lunes, 2 de abril de 2018

TABERNERO MELANCÓLICO

Ese tabernero tiene una hermosa taberna. Lástima que un interior pulcro y bien alhajado con sólidos muebles de madera, amén de un exterior poblado de espléndidos árboles, se vea afeado con la presencia pretendidamente decorativa de una calavera siniestra de torvo mirar. Y es que el tabernero, de tan gallarda presencia como su establecimiento, es presa de una honda melancolía (¿saudade?). Anda el hombre muy afligido, eso es patente. Se trata de un caballero bastante joven y de contextura saludable, casi atlética, si bien la pena que le invade hace menos gallarda su figura y menos amigable su expresión. Es que está triste, muy triste. Su deplorable estado de ánimo le tiene casi paralizado o inerte, de modo que se niega a emerger a la luz solar, como aquellos espectros que antaño aterrorizaron nuestra infancia, a los que los rayos del astro rey hubieran fulminado de exponerse a ellos. Así pues es necesario que el parroquiano se acerque a la barra en procura de su espirituoso predilecto: - De ése no tenemos… (Creo ver una lágrima destilarse entre sus adormecidas pupilas) - ¿Entonces? Un desmayado gesto de su mano señala el anaquel de las botellas perfectamente repleto. Afligido, como, si en vez de agradables elixires, te estuviera ofreciendo tóxicas ponzoñas. Realizada la selección por el desanimado cliente, el tabernero arroja un solitario cubito de hielo en la copa y añade un generoso chorro de dorado licor. Esa economía glacial pudiera explicar el origen del daño moral que experimenta: es que los polos se derriten, es que la amenaza del calentamiento global… O, a lo mejor, es mal de amores. Qué sé yo.

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