domingo, 1 de abril de 2018
PULPO
Una parte notable del censo vigués está compuesta por pulpos.
A falta de estadísticas fiables, me veo obligado a establecer este discutible axioma a ojo Pepa, fiándome de la mera percepción, o a recurrir a cronistas anónimos cegados por el ribeiro y el albariño, por ende poco o nada fiables.
Hubiera podido recurrir al propio testimonio de los cefalópodos en cuestión, pero todos los pulpos con los que he tenido trato personal estaban troceados encima de unas patatas y cubiertos de pimentón, así que no se hallaban en condiciones de mantener una conversación, por muy informal que ésta fuera.
El caso es que la circulación por las calles de la ciudad en una actitud observadoras y receptiva puede corroborar la hipótesis, porque por todas partes hay pulpos, muchos pulpos.
En términos de leyenda o tradición también posee su fundamento, porque un anciano muy locuaz con el que trabé conversación en las gradas de la concatedral me contó una historia la mar de curiosa:
Cuando una nativa antigua daba a luz una criatura, dicen que el emocionado padre solía preguntar de inmediato:
- ¿Qué ha sido? ¿Niño, niña o pulpo?
Si la respuesta de la comadrona era que “pulpo a feira”, que es el más distinguido y selecto, se hacía una gran fiesta familiar a la que se invitaba a amigos, vecinos y conocidos. En ella los orgullosos progenitores eran objeto de múltiples felicitaciones y recibían como obsequio cachelos seleccionados de las mejores cosechas.
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