martes, 3 de abril de 2018
PIERNAS
Cuando llegues a Vigo es importante que dispongas de piernas en un número suficiente. Dos es lo recomendable, y bien fornidas, a poder ser.
También interesa que, al partir, conserves el mismo número y calidad de piernas (dos es lo idóneo), si bien la empresa no deja de presentar sus dificultades.
Las piernas han de ser unas piernas disciplinadas y obedientes, porque, si han salido rebeldes o protestonas, tenderán a enfadarse a la décima o duodécima cuesta y exigirán ser conducidas a terreno llano, sea a la estepa rusa, sea a la chiclanera playa de La Barrosa. Un fastidio.
Claro que si usted tiene la discutible fortuna de ser un cuadrúpedo, todo resultará mucho más fácil. Hemos visto a los simpáticos y pequeños borriquillos rifeños subir monte arriba cargados de leña o de bidones de agua potable como si tal cosa, incluso sin ser aguijados por su ceñudo propietario. Sin embargo, la condición de cuadrúpedo suele afectar notablemente a las facultades intelectuales y, en especial, a aquellas asociadas a la especulación filosófica; incluso a las propias de la docencia en enseñanza secundaria o superior, aunque casos se han dado que desmienten esta última afirmación.
Sabido es que en Galicia, concretamente en Vigo, existieron centauros en la más remota antigüedad, lo cual explica que la ubicación y diseño de la ciudad obedeciera a la peculiar anatomía de estos equinos humanoides. A ellos les resultaba sumamente sencillo ascender al galope hasta el Monte del Castro sin experimentar fatiga ni palpitaciones, como les sucede a los desventurados bípedos actuales. Llegaban a lo más empinado del monte, se gastaban unas bromas o echaban unos relinchos sin muestras de cansancio y luego bajaban al trotecillo hasta el casco viejo para comerse una buena ración de grelos, que eran su pasto preferido.
Ya no hay centauros en Galicia y eso tiene una causa poco conocida, pero lo que pasó fue que unos mozos de Sabucedo intentaron incluirlos en la “rapa das bestas” y eso les ofendió mucho; de modo que soltaron unas cuantas coces, pusieron pies en polvorosa y nunca más han puesto los cascos en Pontevedra.
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