exornado a base de suculentas lascas de
queso añejo!
Tal
clamaban en pleno delirio los desatentados mancebos, quienes, como visto queda,
no podían, aún en medio de su insana cólera, expresarse sin alguna propiedad y
decoro.
Al
grito de “¡caponata, caponata!”, que es recordado como emblemático de aquel
motín por la historia, los castrati marchaban a paso de carga sobre las
despensas cardenalicias, sin que criados y asistencias osaran detener aquel
sorprendente alarde. La famosa “marcha sobre la despensa” es recordada como el
paso más heroico de la rebelión de los castrati, y no es para menos, pues el
asalto y el consiguiente atracón coronaron la hazaña más que dignamente.
Spogliatello
fue hallado por la guardia suiza -enviada ex profeso por Su Santidad en socorro
de los desbordados defensores- durmiendo
gloriosamente abrazado a un jamón de Bolonia a medio roer. Los otros
insurrectos también dormitaban en medio de charcos de salsas y vinos por el
suelo de la despensa ignominiosamente mancillado con restos de embutidos,
quesos, confituras y todo género de delicias glotonamente semidevoradas en
aquel asombroso acceso de gula y cólera.
Aherrojados
que fueron por los bravos suizos los inertes rebeldes, púsose obra a acordar
castigo proporcionado a tamaño desafuero, y sólo la prudente piedad del
cardenal supo poner frontera a la cólera del severo maestro Ugo de
Santospirito, quien proponía penas de inusitada crueldad para los reos. Fue
decisión del Príncipe de la Iglesia azotar levemente a todos y cada uno de ellos
puestos todos culo en pompa en la capilla penitencial de palacio mientras en
señal de arrepentimiento entonaban un Miserere, en tanto que se aplicaba pena
más severa al cabecilla del motín.
Fue
pues el Spogliatello arrojado de la capilla cardenalicia y desterrado de la
Ciudad Santa, tras haber permanecido durante cuarenta días amarrado en las
cuadras alimentándose con el forraje de los caballos junto a los brutos
animales. Esta justicia mandó hacer el de Sassoferrato para ejemplo y
escarmiento de caponcetes rebeldes y díscolos. Y cuenta la leyenda que
Spogliatello, destinado que parecía a ser a la más alta cumbre del arte sublime
del canto, finalizó vilmente sus días como fenómeno de feria bajo el humillante
apodo de “la gorda canora”, aunque nada se puede fiar en lo que agitan las
lenguas populares siempre deseosas de historias tremebundas, truculentas o
simplemente bizarras.
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