EXTRAVAGANTE HUMOR DE UN GRAN REY
No
se puede juzgar a los déspotas orientales sólo por las apariencias. A veces uno
de estos tiranos resulta ser un individuo campechano con extraordinario sentido
del humor, en aparente contradicción con la imagen creada por la literatura y
la historia de este tipo de personas. Por añadidura un déspota oriental no
tiene por qué ser necesariamente oriental, sino sencillamente musulmán, porque
déspotas musulmanes los ha habido bien al occidente, y el occidente, a su vez,
es un concepto relativo, como todos sabemos y depende desde donde te pongas del
globo terráqueo. No es lo mismo ver los puntos cardinales desde Soria que
verlos desde, por ejemplo, Mindanao, porque tienen un aspecto totalmente
distinto, según dicen.
El
caso es que ese Gran Rey daba de vez en cuando unos banquetes muy buenos y
sorprendentes, de esos que no se olvidan así como así. Todo de primera calidad
y con un servicio esmeradísimo. No se supo de nadie que saliera con hambre o
quejándose de los banquetes que daba el Gran Rey, y eso que la gente es
proclive a hablar más de la cuenta para
dárselas de exigente y finolis.
Empezando
por el atuendo que luciría el anfitrión todo era realmente selecto y especial,
con muchísima clase. El rey tenía un guardarropa completísimo, que se lo
ordenaban y ponían a punto varios ayudas de cámara muy bien preparados y muy
profesionales, que siempre estaban alterados y nerviosos porque nunca se sabía
de qué pensaba vestirse el Gran Rey esa noche para el banquete. Eso era, sobre
todo, porque él no seguía para nada las reglas estúpidas de la etiqueta y se
ponía una ropa u otra según el humor que tuviera aquel día, porque sabía que
nadie iba a abrir el pico para criticar, no fuera a acabar empalado o enterrado
en un hormiguero con las narices y las orejas pringadas de melaza.
De
vez en cuando le gustaba vestir al modo europeo o norteamericano, y entonces se
hacía preparar su atuendo de ciclista, copiado pieza por pieza del que luciera
el legendario Miguel Indurain en su tercera victoria del Tour de Francia, o se
plantaba su sombrero stetson y sus botas con grandes espuelas de plata a la
manera de Tom Mix; en otras ocasiones sentía el llamado de su antigua estirpe y
le preparaban el suntuoso kaftán y el gigantesco turbante que lucieran los
emires descendientes del profeta, con cimitarra adornada de pedrería y enorme
bigote postizo estilo mameluco. Pero los invitados no debían manifestar ningún
tipo de sorpresa y además tenían que acudir vestidos según la etiqueta de sus
respectivos países y sin desmandarse, ya que en caso contrario hubiesen sido
flagelados con látigos de plomo, o expuestos dentro una jaula en pelota y
rapados al cero para júbilo del populacho.
El
banquete que vamos a contar un poco por encima le pilló al Gran Rey un poco
harto de tanto hacer el trasformista y decidió vestirse normal, de rey
corriente y moliente, es decir, el uniforme verde oliva, la banda dorada y
celeste con borlones, el dormán y una docena o dos de medallas de la última
remesa. Exigió en particular que los ajetreados ayudas de cámara le pusieran la
de héroe de la resistencia birmana y la de madre islámica del año. La primera
se la había puesto un rey destronado amigo suyo que vivía en Miami y la segunda
se la había otorgado a sí mismo en recompensa por haber instituido esta
condecoración.
Así
que apareció en el banquete hecho un brazo de mar y todo el cuerpo diplomático
y las señoras del cuerpo diplomático celebraron discretamente su elegancia.
Pero él hizo como que no se daba cuenta y sonrió afablemente mientras cruzaba
el comedor dándole un pescozón cariñoso al uno, o pellizcando la nalga a la
otra. A la legua se veía que estaba de un excelente humor.
Total,
que se fue derecho a la cabecera de la mesa donde tenía su sitio reservado con
una servilleta especial e hizo retirar de su derecha y de su izquierda a las
dos señoras mayores que le habían tocado de compañeras por razones de jerarquía
social y mandó que se sentaran allí otras dos que estaban muchísimo mejor y más
lozanas y tampoco eran ningunas fregonas. Ya queda dicho que a él esto del
protocolo no le afectaba demasiado.
Luego
dio unas sonoras palmadas para llamar al camarero y se colocó la servilleta al
cuello para no mancharse la pechera ni las medallas y pidió que tocase la
orquesta de afro-americanos especialmente traída de Nueva Orleáns para dar un
aire cosmopolita a la cena. El maitre se hizo cargo rápidamente de la situación
y se acercó a la presidencia para recibir instrucciones, porque ya estaba en el
ajo y además gozaba de la confianza de su señor, quien le había tomado cariño
porque era un joven muy apuesto a quien había conocido en uno de sus viajes.
Esa noche la pasó el rey con el joven en una suite del hotel y luego le regaló
un rolex y le contrató de maitre, aunque su categoría profesional era la de
simple ayudante de camarero.
Anécdotas
aparte, el caso es que inmediatamente entraron en la sala dos eunucos gordos y
fuertes transportando una gigantesca bandeja de plata cubierta, como las que
utilizan los ingleses de las películas para servirse riñones en el desayuno,
que hay que echarle valor, dicho sea de paso. Los eunucos, que se llamaban
Raschid y Abdelatif y eran hermanos gemelos, plantaron la bandeja en mitad de
la mesa y esperaron instrucciones muy comedidamente. El Gran rey, que no
esperaba más que ese momento, sonrió ampliamente a los comensales, le guiñó un
ojo al maitre y dio otras palmaditas para que levantasen la tapadera de plata
recamada en oro...¿Y qué piensan que había dentro de la bandeja?
¡Pues
una docena de cabezas recién cortadas! ¡Cabezas de personas como la de usted y
la mía, pero separadas del tronco!
El
Gran Rey se mondaba de risa viendo las caras que ponía el cuerpo diplomático y
sus señoras, que encima no podían levantarse a vomitar en el servicio por
razones de etiqueta y tenían que aguantarse, porque en cualquier escuela
diplomática del mundo una de las cosas más importantes que se aprende es que en
los banquetes de gala no es correcto levantarse a mear, ni hacer comentarios
sobre el menú.
Nadie
sabía quien habían pertenecido aquellas cabezas, ni al anfitrión le importaba
tampoco demasiado. Probablemente serían cabezas de cualquiera que hubiese
tenido esa mala suerte, porque al Gran Rey lo que le interesaba era el efecto
que iba a causar semejante bromazo y no había parado mientes en qué diantre de súbdito habría que
decapitar para conseguir salirse con la suya y dejar a sus invitados
completamente patidifusos.
¡Y
vaya si lo consiguió!
Pero
como sólo se trataba de una broma y en este tipo de humoradas no conviene
abusar ni ponerse pesado, hizo retirar enseguida toda aquella casquería y luego
sirvieron el auténtico menú, que estaba riquísimo y muy abundante. Con que
todos a comer y a callar por la cuenta que les traía.
Como
el Gran Rey no tenía apetito aquella noche, porque se había tomado a media
tarde unos bocadillos y porque del banquete lo que le interesaba era aquella
pequeña chanza, metió las manos debajo de la mesa y se dedicó a darles una
buena soba en la entrepierna a sus acompañantes femeninas, que procuraban
disimular para no dar la nota.
Algunos
comentarían más tarde que lo de las cabezas había sido un detalle de mal gusto,
pero lo hicieron discretamente y ya de vuelta a sus países respectivos[G1].
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