miércoles, 28 de febrero de 2018

Gastropedia 2


EL YANTAR DE LOS CASTRATI 


Eso de que te capen por las bravas no debe de tener maldita la gracia. Los sencillos placeres que procura a lo largo de una vida la integridad física te estarán vedados a ti y, mientras que los demás llevan una vida sexual satisfactoria,  tú siempre notarás como si te faltara algo. Alguien dirá que si te han capado de pequeñito ya tienes que estar acostumbrado, como aquel que desde la infancia ha llevado gafas y le parece lo más normal del mundo, pero por lo visto no es exactamente igual.
De momento está claro que si te capan se te pone una voz aflautada y melódica, en tanto que, por muchas dioptrías que tengas en cada ojo, la voz  no tiene por qué mejorar y tu oído puede ser catastrófico. Está claro, pues,  que hay bastante diferencia.
En los albores del siglo XVI todos sabemos que hubo auténtica pasión por la música vocal; las capillas eran una moda en la que todo el mundo quería competir para no ser menos que los otros y, si no tenías posibilidad de ofrecer un concierto en condiciones a tus amistades, más valía que te retirases de la sociedad y te fueses a criar gorrinos en cualquier aldea de mala muerte. Si eras un eclesiástico, seguro que tendrías que solicitar una parroquia en un paraje serrano, donde acabarías embruteciéndote a base de jugar al chamelo con el alcalde y el juez de paz. Bastantes nobles y obispos acabaron entregados al alcohol y al burdel por no haber conseguido hacerse con un grupo de pequeños cantores aptos para amenizar sus veladas.
Este snobismo colectivo llegó a cobrar tal virulencia, que casi ningún jovencito medianamente dotado de oído por la naturaleza tenía en aquel entonces los huevos a salvo, ya que, en cuanto sus familiares o el organista de su parroquia detectaban la más mínima inclinación musical en un mozalbete, bien podía éste darse por capado. Es que era un buen negocio presentarse con el sobrino o con el pequeño feligrés en el palacio de un príncipe de la iglesia, y ofrecerlo respetuosamente al purpurado:
-          Con permiso de su ilustrísima, aquí le traigo al chaval por si podemos hacer algo con él. Este año en el triduo nos pareció que apuntaba maneras.
-          No sé...lo veo un poco talludo...A ver, muchachito, doooo, reee, faaaa...Bueno, no está mal. ¿Lo traes ya arreglado del pueblo?
-          No, eminencia, allí el que capa los gorrinos es algo chapuzas y pensamos que no nos lo fuera a desgraciar.
-          Vaya por Dios. A ver, fámulo, que avíen al chico y que le den algo de desayuno.
-          Gracias, ilustrísima, Dios se lo pague. Allí en el pueblo ya sabe que no hacen nada de provecho. Y, con su permiso, ya que hablamos del pueblo, quería yo comentarle del arriendo del molino chico...

De esta manera o de otra semejante entró el joven Giaccomo-Battista Spogliato, llamado Spogliatello para el arte, al servicio del famoso cardenal Nicola Marco Augusto Sassoferrato. Y cuentan que el barbero-cirujano de palacio se dolió sobremanera cuando hubo de aliviar del peso excedente al joven postulante, dado que pese a su tierna edad lucía éste un muy cumplido y armónico aparejo.
Pasó luego el joven Spogliato (aún no le llamaban Spogliatello las lenguas de la fama) a la disciplina del afamadísimo maestro Ugo de Santospirito, quien regía a la sazón la capilla o escolanía, y por tan esclarecido maestro fue adiestrado meticulosamente en el arte sublime de la música vocal, menester en el que destacó al poco entre todos los otros caponcetes, que eran a la sazón más de treinta y todos de muy armónicas y delicadas voces.
Fue celebérrimo el maestro Hugo por su conocimiento y destreza en la crianza y mantenimiento de castrados, y sus enseñanzas están contenidas en un libro excelente que fue dado a la imprenta en Modena en el año de 1573, el famoso Thesaurus canorum disciplinae sive castratus optime institutus. Contiene esta obra todo género de consejos sobre la educación de los pequeños cantores, incluidos los hábitos de higiene recomendables, los atuendos más indicados y, en particular, la dieta alimenticia que se ha de seguir para mantener las facultades de los educandos en perfectas condiciones.
Particularmente curioso es el capítulo dedicado a la alimentación, que según el maestro Hugo ha de basarse en platos muy especiales, como son las lenguas de ruiseñor confitadas, las pechugas de jilguero en salsa de moras silvestres o los pastelillos de molleja de cisne al jarabe de sauce. Las recetas de tan originales manjares vienen cuidadosamente explicadas en un apéndice del libro, así como las cantidades en onzas que han de suministrarse como ración en los diferentes días de la semana.
Fue precisamente el original menú lo que provocó la súbita desdicha del célebre Spogliatello cuando se hallaba en el cenit de la gloria, tanto así que había sido objeto de alabanzas por parte del mismísimo Papa, quien lo hizo conducir a su presencia no menos de diez veces. Gustaba Su Santidad de amenizar los desayunos con algo de música y siempre hacía llamar a ese efecto a alguno de los cantores más afamados de la corte romana. Alcanzó, como decimos tan gran privilegio el  castradito Giaccomo-Battista, a quien el Vicario de Cristo nunca dejaba marchar sin algún rico presente, de los cuales el más señero fue la venerable reliquia de un colmillo de San Pedro ricamente engastado en oro.
El motín de los castrati tuvo lugar precisamente cierta mañana en que el Spogliatello, retornado de la asistencia a los desayunos papales, se sentó a la mesa común para compartir la colación ordenada por el maestro Ugo, consistente aquella vez en una mousse de pétalos de violeta, manjar que el Thesaurus recomienda para aterciopelar sobremanera las voces.
Apenas habían introducido las cucharas de plata en los platos, cuando una airada voz quebró la armonía reinante:
-          ¡Queremos pasta con judías y cerdo asado con castañas! ¡Llenemos a placer el bandullo, ya que nos han cortado los cojones!
Y esa colérica protesta, surgida de la garganta del gran Spogliatello, fue el detonante para desatar un coro de aflautadas quejas que resonaron por las bóvedas lujosamente decoradas de la Logia dei Castrati, que aún hoy pueden visitar los curiosos viajeros en el ruinoso palacio Sassoferrato.
Los caponcillos se despojaron luego de los baberos de encaje primorosamente labrados por las monjitas de San Cosimo por encargo de Su Eminencia y los arrojaron dentro de la sopera cincelada, en tanto asían por los capisayos a los sirvientes en cruel intento de remojarles las barbas dentro de los platos de finísima porcelana repletos de la espiritual pitanza ordenada por maese Ugo.
-          ¡Mierda! ¡Bien harían al caso unos bocados de osobucco amén de rizotto milanés en grandes cantidades!
-          ¡Sea, si no, espléndida ración de lasagna y otro tanto de carpaccio finamente aromado y exornado a base de suculentas lascas de queso añejo!
Tal clamaban en pleno delirio los desatentados mancebos, quienes, como visto queda, no podían, aún en medio de su insana cólera, expresarse sin alguna propiedad y decoro.
Al grito de “¡caponata, caponata!”, que es recordado como emblemático de aquel motín por la historia, los castrati marchaban a paso de carga sobre las despensas cardenalicias, sin que criados y asistencias osaran detener aquel sorprendente alarde. La famosa “marcha sobre la despensa” es recordada como el paso más heroico de la rebelión de los castrati, y no es para menos, pues el asalto y el consiguiente atracón coronaron la hazaña más que dignamente.
Spogliatello fue hallado por la guardia suiza -enviada ex profeso por Su Santidad en socorro de los desbordados defensores-  durmiendo gloriosamente abrazado a un jamón de Bolonia a medio roer. Los otros insurrectos también dormitaban en medio de charcos de salsas y vinos por el suelo de la despensa ignominiosamente mancillado con restos de embutidos, quesos, confituras y todo género de delicias glotonamente semidevoradas en aquel asombroso acceso de gula y cólera.
Aherrojados que fueron por los bravos suizos los inertes rebeldes, púsose obra a acordar castigo proporcionado a tamaño desafuero, y sólo la prudente piedad del cardenal supo poner frontera a la cólera del severo maestro Ugo de Santospirito, quien proponía penas de inusitada crueldad para los reos. Fue decisión del Príncipe de la Iglesia azotar levemente a todos y cada uno de ellos puestos todos culo en pompa en la capilla penitencial de palacio mientras en señal de arrepentimiento entonaban un Miserere, en tanto que se aplicaba pena más severa al cabecilla del motín.
Fue pues el Spogliatello arrojado de la capilla cardenalicia y desterrado de la Ciudad Santa, tras haber permanecido durante cuarenta días amarrado en las cuadras alimentándose con el forraje de los caballos junto a los brutos animales. Esta justicia mandó hacer el de Sassoferrato para ejemplo y escarmiento de caponcetes rebeldes y díscolos. Y cuenta la leyenda que Spogliatello, destinado que parecía a ser a la más alta cumbre del arte sublime del canto, finalizó vilmente sus días como fenómeno de feria bajo el humillante apodo de “la gorda canora”, aunque nada se puede fiar en lo que agitan las lenguas populares siempre deseosas de historias tremebundas, truculentas o simplemente bizarras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario